miércoles, 25 de junio de 2014

AÚN SE HABLA DE REVISIONISMO,...VAYA TONTERÍA, HAY QUE HABLAR DE NUEVA LÍNEA REVOLUCIONARIA UNIVERSAL,...¡¡.


EL FAMOSO REVISIONISMO -Siempre hablando de lo mismo-,...SIEMPRE MENEANDO LA MISMA MIERDA,..., pero sin avanzar,...¡¡; PARA NO TIRAR PA´ LANTE, COMANDANTES DE LOS MIL Y MILES DE GRUPOS, PERSONALIDADES, ENTIDADES,...comunistas EN EL MUNDO,...¡¡.

Sigan, leyendo, quizás algo les interese estas cuestiones,...Unas cortas palabras; el nivel formativo de gentes de izquierdas, que así, se autoproclaman, defienden a Pablo Iglesias, porque dicen que el mismo hace daño a los de derechas, a los del Partido Popular,...como se ve un pobrísimo argumento,...y así casi toda la extrema izquierda,...grupos comunistas diversos,...Muy poca gente organizada y poblacional ven de que va la cosa de Pablo Iglesias,...


Aproximadamente 107.000 resultados (0,31 segundos) 































































COLECTIVO FENIX, trabajo reproducidos por Rev. o bar.,...¡¡.
Stalin. Del marxismo al revisionismo

Capitulo 1

Nuestra época y nuestras tareas



Hace sólo unos años, el mundo mostraba una faz política muy diferente de la actual. En poco tiempo, las cosas han cambiado vertiginosamente. Estructuras políticas, incluyendo en ellas a determinadas formas de Estado, y escuelas de pensamiento que se juzgaban definitivamente asentadas y cuyo lugar bajo el sol parecía incuestionable, desaparecieron de la noche a la mañana; y otras, sin embargo, que se creía pertenecían ya por siempre al pasado, han renacido. En la mayoría de los países, los partidos políticos y las elites intelectuales no barajan ya para sus programas de acción ninguna de las consideraciones que se pudieran relacionar con objetivos futuros que permitan o pudieran perseguir situar a la humanidad en un estado ideal de bienestar universal. Nadie quiere ya pensar a tan largo plazo. Ni tampoco se cree sinceramente en la posibilidad práctica de un ideario emancipatorio. La utopía ha muerto, y con ella el espíritu humanista que, desde el siglo XV, inició la larga guerra contra el oscurantismo medieval y por sacar a la humanidad de las tinieblas de la sinrazón y de las garras de la teocracia, con el fin de ponerla en el centro del interés de los propios hombres. Al antropocentrismo de especie que inauguró el Renacimiento le ha sustituido el antropocentrismo egoísta del capitalismo. Calvino se ha levantado sobre el cadáver de Tomás Moro, y con él ha resucitado el viejo liberalismo económico, que parecía enterrado por la sabiduría de la historia bajo los escombros de la industrialización, olvidada por la revolución tecnológica, y bajo las gigantescas necrópolis construidas en las guerras por el reparto de los mercados mundiales; y resucitado, el ídolo del laissez faire y de la iniciativa privada retorna incuestionado y campeando, ocultando sus decrépitos jirones tras afeites y perfumes de última moda, mostrándose como el genuino resultado de la última destilación de la razón e imponiendo su lógica económica, política y cultural en todas las esferas de la vida, desde las principales cancillerías y demás altas instancias del poder, hasta el más elemental programa público de educación infantil. El pragmatismo y el posibilismo dominan la escena, los intereses individuales aplastan toda perspectiva que pretenda abordar la realidad desde un criterio social, la palabra socialismo se confunde con beneficencia y la solidaridad no es más que una plataforma para la promoción personal o para limpiar la propia conciencia. El antiquísimo ideal comunitario, que ha llegado hasta nosotros en la forma de comunismo , se ha convertido en palabra maldita o, en el mejor de los casos, en un cliché estereotipado ante la indiferencia de una época incrédula que ha dejado de tener esperanza. Y esta desesperanza es una sarcástica ironía porque en ningún otro tiempo como el presente las mujeres y los hombres necesitaron creer tanto en algo más allá de su mundo rutinario y de su vida alienante, cuando no miserable e infrahumana si no se tiene la suerte de compartir las migajas que en Occidente los poderosos se dignan desperdigar entre su vasallaje asalariado. El siervo feudal tenía el consuelo de su dios y de un paraíso postrero; pero al siervo de hoy, al proletario, la burguesía le ha mostrado el árbol de la ciencia y le ha arrebatado los consuelos del árbol de la vida, incluido ese dios. Aquel campesino sujeto a la gleba podía recurrir a los bienes comunales, en caso de penuria material, o a las ilusiones milenaristas del sectarismo mesiánico que sembró de revueltas campesinas muchos siglos de la historia europea, en el caso de penuria espiritual; pero, al proletario, la burguesía le despojó de todo acceso al usufructo de medios de producción, y ahora también toda esperanza de un futuro mejor, de modo que se halla completamente desnudo ante su destino material y espiritual, destino que depende y que le dicta el índice de la Bolsa de Wall Street.

La caída del Muro de Berlín, la desaparición del denominado campo socialista y la desintegración de la URSS, con todas las profundas implicaciones de índole geopolítica que estos acontecimientos históricos trajeron consigo, crearon las condiciones para una ofensiva del capital en toda la línea, en todos los aspectos y en todas las esferas de la vida y a lo ancho de todo el planeta. Pero, por extraño que parezca, las repercusiones de esta ofensiva no han sido tan profundas en el plano económico o político y cultural como en el moral. Ciertamente, en cuanto a la esencia de las cosas, no se puede decir que antes de 1989 no imperasen de manera análoga los intereses del capital, tanto aquende como allende el Muro, ni que no predominasen en el plano diplomático los intereses de gran potencia, tanto a un lado como al otro del telón de acero , ni que las clases dirigentes hubiesen dejado de engañar a sus respectivos pueblos, las unas con la monserga demoliberal, con el revisionismo las otras. Lo importante era que todo aquello eran los últimos restos de una situación que había sido creada por la Revolución de Octubre, por la obra revolucionaria de la clase proletaria. Las pocas conquistas que aún mantenía la clase obrera en los distintos países, tanto de Oriente como de Occidente, y que había logrado por el influjo y al calor de esa revolución, han sido sobre las que el capitalismo ha querido ahora resarcirse. Pero su venganza ha sido mayor no porque de esta manera esté en condiciones para aumentar su cuota de beneficios, sino porque ha conseguido mostrar, con razón, que todos esos acontecimientos políticos desencadenados de manera súbita en poquísimos años tienen un significado claro: la derrota histórica del proletariado como clase revolucionaria. Es muy probable que, tras una indagación minuciosa en busca de los elementos revolucionarios de la obra que se inició en 1917 que pudieran haber sobrevivido en las vísperas de la caída del Muro, nos encontrásemos con rastros muy pobres, si no negativos. Y, sin embargo, de manera general, aquellos hechos fueron interpretados, con euforia o a regañadientes, directamente como el fracaso de aquella revolución, como el fracaso de trascendencia histórica del comunismo como ideología y del proletariado como clase social con un proyecto político. Fue aquí, en este aspecto realmente, cuando se perdió la última herencia que todavía quedaba de la Revolución de Octubre: su valor moral, el mensaje vivo de esperanza para los oprimidos y humillados de la Tierra. La idea de que su lucha podía depararles algo mejor, la esperanza de que, después de todo, tal vez el destino todavía estuviera en sus manos.

La burguesía y sus acólitos, sus plumíferos orgánicos, los apóstatas y los renegados han aprovechado, más que ninguna otra, esta faceta de la cuestión para extender al máximo y hasta el último rincón su significado y sus implicaciones: “No penséis, no os rebeléis, ¿para qué?, si ya vivimos en el mundo menos malo. ¿No lo demuestra así vuestro fracaso?”. Como consecuencia, en la actualidad no existe ningún movimiento político de importancia que plantee una crítica tan radical de la sociedad ni una transformación de la misma tan a fondo y de tan largo alcance como la que inspiró el pensamiento de Marx y sus discípulos al movimiento revolucionario que preparó la Revolución de Octubre. Pasado este capítulo y en el contexto reaccionario que le continuó, lo que predominan son los proyectos de corte corporativo y reformista (sindicalismo, ecologismo, feminismo, indigenismo...) o nacionalista (FARC, zapatismo, islamismo radical...), planteados a corto o medio plazo y ajenos completamente a toda visión universalista del hombre . En esto radicó el gran triunfo de la burguesía y del capital en 1989-1991: en que, independientemente del número de sus enemigos o de su importancia, nunca más se verían colocados en una situación crítica tal que lo que se estuviera poniendo en juego fueran nada menos que las bases de su sistema de dominación política y económica. Ningún movimiento político de importancia cuestiona hoy en día esas bases y, por esto mismo, tanto sus fracasos como sus posible éxitos serán siempre vehículos de la reproducción permanente de esas bases de dominación y, por lo tanto, del apuntalamiento del sistema en su conjunto. Existen, no obstante, honrosas excepciones; pero en todos los casos se trata de movimientos políticos que reivindican el legado de Octubre y se consideran seguidores y continuadores de la obra revolucionaria de la clase obrera. Sendas guerras populares en Nepal y en Filipinas, encabezadas por partidos comunistas de inspiración maoísta, son, tal vez, los más importantes. Estas experiencias, sin embargo, se encuentran muy localizadas y en etapas de la revolución en las que todavía no se han puesto en el orden del día los problemas del socialismo como sociedad de transición hacia una nueva época, hacia una forma superior de existencia de la humanidad, lo cual repercute negativamente en su posible influjo en sociedades desarrolladas, en las que una crítica radical de lo existente pondría a las masas precisamente ante la cuestión inmediata de cómo transitar hacia esa forma superior de organización social. Lo importante, sin embargo, es constatar que los sucesos acaecidos después de más de una década de liquidación definitiva de la obra de Octubre y de la más perniciosa reacción demuestran el hecho de que no existe ni puede existir ningún plan emancipador verdadero que no esté -como ya lo estuvo- orientado y guiado por el pensamiento marxista y que no implique a las masas trabajadoras, a la clase proletaria como sujeto histórico o como agente protagonista de esa experiencia de transformación revolucionaria.

De este modo, recuperar la esperanza es recuperar el marxismo como doctrina de interpretación y de comprensión del mundo, y como instrumento teórico para una nueva época de praxis revolucionaria. En la actualidad, la primera tarea de la vanguardia, la tarea más urgente, no cosiste en dirigir su atención hacia las necesidades inmediatas de las masas, ni en organizar sus luchas económicas, ni en tratar de dar continuidad a sus movimientos espontáneos allá donde quiera que surjan; la tarea de la vanguardia no es de naturaleza económica, ni siquiera ahora mismo de naturaleza política: la tarea es ideológica , y consiste en derrotar el espíritu de la época, el espíritu de la reacción burguesa que atenaza la conciencia de los hombres, empezando por restaurar el legado moral de la Revolución de Octubre, recuperando la idea de que la emancipación es posible, de que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad pueden ser de verdad los pilares sólidos de una sociedad futura. La vanguardia debe luchar por recuperar y extender la idea de que, en efecto,otro mundo es posible , pero sólo si lo construye el proletariado revolucionario; debe recuperar y extender el viejo espíritu de la Revolución de Octubre y fundamentarlo científicamente, en definitiva,dar a la esperanza fundamento científico . En estos momentos, el campo de batalla está situado en la esfera de la conciencia o, al menos, en el terreno que pisa el sector social que es la expresión genuina y material de esa conciencia, por lo que a las masas trabajadoras se refiere. La tarea más urgente hoy, y por la que debe comenzar toda obra digna de considerarse revolucionaria, consiste en rescatar el último valor revolucionario que quedaba del legado de Octubre, perdido finalmente con la crisis del revisionismo moderno y con el colapso del sistema político imperante en los llamados países del Este , a saber, la revolución proletaria como referencia política . La vanguardia debe, hoy, aglutinar a los sectores más avanzados y más conscientes de la clase obrera en torno a este objetivo para construir los instrumentos políticos necesarios para alcanzarlo.

Lo más cercano a estas prerrogativas y también lo más novedoso, pues no en vano es hijo igualmente de las consecuencias que para el mundo supuso la caída del Muro de Berlín, es el movimiento contra la globalización, que nació en Seattle en 1999. Sin embargo, como movimiento transformador, nació muerto. Efectivamente, pretende ser universal y radical, pero en realidad, aunque ciertamente no tiene ni reconoce fronteras (como tampoco su reconocido enemigo), está conformado por un conglomerado de intereses parciales de todo tipo y su programa no recoge la acción sobre nada que se halle en la raíz del actual sistema económico internacional, sino que se pronuncia únicamente sobre las formas de la globalización. No es ninguna casualidad que el movimiento antiglobalización, como movimiento cosmopolita, sólo tome cuerpo en ocasiones puntuales que no son en realidad más que actos aislados de representación escenográfica del capital global, a cuya función insisten en asistir su enemigo antiglobalizador.

Capitulo 2
El ciclo revolucionario


 

El cuerpo ideológico que guiaba la política del partido que encabezará y dirigirá la Revolución de Octubre fue, por una parte, el marxismo, entendiendo como tal la interpretación de la doctrina de Marx y Engels que había realizado la socialdemocracia europea del último tercio del siglo XIX, o, lo que era lo mismo, la interpretación llevada a cabo por la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el principal partido de la II Internacional, que expresaba sólo una asimilación parcial de ese cuerpo teórico. Por otra parte, se incluían los matices y rectificaciones del ala izquierdista de la Internacional, de manera que el partido bolchevique en 1917 se ubicaba dentro de lo que se denominaba marxismo revolucionario . La diferencia entre este marxismo revolucionario y el de la línea oficial de la socialdemocracia internacional versaba, sobre todo, en cuestiones de táctica, en los pormenores relacionados con los medios e instrumentos para alcanzar el objetivo final, principalmente el de la vía, revolucionaria o reformista, que se aplicaba en la práctica, independientemente de las declaraciones oficiales, para la consecución de ese objetivo común. Pero, en primera instancia, el trasfondo gnoseológico y filosófico era compartido, en lo fundamental, por todas las corrientes socialistas. Ese trasfondo dependía directamente de la asimilación de la obra de Marx y Engels alcanzada por los principales dirigentes del partido alemán, y, en particular, por parte de Karl Kautsky. En segundo lugar, dependió de la constitución del partido mismo, en cuanto síntesis política de corrientes de pensamiento de origen diverso y del modo y el grado en que fueron incluidos en su discurso político los preceptos marxistas.

La concepción del mundo marxiana es una ruptura radical con todas las escuelas de pensamiento anteriores en cuanto al modo de abordar y de resolver los grandes problemas que siempre se había planteado la humanidad, y, al mismo tiempo, es el continuador genuino de todas ellas, en la medida que resuelve esos interrogantes o los sitúa en una perspectiva nueva. En Marx, están llevados hasta su máxima coherencia y hasta su última consecuencia todos los aspectos que sirvieron de leitmotiv al pensamiento racionalista ilustrado, recogiéndose el espíritu científico de la época a través de los economistas empiristas ingleses. Marx llega hasta la nueva concepción revolucionaria del mundo, de manera inmediata, desde la crítica que realiza, entre 1842 y 1846, de la filosofía idealista de Hegel y del materialismo ingenuo de Feuerbach y sus seguidores jovenhegelianos, unida a la observación de las profundas transformaciones socioeconómicas que estaba provocando la revolución industrial en Europa. Hacia finales de los 40, Marx es un prestigioso publicista que se había destacado por su crítica del proudhonismo (en 1847, publica La miseria de la filosofía ) y por su propaganda entre los círculos intelectuales de exiliados revolucionarios vinculados con el movimiento obrero europeo. Apoyándose en esta influencia, creó en 1847 la Liga de los Comunistas y redactó su manifiesto constituyente, primera exposición sistemática de la nueva concepción del mundo. Pero el desenlace de las revoluciones europeas del año siguiente puso en claro el verdadero estado de la correlación de fuerzas de clase en el continente, sacando a la luz la inmadurez política del proletariado y su persistente dependencia del ala izquierda del partido democrático burgués. Marx se retira , entonces, de la actividad pública consciente de la importancia de dar mayor cimiento teórico al proyecto revolucionario del proletariado (por lo que se sumerge en sus estudios sobre la naturaleza del capitalismo) y de la necesidad de una etapa de acumulación de fuerzas y de desarrollo organizativo de la clase obrera. Cuando esta necesidad comienza a cristalizar a través de la constitución de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), en 1864, Marx, que había participado en ella, redacta también su Manifiesto inaugural . Pero, en esta ocasión, guiado por criterios tácticos, rebaja considerablemente el listón de los principios en busca de un proyecto de consenso que pudiera integrar al tradeunionismo inglés y al sindicalismo francés todavía muy influenciado por el proudhonismo. No será hasta 1871, con motivo de la Comuna de París, que Marx elabore un documento político de máximo alcance, en plena concordancia con la potencia revolucionaria de su pensamiento ( La guerra civil en Francia ).

Sin embargo, un repaso de su obra nos muestra la evidencia de que, para la fecha de su muerte (1883), no existe, desde el panorama de sus trabajos publicados , una exposición sistemática del nuevo pensamiento revolucionario que pudiera ser asimilada clara y directamente, en su totalidad, por el movimiento obrero, en general, y por el partido socialista, en particular. La excepción es elAnti-Dühring de Engels (1878), prueba inequívoca -junto con su llamamiento a estudiar el marxismocomo una ciencia - de la necesidad de ofrecer una perspectiva global y de conjunto de la doctrina marxista. De hecho, Engels hubo de dedicar el resto de su vida, tras la muerte de Marx, a la tarea principal de exponer, desde distintos temas y con motivo de diversas exigencias puntuales, de forma sistemática el materialismo dialéctico marxista. Pero para esta época ulterior, el partido obrero alemán ya se había constituido, sus dirigentes estaban formados intelectualmente hablando y la organización caminaba ya orientada por los compromisos políticos adquiridos entre las corrientes que lo habían formado.

En la formación intelectual y política de los dirigentes socialistas y del partido de la época no pudieron influir trabajos donde Marx expone el discurrir de su pensamiento y del modo de comprender completamente su fondo filosófico más profundo como cosmovisión. La obra publicada por Marx contiene este trasfondo de manera más esotérica que explícita. Literariamente, está dedicada a problemas políticos del momento o a investigaciones científicas especializadas. Qué duda cabe que textos como El18 Brumario de Luis Bonaparte o El Capital son productos de la aplicación genial de la concepción materialista y dialéctica del mundo y de la historia, pero es como si Marx exigiese de sus lectores y de sus interlocutores una capacidad y un esfuerzo inductivo extraordinarios para acceder por sí mismos a la verdad que él ya había reconocido. Como método para incentivar la elevación teórica de los círculos intelectuales puede resultar fructífero, pero de cara a la propaganda entre las masas del partido, cada vez más amplias, y a su asimilación por ellas tiene, desde luego, sus inconvenientes. En cualquier caso, Marx y su correligionario intelectual, Engels, se acostumbraron a proceder de modo que se reservaban los resultados de sus investigaciones en tanto que formulación teórica y se dedicaban a aplicar esos resultados en función de las exigencias de la coyuntura política o de las necesidades prácticas del movimiento obrero, algo inusual en una época en la que los filósofos estaban acostumbrados a presentar ante el público sistemas acabados de pensamiento. En los hechos, todo esto se traslada, desde el punto de vista de la actividad pública marxiana, como despreocupación por la extensión de la nueva concepción del mundo como ideología y en su difusión como propaganda política aprehensible para la intelligentsia burguesa adherida al movimiento, pero sólo traducida a las masas como agitación política. El famoso comentario de Marx en su Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), referido al trabajo que sería publicado póstumamente, en fecha tan tardía como 1932, con el título de La ideología alemana (elaborado en 1845-1846), anticipa lo que será costumbre habitual de los padres del socialismo científico y da cuenta de hasta qué punto influía en ellos el entorno elitista y la cultura de círculo entre cuyos bastidores se movían como exiliados políticos:

“El manuscrito -dos gruesos volúmenes en octavo- llevaba ya la mar de tiempo en Westfalia, en el sitio en que había de editarse, cuando nos enteramos de que nuevas circunstancias imprevisibles impedían su publicación. En vista de esto, entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objetivo principal: esclarecer nuestras propias ideas, estaba ya conseguido” .

Lo mismo ocurría con la síntesis de la concepción materialista de la sociedad burguesa -y que daba las claves in extenso para comprender todas las formaciones sociales anteriores- que Marx elabora después de una década de estudios sobre el capitalismo y que preparó como presentación de suContribución , pero que, finalmente, sustituyó por el Prólogo -donde esa concepción aparece quizá expuesta con un exceso de simplificación- para evitar dar resueltos desde el principio al lector las conclusiones hacia las que deseaba conducirle a lo largo de su libro . También podemos recordar los manuscritos preparatorios de El Capital , conocidos como Grundisse (1857-1858), sometidos a la “crítica roedora de los ratones” hasta 1939-1941, donde no sólo se puede apreciar la riqueza del pensamiento marxiano, sino donde se recogen también textos fundamentales para una apreciación correcta y completa del materialismo histórico, como son los que conforman el capítulo dedicado a las Formaciones económicas precapitalistas ( Formen ); o bien, la carta a Bracke, donde Marx realiza la Crítica del Programa de Gotha (1875), fundamental para una apreciación científica de la proyección futura del desarrollo social a partir del capitalismo desde el punto de vista del objetivo del comunismo, pero que no vio la luz hasta 1891 (la dirección del SPD no consintió su publicación hasta esta fecha) y de modo incompleto.

En definitiva, independientemente de la voluntad de los autores, la dualidad científico-literaria de su obra, compartida entre el esoterismo de las conclusiones teóricas globales y el exoterismo de su aplicación política y literaria, determinará y permitirá de manera muy marcada el carácter mixto y heterogéneo de las fuentes ideológicas que irán conformando el pensamiento de los principales líderes del socialismo alemán y, por extensión, el origen de los principios fundamentales de la línea política de su partido, casi siempre insuficientes desde el punto de vista de las exigencias de principio del marxismo, como atestigua la renuncia de Marx y Engels a participar en la fundación del SPD, en el Congreso de Gotha de 1875.

En cualquier caso, esa actitud semi-inconsciente de los dos teutones -principalmente del de Tréveris- es también producto de una época, en el sentido de que se explica como subproducto de su actitud hacia el movimiento de masas. Después de observar las experiencias revolucionarias de 1848 y 1871, Marx y Engels confían en la capacidad espontánea de las masas para iniciar el movimiento revolucionario de manera relativamente autónoma de la influencia de los círculos de intelectuales revolucionarios. Esto les conducía a adoptar hacia ese movimiento una actitudsemijacobina de espera oportunista de su puesta en marcha con motivo de crisis políticas o económicas. Y es cierto que, en buena medida, esas expectativas se correspondían con la realidad social y política del continente en aquella época. Sin embargo, en gran parte, ese fenómeno se debía a la conciencia espontánea de las masas que todavía se dejaba influir por los sectores más radicales de la burguesía en una Europa con etapas de inestabilidad política y con conquistas democráticas pendientes de alcanzar (el sufragio universal, el constitucionalismo parlamentario, la unidad nacional de varios países, por ejemplo). En consecuencia, el marxismo de la época no sólo no resolvió sino que tampoco abordó correctamente el problema de la relación de la vanguardia revolucionaria de los círculos intelectuales con el movimiento obrero, algo a cargar entre los débitos de una teoría que promulgaba -como rezaba en el Manifiesto inaugural - que la obra de emancipación de los obreros debe ser realizada por los obreros mismos . Los partidos de la II Internacional arrastrarán esta deficiencia, que no será superada hasta que Lenin elabore su teoría del partido de nuevo tipo proletario . Aunque, en honor a la verdad, siempre quedarán en el partido bolchevique residuos de la vieja interpretación sobre las posibilidades revolucionarias de los mecanismos espontáneos del movimiento obrero, como demostraron las permanentes expectativas abiertas en la dirección bolchevique acerca de la inminente insurrección obrera triunfante en Europa occidental entre 1917 y 1923. La vieja interpretación irá recuperando protagonismo en el pathos bolchevique en la misma medida que la teoría leninista del partido vaya desequilibrándose hacia los aspectos organizativos y vaya recuperándose el primitivo espíritu del cerrado círculo de vanguardia, y en la misma medida que la relación vanguardia-masas definida por Lenin como fusión orgánica vaya siendo reducida a una unión formal , hasta su definitivo respaldo legal otorgado por la Komintern.

Uno de los ingredientes que contribuyó en gran medida a configurar el microcosmos intelectual del partido socialista alemán fue el lassallismo. Ferdinand Lassalle fue un impetuoso activista que inició su carrera en el fragor de las luchas de 1848, época en la que conoció a Marx y a Engels y desde la que se declaró su discípulo. Sin embargo, Lassalle nunca fue marxista. Se alimentó de Hegel y nunca supo superar el idealismo de su filosofía. Pero, como activista socialista se le debe conceder el mérito de haber sido el incitador de la organización del movimiento obrero alemán como movimiento político independiente, arrancándolo de la influencia de la burguesía liberal. Para conseguirlo, empero, y con el fin de aislar a su enemigo confeso, el partido progresista, no dudó en ofrecer una alianza al Estado prusiano, encabezado por el jefe de los junkers , el ministro presidente Leopold von Bismarck. Objetivamente, Lassalle representa los intereses de clase de un sector de la pequeña burguesía alemana, y la hegemonía del lassallismo en el movimiento obrero, la expresión de la inmadurez política del proletariado alemán. El programa político del partido de Lassalle, la Asociación General de Obreros Alemanes (ADAV), fundada en 1863, se basaba en la conquista del sufragio universal como medio para el acceso al poder del Estado, contemplado como el instrumento esencial de la transición hacia una sociedad socialista, en cuya base se encontrarían las masas de la clase obrera organizadas en asociaciones productivas financiadas por el Estado. Lassalle rechazaba la lucha sindical de los obreros por considerar que los apartaba del verdadero objetivo de alcanzar el poder político, y también el constitucionalismo parlamentario de la burguesía liberal por considerarlo como la expresión de las correlaciones de fuerzas sociales, cuan el fin del Estado no era otro que la hegeliana implantación de la idea . Su sistema de gobierno era un poder central autoritario, una dictadura educativa de reafirmación plebiscitaria, guiada por la dictadura de la intuición del liderazgo y no por la dictadura de la clase obrera como tal clase. Objetivamente, pues, el lassallismo constituye la instrumentalización política de la clase obrera por parte de la pequeña burguesía en un proyecto cesarista al estilo del imperio francés de Luis Napoleón, montado sobre la base del apoyo social de la pequeña burguesía rural francesa. Su rechazo equidistante de la lucha económica del proletariado y del constitucionalismo político, junto a su idea del socialismo de Estado, permitió a Lassalle considerar al Estado vigente como el epicentro de la transformación social y como su instrumento adecuado conquistado por medio del sufragio directo. La tesis del reformismo estatalista, central en el pensamiento político lassalleano, penetrará profundamente en el socialismo alemán, y pervivirá en lo fundamental -a pesar de la progresiva extinción de su influencia en favor del marxismo- a través de las siguientes generaciones de dirigentes del partido obrero alemán -incluyendo a Kautsky y sobre todo a Bernstein-, hasta que adquirió carta de naturaleza, a pesar de las acerbas críticas de Marx y Engels, hasta prolongar su influjo más allá, a través de la Internacional, abarcando incluso al bolchevismo, que, en la práctica , no terminó nunca de superar la necesidad o la tentación de utilizar al Estado vigente como instrumento político.

La ley de excepción contra los socialistas, impuesta en vano por Bismarck entre 1878 y 1890 con el fin de frenar el auge del movimiento obrero alemán, supuso la bancarrota del lassallismo. Ante el partido se mostraba entonces a la luz la verdadera naturaleza del Estado como instrumento de dominación de clase, quedando desterrada la ilusión hegeliana del Estado como expresión moral del espíritu del pueblo, tan cara a Lassalle. En estas circunstancias, se crearon las condiciones para que, a partir de la segunda mitad de la década de los 80, el marxismo se abriera paso en el partido en busca de su hegemonía política.

La corriente desde la que Marx pudo influir en la conformación política del socialismo alemán fue la de los eisenachianos , que en 1869 habían fundado el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, sobre la base de organizaciones obreras entre las que destacaban las sociedades educativas, dirigidas por A. Bebel, y las secciones adheridas a la AIT, bajo el ascendiente directo de Marx, además de un sector de oposición de la ADAV. En 1875, este partido se une al de Lassalle (que había fallecido en 1864) para constituir el SPD, y a principios de los 80 nos encontramos ya con la primera generación de dirigentes obreros que encarnaban esa mixtura ideológica en la que entraba a formar parte integrante el marxismo. Los W. Liebknecht, Bracke, Schramm y Bebel representan un socialismo ecléctico y vacilante que recogía aportes de distintas filosofías, proclive a la influencia del oportunismo demagógico (como la que ejerció Dühring en determinado periodo) y a ofrecer resistencia al marxismo como único fundamento teórico de la política del partido. Excepciones como la de J. Dietzgen, quien demostró el mayor esfuerzo por asimilar el marxismo como concepción global del mundo, sirvieron de puente para la siguiente generación, la de Bernstein y Kautsky -y también Bebel-, que ultimaron la conquista de la hegemonía política del marxismo, hegemonía ratificada formalmente en el Congreso de Erfurt de 1891.

El principal representante del partido obrero alemán como partido declaradamente marxista fue Kautsky, el principal continuador de la misión engelsiana de divulgar y defender el marxismo una vez que hubo fallecido el correligionario de Marx. Kautsky popularizó el marxismo entre las masas obreras del SPD y fue el principal inspirador de la línea política de la II Internacional. Con él, el marxismo traspasó las barreras de los círculos intelectuales y se hizo patrimonio del conjunto de la clase. Pero esta obra de divulgación se cobró un precio: el marxismo de Kautsky también adolecía de serias limitaciones.

Kautsky llegó al marxismo desde la teoría de la evolución darwinista vulgarizada por Häckel, y asumió el marxismo en los términos expuestos en el Anti-Dühring . De esta manera, la comprensión kautskiana del marxismo estuvo siempre marcada por un fuerte determinismo evolucionista que dificultó, en gran medida, la aceptación conceptual de la noción dialéctica de salto cualitativo, marginando en su pensamiento la idea de revolución , que fue aceptada más en los términos limitados -demasiado generales y demasiado poco comprometidos- de cambio de estructuras económicas, que en los de conquista violenta del poder. Para él, el determinismo económico ordenado por el grado de desarrollo de las fuerzas productivas constituía la tesis nuclear del marxismo. En este sentido, su visión de la transformación social se vio sometida cada vez más a un gradualismo progresivo según el cual las condiciones del socialismo iban madurando, en función del desarrollo de las fuerzas productivas, cada vez más en el seno del capitalismo, hasta el punto de identificar el objetivo final, el socialismo, con la simple transformación jurídica de la propiedad privada capitalista en propiedad social después de la toma del poder por el proletariado. Esta concepción le llevó, por una parte, a defender la táctica del agotamiento , del desgaste político de la burguesía como principal estrategia para facilitar el advenimiento de la clase obrera al poder, pronunciándose a favor de la utilización de métodos legales como normativa y de la huelga de masas sólo excepcionalmente en situaciones revolucionarias (Kautsky no aceptaba otros métodos de lucha); y, por otra parte, le condujo al exceso de celo en su vigilancia ante cualquier intento de conquista del poder prematuro . En este orden, Kautsky participa de la idea de la revolución comomaduración de las premisas económicas necesarias para el socialismo, más que como maduración de premisas políticas. Por eso, llega a afirmar que el partido obrero no debe aprender a organizar la revolución, sino a utilizarla. Al socaire de esta interpretación, en la actitud de Kautsky hacia el Estado termina predominando una intención reformista. Aunque aceptaba la tesis del Estado como instrumento clasista, nunca asimiló completamente la necesidad de su destrucción. Como identificaba democracia con parlamentarismo y estaba convencido de que el Estado como órgano de representación no era inseparable de su función de instrumento de opresión de clase, llegó a la conclusión de que el Estado en manos de la mayoría proletaria podría convertirse en órgano del pueblo, en órgano plenamente democrático, por lo que se mostró partidario de la utilización delEstado moderno como instrumento de transformación social, y cada vez más favorable a la idea de la integración política del proletariado en el Estado existente. Aunque Kautsky se enfrentó a la revisión del marxismo que inició Bernstein, en la práctica dejó abonado el terreno para su triunfo final. Con Kautsky se decía del SPD que era un partido revolucionario que no hacía la revolución , expresión de un estado de frustración política producto de una línea de actuación que “prescribía una práctica política de carácter reformista y persistía al mismo tiempo en la fe en una autodestrucción del orden social capitalista y su sustitución por uno socialista” . Hasta qué punto fue limitado en su asunción el marxismo de Kautsky lo demuestra el hecho de que se le pueda aplicar perfectamente la crítica que Marx realizó en 1879 al sector derechista del SPD (aunque Kautsky fuera el reconocido representante del centro ):

“Lo primero que debe hacer es realizar una propaganda enérgica entre la burguesía; en vez de hacer hincapié en objetivos de largo alcance, que asustan a la burguesía y que de todos modos no han de ser conseguidos por nuestra generación, mejor será que concentre todas sus fuerzas y todas sus energías en la aplicación de reformas remendonas pequeñoburguesas, que habrán de convertir en nuevos refuerzos del viejo régimen social, con lo que, tal vez, la catástrofe final se transformará en un proceso de descomposición que se lleve a cabo lentamente, a pedazos y, en la medida de lo posible, pacíficamente” .

Desde el punto de vista sociológico, el kautskismo era la expresión ideológica de la capa más culta y acomodada de la clase obrera alemana, que había terminado adaptándose a las reglas del juego reformista que le reportaban ciertos beneficios a corto plazo, y que había conseguido adecuar la política del partido socialdemócrata a este juego. Pero el colapso del kautskismo llega con la Primera Guerra Mundial, cuando se acaban las prebendas para la aristocracia obrera y cuando lateoría de la integración de Kautsky, que había llegado a prever la colusión pacífica internacional de los intereses imperialistas de las grandes potencias ( ultraimperialismo ), se desploma. El proletariado bascula, entonces, hacia el ala izquierda de la socialdemocracia internacional, y deja a ésta en disposición de iniciar de manera práctica la obra de la transformación social. Es en la Rusia zarista donde se reúnen las condiciones para la ruptura de la cadena imperialista por la revolución proletaria, y el partido bolchevique, encabezado por Lenin, se dispuso a no dejar pasar la ocasión.
Marx, K. y Engels, F.: Obras Escogidas . Madrid, 1975; tomo 1, pág. 374. La no publicación de una versión sistematizada y global de su pensamiento no fue, como vemos, siempre deseo premeditado de Marx. Sin embargo, a efectos prácticos, ocurrió que casi siempre se interponía alguna circunstancia que impedía el conocimiento por el público de una versión integradora del pensamiento del autor.
Se trata de la Introducción general a la crítica de la economía política (conocida como Einleitung ), escrita en 1857 y que no fue publicada hasta 1903 (por Kautsky, en una edición defectuosa e incompleta que no fue corregida a partir del manuscrito original hasta 1939).
Fetscher, I. (dir.): El Socialismo. De la Lucha de Clases al Estado Providencia . Barcelona, 1971; pág. 140.
Cf. VV.AA.: El movimiento obrero internacional. Historia y teoría . Moscú, 1982. Tomo 2, pág. 245.


Capitulo 4
Los límites del Bolchevismo


El bolchevismo, como corriente del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, estaba adherido a la II Internacional, compartiendo muchos de sus postulados políticos y de sus presupuestos ideológicos, y, por consiguiente y a través de ella, de los preceptos y premisas que guiaban a la socialdemocracia alemana. Sin embargo, como corriente independiente del marxismo internacional, el bolchevismo nace y termina configurándose entre 1903 y 1905, precisamente, en la lucha contra algunos de esos presupuestos ideológicos. En primer lugar, contra el evolucionismo determinista, según el cual, como en Rusia estaba pendiente la revolución burguesa y un desarrollo en profundidad del capitalismo, el proletariado debía limitarse a su organización económica como clase ( economismo ) o a dar su apoyo político a la burguesía revolucionaria (menchevismo). Lenin se rebela contra este fatalismo economicista y apuesta por un papel activo del proletariado como clase dirigente en la revolución rusa, lo cual le apartó de la ortodoxia de la Internacional, que apoyaba al menchevismo con su receta de esperar a que el capitalismo permitiera la maduración de las condiciones económicas para el socialismo. Lenin rompe con la teoría determinista de las fuerzas productivas a través de su teoría del partido de nuevo tipo proletario y de su programa revolucionario de dictadura democrática del proletariado y el campesinado como objetivo inmediato de la revolución rusa. Sin embargo, la ruptura en este terreno sólo fue parcial.

Desde que inicia su carrera política, a principios de los 90, Lenin se limita a aplicar el marxismo canónico de la socialdemocracia internacional a las condiciones de Rusia. Aunque había profundizado mucho más en el marxismo que el socialismo alemán, no pretendió el desarrollo del marxismo en su vertiente teórica. Sólo cuando aquel canon interfería en una aplicación consecuentemente revolucionaria del marxismo procedía a su rectificación y a su adecuación con un marxismo más genuino. Pero nunca se planteó, antes de 1917, una revisión a fondo de los postulados dogmáticos de la socialdemocracia internacional. En general, Lenin es un activista político, un propagandista y un organizador. Su obra teórica se ciñe a las necesidades de la revolución rusa, a la lucha por la hegemonía del marxismo entre la vanguardia revolucionaria y a la lucha por que la participación activa del proletariado en la revolución burguesa acelere las condiciones para la revolución socialista, mientras que, en el terreno internacional, se circunscribe en la ofensiva contra el revisionismo bernsteiniano que encabezaba Kautsky. Sólo cuando el agregado teórico convencional del marxismo europeo resultaba insuficiente ante problemas nuevos, Lenin se aventuraba a profundizar en el campo teórico del marxismo. En este contexto deben entenderse obras como Materialismo y empiriocriticismo (para cuya elaboración, el propio autor consideraba poseer insuficientes conocimientos filosóficos), de 1911, o El imperialismo, fase superior del capitalismo , de 1916. Todo esto, sin embargo, no significa que, en su conjunto, la obra de Lenin no haya contribuido con aportes valiosos y con desarrollos imprescindibles al cuerpo teórico del marxismo, y que, incluso, lo haya elevado en términos cualitativos.

Cuando Lenin se plantea seriamente una reflexión crítica y a fondo de toda la tradición ideológica de la II Internacional es en vísperas de la Revolución de Octubre. Hasta ese momento, y a pesar de que la dirección del socialismo internacional se había pronunciado siempre del lado del menchevismo en todas y cada una de las polémicas suscitadas con los bolcheviques, Lenin nunca estimó oportuno ni iniciar un enfrentamiento político abierto, ni realizar un deslindamiento ideológico de conjunto con el marxismo oficial . Pero la guerra había supuesto la bancarrota de la Internacional, y la inminente revolución rusa exigía una puesta al día de los preceptos válidos de la teoría revolucionaria que sirviesen de guía para conducir al proletariado en la nueva etapa de transformación social que le abría sus puertas.

En el verano de 1917, Lenin redacta El Estado y la Revolución , que es un balance general de la experiencia histórica del proletariado internacional y una actualización del marxismo como teoría revolucionaria, depurada de muchas de las inconsistencias que se le habían añadido a lo largo de décadas de práctica reformista. El Estado y la Revolución es un retorno al marxismo originario y una revivificación de su espíritu revolucionario. Sin embargo, inevitablemente, registra también las huellas de la escuela en la que se educaron todos los dirigentes socialistas de las dos generaciones anteriores al estallido de la Revolución de Octubre.

Después de caracterizar al Estado como instrumento de opresión de clase y de establecer la necesidad de su destrucción por el proletariado y su sustitución por un Estado-comuna, Lenin aborda en su libro la cuestión de las “bases económicas de la extinción del Estado”. Al final de este capítulo, cuando se dedica a esclarecer las peculiaridades de la “fase superior de la sociedad comunista”, Lenin recurre a una cita de la Crítica del Programa de Gotha de Marx:

“...En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y fluyan con todo su caudal los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ‘De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades'” .

En este texto, Marx plantea el problema de la superación del último obstáculo para alcanzar el comunismo, la sociedad sin clases y sin las bases que puedan reproducir las condiciones para un retorno a la organización social en clases: la división del trabajo. Marx dice que, en la sociedad comunista, “cuando haya desaparecido” la división del trabajo, podrá hablarse de verdadera igualdad entre los individuos, porque “con el desarrollo de los individuos en todos los aspectos” -lo cual presupone que esos individuos no están ya encuadrados por la división social del trabajo- “crezcan también las fuerzas productivas”. Es decir, Marx establece la emancipación del individuo de las cadenas de la división del trabajo como condición para el desarrollo pleno y sin cortapisas de las fuerzas productivas, e identifica la “fase superior de la sociedad comunista”, el comunismo propiamente dicho, con la sociedad que ya no tiene por base la división social del trabajo, que es propia, entonces, de la “fase inferior”, el socialismo. En definitiva, el comunismo presupone la superación de la división social del trabajo . ¿Cómo interpreta Lenin, en cambio, este parágrafo?

“En consecuencia, deja de existir una de las fuentes más importantes de la desigualdad socialcontemporánea, una fuente que en modo alguno puede ser suprimida de golpe por el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas.
Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y al ver cómo retrasa el capitalismo ya hoy, de modo increíble, este desarrollo y cuánto podríamos avanzar sobre la base de la técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir con la mayor certidumbre que la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana. Lo que no sabemos ni podemos saber es la rapidez con que avanzará este desarrollo, la rapidez con que llegará a romper con la división del trabajo, al suprimir el contraste entre el trabajo intelectual y el manual, a convertir el trabajo en ‘la primera necesidad vital'” .

Lenin supera a Kautsky en la medida que comprende que es insuficiente, para terminar con la desigualdad social, “el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas”. Kautsky se había detenido aquí, en la socialización de los medios de producción por el Estado en manos del proletariado. En estas condiciones, para él la igualdad social era lo mismo que la garantía de la igualdad de derechos jurídicos. Pero Lenin, aunque va más allá, aunque recoge el verdadero planteamiento marxista del problema advirtiendo sobre lo inadecuado de identificar y de reducir las relaciones sociales de producción a las relaciones jurídicas de propiedad, y aunque dirige su atención hacia la cuestión de la división social del trabajo como fundamento último de esas relaciones sociales, comete el error de establecer un hiato, una ruptura, entre un problema, el de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, y el otro, el de la superación de la división del trabajo. A pesar de las advertencias de Engels sobre la íntima relación entre la división social del trabajo y la organización clasista de la sociedad , Lenin da a entender en el texto que la “expropiación de los capitalistas” y, en general, de la propiedad privada de los medios de producción, significará la supresión de las clases, por lo que deja entrever, también, que se trata -éste de la abolición de la propiedad privada- de un problema político que debe resolver la lucha de clases, y que, por otra parte, la división del trabajo es un asunto económico que resolverá el desarrollo de las fuerzas productivas. En la práctica, esto supone limitar la vigencia de las clases y de la lucha de clases, incluso de la dictadura del proletariado, al periodo de expropiación y de socialización de los medios de producción, mientras,por sí mismas , las fuerzas productivas permitirán, en su evolución , superar la división social del trabajo. Entonces, no se trata ya de destruir las bases de la sociedad de clases, ni de continuar la lucha de clases, sino sólo de conseguir “la igualdad”, algo que puede confiarse al crecimiento cuantitativo de la riqueza social desde el desarrollo en “proporciones gigantescas” de las fuerzas productivas. Lenin termina, de esta manera, recayendo en una problemática de corte kautskiano, según la cual, de lo que se trata después de la desaparición de la propiedad privada es de laigualdad entre las personas: en este caso, de la igualdad en el disfrute del derecho; para Lenin, de la igualdad en el disfrute de la riqueza. La ruptura del vínculo entre división del trabajo y sociedad de clases reduce el objeto de la lucha de clase proletaria a la abolición de la propiedad privada, dejando expedito el camino para un retorno de la asimilación kautskiana entre relaciones sociales y relaciones jurídicas. Por otra parte, la independización de la superación de la división del trabajo de la lucha revolucionaria del proletariado, unida al nuevo factor determinante que Lenin introduce, la “técnica moderna” como principal motor del desarrollo económico una vez abolida la propiedad privada, crea la base teórica para una interpretación tecnocrática del desenvolvimiento futuro de la sociedad de transición, y, en consecuencia, para el retorno del determinismo economicista de corte kautskiano en forma de teoría de las fuerzas productivas .

La separación de las tareas de la revolución en dos etapas cualitativamente diferentes por su contenido socioeconómico entra en contradicción con el espíritu que domina El Estado y la Revolución. Frente al reformismo claudicante de la socialdemocracia, Lenin se esfuerza por demostrar que, para alcanzar el comunismo, no es suficiente la conquista del poder y la inmediata expropiación del capital (lo que, unido a la falsa ilusión de las posibilidades legales del parlamentarismo para acceder al poder, condujo a la táctica socialdemócrata por la vía del reformismo). Por el contrario, las tareas revolucionarias no se limitan a esto, sino que se extienden a lo largo de todo un periodo de transición en el que se liquidarían todas las premisas socioeconómicas de la sociedad de clases. Este periodo, además, estaría presidido por el proletariado organizado en clase dominante, por ladictadura del proletariado . Lenin denomina a todo este periodo, socialismo , entendido como “fase inferior” de la sociedad comunista, y que, a diferencia de ésta, aún no se “ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista” . Pero como la sociedad capitalista no está solo fundada sobre la propiedad privada de los medios de producción, sino que en su naturaleza íntima y en toda su complejidad es una sociedad de clase, es la forma de la sociedad organizada en clases que se presenta en un momento históricamente determinado, precisamente el momento en que la clase oprimida está en condiciones de suprimir ese modo de organización social en todo su significado y en todos sus niveles, precisamente por eso, a la dictadura del proletariado le incumbe terminar con todas las bases de este modo de sociedad, desde la propiedad privada hasta la división social del trabajo . Y en tanto que ejecuta este cometido, sólo podemos hablar de sociedad de transición, o sea, según Lenin, de socialismo . Sin embargo, lo que está en espíritu en El Estado y la Revolución , su propio autor parece contradecirlo cuando establece una cesura tajante entre dos problemáticas de la transformación social. Esto supone, de hecho, subdividir el periodo de transición en dos subperiodos con contenidos socioeconómicos diferentes. En el Estado y la Revolución , Lenin parece inclinarse por identificar el segundo periodo -el de la superación de la división del trabajo desde el desarrollo “gigantesco” de las fuerzas productivas como su atributo esencial- ya con el comunismo, con la fase superior de la nueva sociedad. Con lo cual, la fase inferior, el socialismo propiamente dicho, tendría por objeto la liquidación de la propiedad privada de los medios de producción. Esto tendrá, a la larga, hondas repercusiones en la visión del partido bolchevique del proceso de transformación social y en su línea política cuando se inicie en la práctica ese proceso, y permitirá la creación de las condiciones teóricas para la formulación de una serie de tesis políticas que generarán contradicciones que debilitarán ideológicamente al proletariado.

Cuando, una vez en el poder el partido proletario y una vez iniciada la obra de edificación de la nueva sociedad, Lenin pasa a aplicar su visión del periodo de la transición al análisis de la formación social soviética, se reproduce el dualismo que de facto divide ese periodo. Pero en el análisis que realiza en mayo de 1918, al comienzo del denominado comunismo de guerra , el líder bolchevique ha rectificado en parte los términos de lo que en El Estado y la Revolución era una subdivisión teórica del periodo de transición. En la práctica, o al menos para el caso del País de los Soviets en 1918, la primera subetapa ya no es el socialismo :

“A juicio mío, no ha habido una sola persona que, al ocuparse de la economía de Rusia, haya negado el carácter transitorio de esa economía. Ningún comunista ha negado tampoco, a mi parecer, que la expresión República Socialista Soviética signifca la decisión del Poder soviético de llevar a cabo la transición al socialismo; mas en modo alguno el reconocimiento de que el nuevo régimen económico es socialista” .

Para Lenin, las específicas condiciones económicas de atraso secular de la Rusia soviética, agudizadas por los desastres de la Gran Guerra, exigían que el eje de separación de los dos subperiodos fuera retrotraído más hacia atrás, con el fin de abarcar un periodo anterior no recogido entre las “premisas económicas” del comunismo que se establecían en El Estado y la Revolución : el periodo de transición al socialismo (es decir, el periodo de transición ya no es sólo del capitalismoal comunismo ). La principal tarea de este periodo era el desarrollo de las fuerzas productivas, que elevase a Rusia hasta un nivel de civilización acorde con las “premisas económicas” que permitieran la maduración de las condiciones del socialismo. Lenin no sólo tomaba como referencia para esas premisas a la Europa capitalista, sino que había absolutizado la caracterización del socialismo realizada por Marx en la Crítica del Programa de Gotha como una etapa donde perdura el problema de la división social del trabajo y sobrevive el derecho burgués, pero donde ha sido abolida la propiedad privada. En la Rusia de 1918, en cambio, ni hablarse podía de prescindir de este último factor, pues resultaba inimaginable la restauración económica sin la participación de la masa de campesinos propietarios -que constituían la masa de la población- y otras formas de economía de corte mercantil e, incluso, capitalista. Como en la mente de Lenin -arraigada en este problema en la tradición de la socialdemocracia europea- el socialismo no comienza hasta la expropiación de los medios de producción en manos del capital, la lógica de su esquema debía producir, consecuentemente, una etapa de preparación de las condiciones para esa expropiación.

Sin embargo, el régimen político se define como dictadura del proletariado . Lenin reproduce, aquí, el dualismo que también presenta entre economía y política en El Estado y la Revolución . En esta obra, Lenin asignaba a la dictadura del proletariado el papel político de abolir la propiedad privada y dar paso al socialismo, mientras que, bajo estas condiciones nuevas, la economía, por su parte y en su desenvolvimiento espontáneo, conduciría a la sociedad hasta el comunismo. Ahora, en cambio, la dictadura del proletariado es el régimen de preparación de las condiciones para que las fuerzas productivas, siempre observadas en su plano autónomo, puedan cumplir con su misión independiente después de la abolición de la propiedad privada. Ésta, entonces, ya no es consecuencia de una acto político de violencia revolucionaria de la clase obrera, como se imaginaba Lenin en su libro de 1917, sino de un proceso que requiere -según la lógica leniniana- todo un periodo político de transición al socialismo . La teoría del periodo de transición al socialismo es resultado de la parte de la concepción del mundo que todavía Lenin comparte con el determinismo económico kautskiano. ¿Por qué, si la abolición de la propiedad privada ya no es un solo acto, sino todo un proceso político, requiere una caracterización diferente en un nuevo periodo?, ¿qué diferencia hay entre acto y proceso en este caso? Desde el punto de vista político de la lucha de clases del proletariado, ninguna. Sólo la hay si se considera a las fuerzas productivas el factor principal del desarrollo social.

Toda esta adecuación práctica de la teoría leniniana del periodo de transición es coherente consigo misma y no ofrece más limitaciones que las ya detectadas en su formulación teórica primigenia. Tampoco reportaría ningún peligro si se considera que, una vez superada la etapa de transiciónpreparatoria del socialismo, continúa rigiendo la forma política de dictadura del proletariado, ya con el socialismo en curso, tal como visualiza Lenin el proceso en El Estado y al Revolución . Pero esto es, precisamente, lo que comienza a ser cuestionado por la dirección del partido bolchevique y, en algunas de sus formulaciones, también por Lenin. A partir del VII Congreso del partido (marzo de 1918), se empieza a hacer habitual la identificación del régimen propio del periodo de transición al socialismo con la dictadura del proletariado, en tales términos que parece darse a entender que esta dictadura ya no será necesaria cuando sea superado este periodo de transición . Lenin nunca hace explícito este extremo, pero hay que pensar que, efectivamente, formaba parte del subconsciente político del bolchevismo, porque en poco tiempo, después de la desaparición de Lenin, se convertirá en tesis oficial del partido.

La unión de estas dos tesis, la unión de la teoría del periodo de transición al socialismo y la teoría de que la dictadura del proletariado ya no es la forma política del socialismo contiene, en potencia, peligrosas consecuencias prácticas para el proletariado, en el sentido de que ese nuevo discurso teórico prepara las bases para la liquidación de su lucha de clase revolucionaria durante el socialismo. Y en el socialismo, aunque la visión que tiene el bolchevismo no lo contemple así -al reproducir fielmente la tesis kautskiana de que la supresión de la propiedad privada supone la supresión de las clases-, permanecen las clases o la tendencia de éstas a recomponerse, porque se mantiene lo que “subyace” en ellas, la división social del trabajo . La desaparición de la dictadura de la clase revolucionaria entre los elementos de la línea política que persigue superar esta etapa del desarrollo social, otorgando el papel principal de esta transformación al desenvolvimiento según el dictado de factores nuevos como la “técnica moderna”, supone arrebatar la dirección de ese proceso al proletariado como clase revolucionaria, única garantía de que la dirección del mismo continúe orientada hacia el comunismo. A cambio, resurgirán los elementos sociales que se benefician de la reproducción de las condiciones económicas que respalda la vieja división del trabajo, y estos elementos usurparán la dirección del proceso social invirtiéndolo con el fin de restaurar el capitalismo. Esta posibilidad práctica se hace más real cuando consideramos que en el esquema leniniano-bolchevique se detecta un nuevo dualismo: el que separa, esta vez, la división del trabajo de las fuerzas productivas, interpretando, además, a éstas últimas como un factor neutro sin contenido social (de clase). De ahí que el bolchevismo se permita otorgar tanta importancia a la técnica. Sin embargo, la división del trabajo es también una fuerza productiva. No considerarlo así, significa reducir las fuerzas productivas al simple desarrollo tecnológico. En la producción social, sin embargo, las fuerzas productivas son todo un conjunto de factores inseparables entre sí del que forman parte tanto la división técnica y la división social del trabajo como los modos de organización de las clases sociales en tanto que clases productoras. Entonces, el libre desarrollo de las fuerzas productivas supone directamente la reproducción de las condiciones de desarrollo de esas fuerzas productivas y, por lo tanto, la reproducción de la división del trabajo en las condiciones dadas, que son las condiciones heredadas del viejo modo de producción. Sólo con la revolucionarización consciente de esas fuerzas productivas dispuestas en función de la organización de la sociedad en clases pueden suprimirse definitivamente las bases de la misma y conjurarse el peligro de restauración. Pero la liquidación política de la dictadura del proletariado, como principal instrumento de esa revolucionarización, deja a la clase obrera desarmada ideológicamente ante la recuperación de la burguesía. En la práctica, el proletariado carecerá de los elementos teóricos adecuados para detectar esta recuperación. Finalmente, será desbancado del poder casi sin haberse cerciorado de ello.

Aun con todo, estas derivaciones se circunscriben en el ámbito de la teoría y -aunque ésta siempre es exponente fiel de una determinada práctica- pueden ser rectificadas a tiempo. Es la lucha de clases real y la correlación de fuerzas entre las clases lo que determinará, en última instancia, si esos desarrollos teóricos dirigidos en la línea de revisión del marxismo serán rectificados y anulados para retornar a una línea de fortalecimiento ideológico del proletariado o, por el contrario, si la práctica de la lucha de clases permitirá que continúen profundizándose. En este sentido, jugó un papel crucial la interpretación que el partido bolchevique realizó de las clases y de la correlación de fuerzas entre ellas después de la conquista del poder y como resultado de las primeras medidas adoptadas por el Estado soviético. Aquí, encierra la mayor importancia el modo cómo se representa en la conciencia bolchevique el capitalismo de Estado y qué posición ocupa dentro de la formación social soviética.

En el mismo trabajo de 1918 en que Lenin había aplicado su visión del periodo de transición a las condiciones de la Rusia revolucionaria ( Acerca del infantilismo “izquierdista” y del espíritu pequeñoburgués ), con los resultados ya expuestos, el jefe bolchevique realiza la descripción de aquella formación social:

“(...) qué elementos de los distintos tipos de economía social existen en Rusia. Y ahí está todo el meollo de la cuestión.
Enumeremos esos elementos:
•  economía campesina patriarcal, es decir, natural en grado considerable;
•  pequeña producción mercantil (en ella se incluye la mayoría de los campesinos que venden cereales);
•  capitalismo privado;
•  capitalismo de Estado;
•  socialismo” .

¿Cuál es el “tipo de economía social” que predomina, cuáles son las relaciones sociales de producción dominantes?

“Está claro que en un país de pequeños agricultores predomina, y no puede menos de predominar, el elemento pequeñoburgués; la mayoría, la inmensa mayoría de los agricultores son pequeños productores de mercancías” .

Lenin continúa añadiendo que la correlación de fuerzas, en estas circunstancias y desde el punto de vista del avance hacia el socialismo , se caracterizaba por que:

“No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado los que luchan juntos, de común acuerdo, tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo” .

La táctica que propone Lenin es utilizar el capitalismo de Estado para favorecer la creación de las condiciones del socialismo. Para Lenin, el capitalismo de Estado es “la antesala del socialismo” . Pero, ¿qué era para Lenin el capitalismo de Estado, en 1918?

“El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos más que ahora (...), pues merece la pena pagar ‘por aprender', pues eso es útil para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene más importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad es el peligro mayor y más temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevará por el camino más seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquía de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendrá entonces a mano -perdón por la expresión- todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado.
El capitalismo de Estado es incomparablemente superior, desde el punto de vista económico, a nuestra economía actual. Eso primero.
Y segundo, no tiene nada de temible para el Poder soviético, pues el Estado soviético es un Estado en el que está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres” .

El capitalismo de Estado es la organización moderna de la producción social; es la forma económica sobre la que se tiene que apoyar el proletariado con el fin de capacitarse para tomar posesión de los medios de producción. Dejando aparte que en su análisis Lenin reincide en su punto de vista tecnocrático-economicista , es importante señalar que este análisis conserva vivo todo el espíritu del marxismo, porque es un ejemplo de análisis de clase de la sociedad y de la búsqueda certera de la correlación de fuerzas sociales que facilite el camino de la consecución de los objetivos revolucionarios del proletariado.

Desde este punto de vista, lo que hay que resaltar es que Lenin habla de utilización del capitalismo de Estado por parte del poder soviético. Por lo tanto, no identifica la naturaleza de esta forma económica (capitalismo) con la del Estado (socialismo). Para Lenin, el capitalismo de Estado toma cuerpo bajo los modos de “monopolio de los cereales, control sobre los patronos y comerciantes, los cooperativistas burgueses” , pero, sobre todo, bajo la forma de dirección de las empresas estatales por los antiguos capitalistas. Lenin propone aplicar:

“(...) los métodos de compromiso o de indemnización a los capitalistas cultos, que aceptan el ‘capitalismo de Estado', que pueden aplicarlo y que son útiles al proletariado como organizadores inteligentes y expertos de grandísimas empresas que cubran de verdad el abastecimiento de productos a decenas de millones de personas” .

En esta época, el partido bolchevique decidió aplicar el método de dirección unipersonal de las empresas del Estado. En estos términos, las funciones principales de dirección y organización de la producción estatal pasaban a manos de los directores y técnicos burgueses. Lenin planteaba la necesidad de esta medida, pero también era consciente de sus peligros, por eso proponía, igualmente, una contramedida, apoyada en que “está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres”, para garantizar el desenvolvimiento correcto de aquella decisión: la “contabilidad y control por todo el pueblo de la producción y distribución de los productos” .

Es importante indicar que, en su análisis de 1918, cuando Lenin se refiere a los “elementos socialistas” de la formación social rusa, no habla de formas económicas, sino de la posición política del proletariado . De aquí se desprende que Lenin es consciente de que la dirección política de todo ese entramado socioeconómico que describe es también un factor económico , y, también, que es el factor principal, porque es el que decide la tendencia hacia donde debe dirigirse la solución de las contradicciones de clase en esa formación social. El segundo elemento fundamental, es que Lenin -insistimos en ello- no identifica propiedad estatal de los medios de producción con propiedad socialista. Su análisis se mantiene dentro del marxismo precisamente porque manifiesta explícitamente estos dos elementos. De esta manera, a pesar de las derivaciones incorrectas a que había desembocado con su teoría de la fase de transición, en su pensamiento permanecen todavía los elementos ideológicos que permitirían la rectificación a tiempo en el caso de una progresión degenerativa aún mayor de aquella teoría.

Desde el pensamiento leniniano de 1918, entonces, todavía cabía la interpretación marxista de la sociedad de transición (llámesela como quiera: dentro del marco del análisis de clase correcto de la sociedad rusa, el nombre carecería de importancia), comprendida como conjunto complejo de relaciones sociales de producción en el que conviven lo viejo y lo nuevo: todas las formas económicas heredadas -desde la economía natural, hasta el capitalismo de Estado-, junto con la posibilidad y la capacidad del proletariado, desde su posición económica de clase dominante, de revolucionarlas en la dirección del comunismo, en la dirección de destruir las premisas que las convierten en relaciones de reproducción de la sociedad de clases, con el fin de transformarlas, como conjunto, en la base económica de la sociedad sin clases, del comunismo. Lo que define a la sociedad de transición no es la forma económica dominante (tesis que poco después pasará a ser doctrina en el partido bolchevique), sino la naturaleza de clase de la tendencia dominante , el sentido político de la dirección hacia la que se encamina en su desarrollo, en su transformación, el conjunto de formas socioeconómicas. Quién dirige es, entonces, la cuestión fundamental. Por esta razón, el plano político de la lucha de clases sigue siendo el principal durante todo el periodo de transición. Renunciar a la lucha de clase proletaria, a la dictadura del proletariado, en alguno de los momentos de ese tránsito, resultaría catastrófico. Si la burguesía tomase el poder, ese mismoconjunto de relaciones sociales, que antes podíamos considerar como socialismo porque era encauzado hacia su fase superior, el comunismo, será reorientado en su desenvolvimiento hacia el capitalismo abierto y la apropiación privada: ese conjunto de relaciones sociales transitaría hacia la dominación burguesa, sería, de hecho, una sociedad capitalista, porque quien la dirige es la burguesía.

Sin embargo, la influencia en el pensamiento de Lenin de la problemática economicista de las fuerzas productivas terminará por neutralizar la aportación marxista que realiza en el análisis de la formación social rusa. En 1921, bajo circunstancias políticas nuevas, Lenin retoma la cuestión del carácter de la sociedad soviética. Recupera su análisis de 1918 y señala que, tres años después, las cosas siguen igual: las formas económicas son las mismas y su peso relativo también. Sin embargo, el partido ha rectificado su política, ha implantado la Nep y pone en primer plano la alianza del proletariado con el campesinado, en particular, con esa “pequeña producción mercantil” que antes era considerada el principal enemigo. Pero, en este giro táctico, queda oscurecido el papel del capitalismo de Estado. Aunque Lenin mantiene la necesidad de continuar utilizándolo, su análisis sobre él queda relegado a un segundo plano -en favor de las formas económicas de alianza con el campesinado, principalmente el impuesto en especie - y la descripción incisiva sobre su papel y naturaleza también. De hecho, cuando en su nuevo repaso de la situación describe el capitalismo de Estado, prescinde del punto de vista marxista, central en 1918, que definía al capitalismo de Estado como una relación social que en la Rusia soviética se caracterizaba por el vínculo establecido entre la propiedad estatal de los medios de producción en manos de la dictadura del proletariado y la gestión y organización de esos medios al modo capitalista, vínculo que tomaba cuerpo desde la “contabilidad y control” de éstos por aquélla. En 1921, por el contrario, en el análisis leniniano no domina el punto de vista de las relaciones sociales, sino el que se remite a las formas económicas . Y lo peor es que, cuando se enumeran las formas concretas que están relacionadas con el capitalismo de Estado, no se incluye a la industria estatal. Lenin habla de cuatro formas de capitalismo de Estado (cooperativas, concesiones, franquicias comerciales y arriendo de empresas ), pero no dice nada sobre la dirección unipersonal desde arriba, ni de la gestión y organización capitalista de las empresas nacionalizadas.

A pesar de todo, Lenin introduce un elemento que da pie a pensar que, a pesar de todo, aún se mantiene, globalmente, en la línea marxista de análisis:

“No. Es necesario revisar y reformar todas las leyes sobre la especulación, declarando punible (...) todo hurto y toda elusión , directa o indirecta, abierta o encubierta, del control, de la vigilancia y de la contabilidad estatal . Precisamente con semejante modo de plantear el problema (...) conseguiremos que el desarrollo del capitalismo, en cierta medida inevitable e indispensable para nosotros, vaya por el cauce del capitalismo de Estado  .

La idea de “control, vigilancia y contabilidad estatal” de todas las formas de producción económica permite pensar que Lenin todavía mantiene el criterio de un poder político de carácter proletario que se vincula con todas las formas económicas a través de métodos de dirección y control, y no desde la competencia entre formas económicas anteriores y formas socialistas (que será el modo de plantearlo por el partido posteriormente). Así, el deseo expreso de que todo desarrollo del capitalismo -incluida la pequeña producción- “vaya por el cauce del capitalismo de Estado”, permite intuir que, implícitamente, Lenin piensa también en las formas capitalistas de propiedad estatal, que aún situaría bajo el rubro de capitalismo de Estado .

Pero lo que para 1921 era sólo un residuo del primigenio análisis marxista, en enero de 1923 desaparece por completo:

“Siempre que he escrito algo de la nueva política económica he citado mi artículo de 1918 sobre el capitalismo de Estado. Eso hizo dudar en más de una ocasión a algunos camaradas jóvenes (...).
Creían que no se podía calificar de capitalismo de Estado a un régimen en el que los medios de producción pertenecen a la clase obrera y en el que ésta es dueña del poder estatal (...).
Tampoco hay duda de que, en nuestra actual realidad económica, (...) al lado de empresas capitalistas privadas (...) hay empresas de tipo socialista consecuente (cuando tanto los medios de producción como el suelo en que se halla enclavada la empresa y toda ella en su conjunto pertenecen al Estado)” .

Al final de su carreta y sin tiempo para rectificar (caería enfermo poco después y en el curso de un año fallecerá), Lenin terminará cediendo a las presiones del sector del partido que quería zanjar la cuestión del capitalismo de Estado en los términos de la identificación de la propiedad estatal de los medios de producción con la propiedad socialista de los mismos. Pero esta concesión supone el regreso a la perspectiva kautskiana, según la cual las relaciones sociales de producción se reducen a las relaciones jurídicas de propiedad. De este modo, se desbroza del todo el terreno para la germinación y crecimiento, en el discurso ideológico bolchevique, de la tesis de la existencia de formas económicas que, por sí mismas , son socialistas. El socialismo ya no se concebirá como un conjunto contradictorio y complejo de relaciones de producción de distinto signo, con las que se vincula la lucha de clase del proletariado para transformarlo en la dirección del comunismo; el socialismo pasará a ser el conjunto de relaciones jurídicas que persiguen la estatalización de la economía social . El camino para la hegemonía de los sectores sociales vinculados con la producción estatal y con el aparato administrativo de dirección, gestión y control de la gran industria soviética quedaba abierto. A través de la nueva fórmula teórica podrían encubrir su promoción social y política como clase capitalista, y disimular la usurpación burguesa del poder del Estado proletario.

En este mismo sentido, es preciso introducir otro elemento relacionado con el carácter del Estado soviético. En el mismo artículo dedicado a las cooperativas en el que Lenin renuncia a resolver en clave marxista la cuestión del capitalismo de Estado, reconoce que el aparato administrativo soviético “no sirve para nada en absoluto” y, sobre todo, reconoce que fue tomado “íntegramente de la época anterior” , es decir, de la época zarista. Lenin había advertido al partido sobre este particular en muchas ocasiones. La interpretación, más bien implícita, sobre este hecho entre los dirigentes bolcheviques consistía en que ésta era una más de esas circunstancias -ésta en el terreno político- que permitían hablar de la necesidad de una fase de transición al socialismo , pues, como demostró Lenin, el tipo de Estado apropiado al socialismo era el del Estado-Comuna . Pero, más allá de disquisiciones teóricas, la verdad es que, en la práctica, en su funcionamiento ordinario, el aparato del Estado no estaba en posesión directa del proletariado. Y estamos hablando del resorte fundamental del que dispone esta clase para dirigir el proceso de transformación social revolucionaria.

La convergencia fáctica de todas estas circunstancias de índole ideológico y político a la altura de 1923, nos puede ayudar a comprender mejor y a explicar la deriva teórica hacia la que cada vez más iba conduciéndose el partido bolchevique, en función de la presión que sobre él ejercía, sin duda, un determinado sector social instalado en ese aparato burocrático estatal. La suma del peso del aparato administrativo y de las posiciones que estaba conquistando el aparato de dirección económica del Estado, puede ofrecernos una imagen cercana de cuál era el estado de la correlación de fuerzas de clase o de las tendencias que comenzaban a emerger en su seno, en Rusia, en vísperas de la muerte de Lenin. Sin embargo, esto sólo indica una tendencia, la del incipiente ascenso del capitalismo en la Rusia contemporánea, precisamente por el frente que no esperaba la dirección bolchevique (que estaba alerta únicamente contra el peligro de restauración que pudiera provenir del elemento kulak, es decir, del capitalismo privado), cegada por la tesis del socialismo como estatalización de los medios de producción; no significa que esa nueva clase hegemonizara ya aquella correlación de fuerzas. El partido bolchevique estaba muy arraigado entre proletariado soviético. Este hecho, unido a su posición dirigente en al aparato político del Estado, permitió que la hegemonía proletaria no fuera liquidada de inmediato. Sin embargo, las respuestas halladas por el partido para conducir y superar las contradicciones de clase, cada vez más se fundaban en premisas ideológicas insuficientes, progresivamente alejadas del marxismo, que iban entrando a formar parte del corpus teórico del bolchevismo, lo cual constituyó un factor determinante en última instancia para que se creasen las condiciones de la caída de la dirección proletaria en el país soviético.
Lenin, V. I.: Obras Completas . Moscú, 1986. Tomo 33, págs. 97 y 98.
Ibídem , pág. 98
Aunque se limita a dejarlo planteado sin desarrollarlo, en el Anti-Dühring , Engels deja establecido que: “Lo que subyace a la división en clases es la ley de la división del trabajo” (Engels, F.: Anti-Dühring . Barcelona, 1977; pág. 292). Años más tarde, dedicará una obra, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado , a demostrar cómo, efectivamente, la división del trabajo “subyace” a la división de la sociedad en clases, y de su lectura se puede colegir -aunque tampoco aquí Engels se presta a ir más allá del momento en que se ha producido la expropiación de los medios de producción- que no es posible desterrar definitivamente las clases sin superar la división social del trabajo. En cualquier caso, el esoterismo domina también en esta parte de la doctrina de Marx y Engels. Se requiere un último esfuerzo de interpretación coherente con esa doctrina para deducir que la supresión de las formas sociales de clase requiere la liquidación de su base socioeconómica en la división social del trabajo, y que no es suficiente con deshacerse de su expresión jurídica. Llenar correctamente este vacío teórico depende de las premisas ideológicas que guíen nuestro pensamiento. Claramente, las que condujeron a la solución kautskiana de la cuestión no estaban de acuerdo con el marxismo.
Ibid ., pág. 94.
Lenin: O. C ., t. 36, pág. 304.
En El Estado y la Revolución , cuando Lenin trata la cuestión de la “transición del capitalismo al comunismo”, que denomina “socialismo”, se sitúa completamente en el plano político, refiriéndose a la dictadura del proletariado como el régimen propio de toda esa etapa, y analizando la cuestión central de la extinción del Estado. Sin embargo, a continuación pasa a analizar el desarrollo de este periodo separadamente en su aspecto económico, donde, a la primera dualidad ente política y economía, añade una segunda al diferenciar entre el problema de la propiedad privada y el de al división del trabajo. Este dualismo metodológico es el que le obliga a establecer para Rusia todo un periodo donde predomina la cuestión de la superación de la propiedad privada (transición al socialismo) y otro donde la dictadura del proletariado se enfrentará al de la división del trabajo (socialismo, o sea, transición al comunismo).
“(...) consolidar y seguir desarrollando la República Federativa de los Soviets como una forma de democracia inconmensurablemente más alta y progresista que el parlamentarismo burgués y comoúnico tipo de Estado que corresponde , vista la experiencia de la Comuna de París de 1871 y la experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917-1918, al periodo de transición del capitalismo al socialismo, es decir, al periodo de la dictadura del proletariado” (Lenin: O. C., t. 36, pág. 75. La negrita es nuestra – N. del A .). Ver también, ibid ., pág. 310.
En El Estado y la Revolución , Lenin deja firmemente asentada la tesis marxista de que el Estado “es producto y manifestación de la inconciliabilidad de las contradicciones de clase”, así como que “la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son inconciliables” (Lenin: O. C ., t. 33, pág. 7). Entonces, si se reconoce que durante el socialismo, durante el periodo de transición al comunismo, pervive el Estado bajo la forma de dictadura del proletariado, no se comprende cómo, una vez desaparecidas las clases propietarias , no se buscan las bases materiales de ese antagonismo inconciliable -que sólo puede tener carácter de clase- del que la pervivencia del Estado es la prueba más palpable, ni se comprende que no se compruebe que es en la división del trabajo donde residen todavía esas bases materiales de la sociedad dividida en clases antagónicas.
Lenin: O. C ., t. 36, págs. 304 y 305.
Ibídem , pág. 305.
Ibid .
Ibid ., pág. 311.
Ibid ., págs. 307 y 308.
“El socialismo es inconcebible sin la gran técnica capitalista basada en la última palabra de la ciencia moderna” ( Ibid ., pág. 309). Lo cual no es cierto, o sólo relativo, si consideramos que el socialismo es el periodo de transición al comunismo sans phrase , independientemente del punto de partida socioeconómico de dicho periodo. Si, en cambio, insistimos en que el socialismo es una formación sin propiedad privada y sin clases, donde la división del trabajo se extingue por el desarrollo de las fuerzas productivas, entonces sí, el factor tecnológico despertará el interés principal.
Ibid ., pág. 305.
Ibid ., págs. 314 y 315.
Ibid ., páf. 310.
“Los obreros tienen en sus manos el poder del Estado, tienen la absoluta posibilidad jurídica de ‘tomar' todo el millar, es decir, de no entregar un solo kopek que no esté destinado a fines socialistas. Esta posibilidad jurídica, que se asienta en el paso efectivo del poder a los obreros, es un elemento de socialismo ” ( Ibid ., pág. 307. La negrita es nuestra – N. del A .).
Lenin: O. C ., t. 43, págs. 226-229.
Ibídem , págs. 238 y 239.
Lenin: O. C ., t. 45, págs. 389 y 390.
La simplificación jurídico-formal de la problemática de las relaciones sociales referida a la cuestión del capitalismo de Estado y la obstaculización, de hecho, de su solución en términos marxistas, desterró para siempre la posibilidad de comprender el carácter de los métodos de organización de la producción a nivel de fábrica y sus implicaciones sociales. En la Unión Soviética, desde los años 20, imperaba un sistema de trabajo en las empresas ordenado en tres ejes. La dirección desde arriba , con responsabilidad unipersonal para el director. Aunque se intentó implantar el sistema deconferencias de producción para otorgar algún papel a la clase obrera en la toma de decisiones de carácter general, apenas se obtuvieron resultados. En cualquier caso, en esas conferencias, el obrero participaba en tanto que obrero, desde su posición preestablecida en el proceso de producción, y desde criterios ya establecidos previamente. De hecho, ese sistema sólo servía para reproducir las condiciones que le mantenían en su posición como pieza del engranaje productivo, sin posibilidad de actuar sobre él como sujeto revolucionario. Es natural que las conferencias fueran un fracaso. En segundo lugar, los objetivos de las empresas se orientaban por la cuenta de resultados y por la productividad, lo que permitió la implantación de la jornada modelo del capital, el trabajo a destajo. Finalmente, todo el entramado económico funcionaba sobre la base del sistema de trabajo asalariado, que, como se sabe desde Marx, es exponente de la existencia de la relación social capitalista. Esta relación implica que los productores no son dueños de sus medios de producción. En la URSS, nunca se superó este sistema de distribución, pero la dirección del partido no se interrogó seriamente sobre el significado y las implicaciones de este hacho. El espejismo de que todo se transformaba en socialismo solo con que fuera tocado por la varita mágica de las leyes del Estado proletario , así lo hacía necesario.
Ibídem , pág. 392.




Capitulo 5
Stalin


En enero de 1924, fallece Lenin. Esta circunstancia coincidió con el fracaso de la última insurrección obrera
 en Occidente (la revolución búlgara de 1923) y con la plena toma de conciencia, por parte de la dirección 
del partido bolchevique, sobre la situación de aislamiento y de cerco capitalista en que quedaba el poder 
proletario en Rusia. En consecuencia, se abrió una etapa de incertidumbre política y de debate general 
sobre el futuro de la revolución, y sobre qué camino tomar, una vez que se había derrumbado uno de los
pilares estratégicos que habían soportado la iniciativa bolchevique de conquistar el poder en 1917 desde 
el punto de vista de su consolidación política. Un sector del partido, encabezado por Trotsky, Zinoviev y 
Kamenev, se mostró vacilante ante la nueva situación, mostró su desconfianza en las posibilidades de la
 Unión Soviética para mantenerse en el camino del socialismo sin la ayuda de la revolución exterior y auguró 
la degeneración contrarrevolucionaria del sistema político soviético. Frente a ellos, se situó el sector, 
encabezado por Stalin y Bujarin, que planteaba la posibilidad real de dar continuidad a la revolución 
 socialista soviética sobre la base de sus propios medios, a condición de que esos medios se organizasen 
adecuadamente en virtud de un plan que partiera de la adecuada configuración política de las fuerzas de clase, 
con el fin de que el proletariado mantuviese la hegemonía política. La base de este plan era -tal 
como Lenin lo había formulado- la alianza del proletariado y el campesinado, principalmente el campesinado 
medio, y la transformación del conjunto de relaciones sociales sobre dos ejes: la industrialización de la 
 economía y la cooperación creciente de la masa de pequeños productores independientes, como primera 
paso hacia formas colectivas de organización de la agricultura. Este plan, formulado principalmente por Stalin, 
fue denominado teoría del socialismo en un solo país .

La teoría del socialismo en un solo país es la teoría de la continuidad de la revolución, es el marco ideológico 
adecuado a las condiciones prácticas, reales, de desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial, que se
 habían presentado de improviso e inesperadamente ante el partido bolchevique. Hasta ese momento,
 este partido se guiaba por la visión que la II Internacional tenía del mecanismo de desarrollo de la 
revolución, al que situaba, desde el primer momento, en un escenario internacional, más allá del marco 
de organización social y política del Estado-nación. Esta visión se basaba en los preceptos establecidos 
por Marx y Engels sobre la cuestión, pero que eran reflejo de las condiciones que el capitalismo ofrecía 
 en su etapa de desarrollo premonopolista. Laortodoxia de la socialdemocracia europea nunca cuestionó 
las premisas que habían conducido a aquellos preceptos, y no advirtió que las nuevas condiciones del 
capitalismo maduro, las condiciones del imperialismo, transformaban aquellas premisas y que, también, 
podían modificar los mecanismos de desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial. La teoría del socialismo 
en un solo país es la respuesta que halló el marxismo para explicar estas nuevas condiciones.

En otro sentido, la tesis estaliniana del socialismo en un solo país es la expresión de la lucha ideológica 
en el seno del bolchevismo por superar las contradicciones que, cada vez más, imponían las tesis revisionistas, 
que iban ganando terreno en su discurso teórico. Esta nueva teoría nace y se desarrolla, en primer lugar, 
como contraposición a la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Ésta, era la forma extrema, en su 
versión izquierdista, de la tesis determinista de las fuerzas productivas, piedra clave de la ideología de 
la socialdemocracia europea. Según la tesis de Trotsky, el nivel de desarrollo económico en Rusia hacía 
 imposible cualquier pretensión de implantar el socialismo sin la ayuda de la revolución proletaria internacional. 
En la práctica, negaba la idea del periodo de transición al socialismo , que fue la forma que encontró el 
bolchevismo para resolver la contradicción entre su vieja concepción economicista del desarrollo social y 
las exigencias prácticas de la instauración de la dictadura del proletariado. Aunque insuficiente desde el 
 punto de vista del marxismo, esa idea otorgaba un margen de maniobra a la actividad consciente del 
proletariado, en la medida que permitía que, desde su acción política, pudiesen ser transformadas las 
formaciones sociales presentes para conducirlas hacia el socialismo . Trotsky niega, incluso, esta posibilidad, 
y entronca aún más con el postulado kautskiano de la necesaria madurez económica de las premisas del socialismo.

Para formular su teoría, Stalin se remonta a los elementos que, desde 1915, Lenin había ido deduciendo 
como consecuencia de una interpretación coherente de su teoría sobre el imperialismo. En primer lugar, 
la idea del desarrollo desigual del capitalismo monopolista y de la ruptura de la cadena imperialista por 
su eslabón más débil. Stalin sitúa que la Revolución Proletaria Mundial sólo puede desenvolverse a través 
de rupturas sucesivas y no necesariamente continuadas de esos eslabones débiles, rupturas que plantean 
la cuestión de la posibilidad y de la necesidad de que el socialismo comience a construirse desde cada uno 
de esos eslabones (países o regiones localizadas). Y a la pregunta de si esto es posible, Stalin responde 
afirmativamente, a condición de que el proletariado sepa organizar su sistema político vinculándose con 
el resto de las masas populares. En el caso de Rusia, la posibilidad de construir el socialismo dependía 
de que el proletariado supiese atraerse a las masas campesinas, al mismo tiempo que neutralizaba las 
tendencias a la recuperación del capitalismo. Esto no era óbice para continuar afirmando que estos 
procesos revolucionarios, aparentemente aislados entre sí, formasen parte de un mismo movimiento 
 internacional, la Revolución Proletaria Mundial. De esta manera, el carácter internacionalista del movimiento 
continuaba siendo considerado el aspecto principal del proceso, a pesar de la forma nacional que éste adoptaba.

En sus primeras formulaciones, la teoría del socialismo en un solo país mantenía el criterio internacionalista 
consustancial a la naturaleza de clase del proletariado. En una de sus muchas caracterizaciones del trotskismo,
 Stalin señala que:

“Una de dos: vemos en nuestro país una base de la revolución proletaria y tenemos, como dice Lenin, 
todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa, y entonces podemos y debemos edificarla, 
con vistas a la victoria completa sobre los elementos capitalistas de nuestra economía nacional; no vemos
 en nuestro país una base de la revolución, no tenemos lo imprescindible para edificar el socialismo, no 
podemos edificar la sociedad socialista, y entonces, si se retrasa la victoria del socialismo en otros países, 
debemos conformarnos con que prevalezcan los elementos capitalistas de nuestra economía nacional, se 
 descomponga el Poder Soviético y degenere el Partido. (...).
Rasgo distintivo de este peligro es la falta de fe en la revolución proletaria internacional; la falta de fe 
en su victoria; el escepticismo respecto al movimiento de liberación nacional de las colonias y de los países 
dependientes; la incomprensión de que, sin el apoyo del movimiento revolucionario de los otros países, 
nuestro país no podría mantenerse contra el imperialismo mundial; la incomprensión de que la victoria del 
socialismo en un solo país no puede ser definitiva, pues no puede estar a salvo de la intervención 
mientras la revolución no haya vencido en varios países, por lo menos; la incomprensión de ese requisito 
elemental del internacionalismo, en virtud del cual la victoria del socialismo en un solo país no es un fin en sí, 
sino un medio para desarrollar y apoyar la revolución en los otros países.
Esa es la vía del nacionalismo y la degeneración, una vía que conduce a la liquidación completa de la política 
 internacionalista del proletariado, pues la gente atacada de esa enfermedad no ve en nuestro país una 
parte del todo que se llama movimiento revolucionario mundial, sino el principio y el fin de ese movimiento, 
 considerando que los intereses de todos los demás países deben ser sacrificados a los intereses de nuestro país” .

Entre 1923 y 1925, Stalin ordena los elementos de su teoría en consonancia con el internacionalismo proletario. 
Pero, para finales de 1925, cuando en el XIV Congreso del partido son derrotadas las posiciones de la 
oposición, y el partido hace suya oficialmente la tesis del socialismo en un solo país, de los elementos 
contradictorios sobre los que se levanta esta teoría -el contenido de la revolución proletaria como movimiento 
 internacional y la forma de desenvolverse a través de revoluciones nacionales-, Stalin ha pasado ya, de poner 
el acento en el primero de ellos, a incidir cada vez más en el segundo. Ya antes de dicho Congreso, había 
 manifestado que:

“Los camaradas, al hablar de las tareas de nuestro Partido en el terreno del movimiento revolucionario 
internacional, se limitan habitualmente a las tres primeras tareas y se olvidan de la cuarta, se olvidan 
de que la lucha en nuestro país, la lucha por la victoria de los elementos socialistas sobre los elementos 
capitalistas en nuestro país, nuestra lucha en la edificación, es también, por su significado, una lucha internacional, 
pues nuestro país es la base de la revolución internacional” .

De ser una base de apoyo de la Revolución Proletaria Mundial, la Unión Soviética, en la perspectiva de Stalin, 
pasa a ser considerada la base de la revolución internacional. Esta tendencia nacionalista se irá haciendo cada 
vez más marcada, y, en el contexto internacional de acoso al que se veía sometido el país, se irán añadiendo 
ingredientes que alejarán cada vez más el espíritu internacionalista originario de la teoría del socialismo en un 
solo país:

“no tengo necesidad de decir que, si atacan a nuestro país, nosotros no permaneceremos con los brazos cruzados, 
que tomaremos todas las medidas para soltar al león revolucionario en todos los países” .

O bien:

“(...) al prohijar a nuestro Estado y considerarlo como algo propio, se compromete [la parte revolucionaria del 
proletariado de Europa] a defenderlo y a luchar por él en caso necesario. (...).
No repararemos en sacrificios, con tal de dar a la clase obrera del Occidente la posibilidad de convencerse de 
que nuestro país es el único Estado obrero del mundo, por el que vale la pena que ellos luchen en el Occidente 
y al que vale la pena defender contra su propio capitalismo” .

La inclusión de consideraciones defensistas en la teoría del socialismo en un solo país irá conduciendo al partido 
bolchevique a contemplar la Revolución Proletaria Mundial desde el estrecho punto de vista de los intereses 
de Estado del país soviético, y cada vez más su desarrollo en función de las circunstancias políticas interna-
cionales de la URSS. La Revolución Proletaria Mundial se considera cada vez menos como un movimiento 
independiente originado por la lucha de clase internacional del proletariado, y cada vez más como un proceso 
 dependiente y subordinado a la conservación de la Unión Soviética como Estado dentro del concierto interna-
cional. En estos términos, la instrumentalización de la clase obrera internacional para los fines de la política 
exterior soviética, reduciéndola a mero apéndice de su diplomacia, es el último paso lógico de la degeneración 
 nacionalista de la teoría del socialismo en un solo país.

“Cada obrero, cada obrero organizado en los sindicatos, debe preocuparse de defender contra la intervención 
a la primera República Soviética del mundo. Si en este asunto los sindicatos de nuestro país son apoyados por 
los sindicatos ingleses, aunque sean reformistas, ¿acaso no está claro que debemos aplaudirlo?” .

La obsesión defensista condicionó la política de alianzas de los partidos de la Komintern, por encima de toda 
contemplación de las condiciones específicas en que debían aplicar su trabajo de masas y, sobre todo, del 
necesario deslindamiento, ante ellas, entre el campo de la revolución y el de la contrarrevolución. Al parecer, 
la mera existencia de la URSS resolvía esta cuestión por sí sola y de una vez por todas. Para 1928, la preocu-
pación por defender al Estado soviético se había convertido en un deber:

“De esto se desprende, por lo menos, que nuestra revolución es parte de la revolución mundial, base e instru-
mento del movimiento revolucionario mundial.
Es indudable también que no sólo la revolución en la URSS tiene y cumple sus deberes respecto a los proletarios
 de todos los países, sino que también los proletarios de todos los países tienen algunos deberes bastante 
serios respecto a la dictadura proletaria en la URSS” .

Como la Unión Soviética no sólo era ya la base de la revolución internacional, sino también su instrumento 
la subversión de los elementos internacionalistas de la teoría del socialismo en un solo país se completa 
finalmente:

“no puede haber nada más chabacano, porque hasta los menchevique rematadamente chabacanos comienzan 
a comprender que la revolución rusa no es un asunto privado de los rusos, que, por el contrario, es la causa de 
la clase obrera del mundo entero, la causa de la revolución proletaria mundial” .

La Revolución Proletaria Mundial ya no es la causa del proletariado, sino que la revolución soviética -o, mejor dicho, 
el Estado soviético- pasa a ser la causa de la Revolución Proletaria Mundial.

La degeneración socialchovinista de la teoría marxista del socialismo en un solo país no halla ni puede hallar sus 
causas en los elementos conceptuales originarios de la propia teoría. Es, precisamente, la influencia que sobre 
ella ejercen esos otros principios revisionistas que el bolchevismo ha ido adaptando desde 1917, con el fin de 
 superar las contradicciones que la situación del poder proletario en Rusia había provocado en su planteamiento 
de partida, lo que conducirá a la teoría de Stalin, de la mano de su autor, por derroteros ajenos a los 
intereses del proletariado. La presión ideológica de esos principios revisionistas obliga a Stalin a adecuar su 
teoría en función de la coherencia interna de la línea política bolchevique, cada vez más dependiente en su 
desarrollo de premisas y conceptos claramente obsoletos. Stalin no fue capaz de superarlos, como había superado, 
en el sentido marxista, las premisas y las consecuencias que se colegían de las viejas tesis socialdemócratas 
sobre la Revolución Proletaria Mundial. Al contrario, a la larga, Stalin fue amoldando su innovadora teoría a las 
necesidades de las categorías no marxistas que articulaban paso a paso la línea política bolchevique. El punto 
de inflexión se sitúa en la primavera de 1925, por la época de la XIV Conferencia del partido.

En el Balance de esta Conferencia, Stalin indica que la URSS está sometida a dos tipos de contradicciones:

“Nuestro país nos muestra dos grupos de contradicciones. Uno de ellos lo forman las contradicciones interiores, 
entre el proletariado y el campesinado. El otro, las contradicciones exteriores, entre nuestro país, como país del 
socialismo, y todos los demás países, como países del capitalismo” .

La exclusión antidialéctica de estos dos “grupos de contradicciones” permitirá a Stalin desarrollarlas 
unilateralmente por separado y, así, plantear tareas sin ninguna vinculación entre los dos “grupos”, 
para llegar a conclusiones, cuando menos, paradójicas. Según él, el tratamiento correcto de las contradicciones 
“interiores”, sobre todo la salvaguarda de la alianza del proletariado con el campesinado, permitirá edificar en 
la URSS “la sociedad socialista completa”; mientras que si se logra conjurar el peligro de intervención extranjera, 
rechazándose por este medio el peligro de restauración capitalista, en la URSS se podrá contar con el “triunfo 
definitivo del socialismo” .

Con el problema de la restauración , Stalin rompe el vínculo entre la lucha de clases nacional e internacional 
del proletariado. Diferir el problema de la restauración como una amenaza exclusivamente de origen externo, 
termina de cerrar la posibilidad de detectar las bases socioeconómicas de ese peligro que genera permanen-
temente la sociedad de transición en su interior. Este planteamiento ponía a la teoría del socialismo en un solo 
país en plena concordancia con todo ese grupo de tesis recientemente incorporadas, según las cuales en el 
sistema soviético no predominaba la forma económica del capitalismo de Estado, porque la propiedad jurídica 
de los medios de producción en manos del Estado de dictadura del proletariado los convertía en elementos 
socialistas; en consecuencia, no existían contradicciones antagónicas en el régimen interno de esta forma 
 económica que pudieran favorecer el ascenso de la burguesía, ni que pudieran incubar el peligro de la 
restauración. Tesis que, por su parte, Stalin compartía plenamente. Cuando, a partir de principios de los 
años 30, con la colectivización en masa, desaparezca el peligro kulak , la tesis del peligro exterior como 
única posibilidad aceptada de restauración quedará definitivamente asentada, y, por esta vía, abiertos 
los cauces para el libre desarrollo de los elementos de la restauración capitalista desde el interior de la 
sociedad soviética.

Por otro lado, aislar el problema de las posibilidades del desarrollo social del país de la lucha de clases 
 internacional, permite a Stalin proyectar el desenvolvimiento de la formación social soviética hasta 
extremos inauditos. Edificar la “sociedad socialista completa” significaba, en la práctica, llevar hasta su 
punto culminante las tesis de que la supresión de la propiedad privada significaba la supresión de las 
clases; de que, entonces, desaparecería la lucha de clases y la necesidad de la dictadura del proletariado 
-relegada, definitivamente, a superestructura política sólo necesaria durante el periodo de transición al socialismo -; 
de que, así las cosas, de lo que se trataba era de implementar al máximo el desarrollo de 
las fuerzas productivas desde la técnica moderna (de ahí la obsesión por la industrialización siguiendo 
el modelo occidental), y, sobre la base de la gran industria socialista , ir liquidando el resto de las formas económicas.

Al final, la teoría del socialismo en un solo país se convierte en el receptáculo donde se recogen y se 
llevan a su extremo último las formulaciones más revisionistas del bolchevismo, organizándose, en un 
discurso internamente coherente que difícilmente podía servir a los intereses del proletariado. Muy al 
contrario, al calor de esta línea política la burguesía irá escalando posiciones hasta la completa 
restauración 
del capitalismo. Una vez en el poder, los Kruschev, Breznev y demás cabecillas de la nueva burguesía 
en el poder no tendrán que esforzarse mucho para dar un sostén teórico a su sistema de dominación: 
únicamente tenían que llevar un poco más allá las tesis articuladas por Stalin. La teoría de la emulación 
 pacífica entre socialismo y capitalismo es hija directa de la línea defensista e instrumentalizadora de la 
lucha internacional de la clase obrera; la teoría del partido de todo el pueblo y del Estado de todo el pueblo 
de la tesis de la supresión de las clases en el socialismo y de la innecesaria dictadura del proletariado. 
Y todo ello, en suma, de una teoría errónea del periodo de transición.

* * *

En este somero repaso de la experiencia del proletariado revolucionario durante el Ciclo de Octubre, 
nos hemos limitado a observarlo en el terreno teórico e ideológico de su evolución. Naturalmente, 
para una exposición completa de esa experiencia y para un análisis ilustrativo que sirva completamente 
a su comprensión y a la asimilación de sus lecciones para preparar las bases del próximo ciclo, 
es preciso abordar el resto de las esferas sociales, en su interrelación, así como la experiencia 
de la revolución en todos los países donde tuvo lugar. Sin embargo, la exposición que aquí hemos 
ofrecido es importante porque demuestra que la cuestión del carácter de las premisas ideológicas 
de las que partió del Ciclo de Octubre se sitúa en primer plano a la hora de tratar sobre las 
circunstancias y factores que abocaron finalmente al fracaso del proletariado en ese primer ciclo y 
a su clausura definitiva. Por supuesto que la explicación teorética es unilateral y puede conducir 
a impresiones alejadas de la realidad acerca del papel desempeñado por ciertos líderes en el 
desarrollo de los acontecimientos. Probablemente, Stalin sea uno de los más perjudicados en este 
sentido. Una investigación multilateral que incorpore los procesos políticos y económicos de cada 
etapa de la lucha de clases explicará mejor y de una manera más científica el porqué de determinadas 
posiciones políticas o formulaciones teóricas, posiblemente no tan alejadas en la práctica de los 
intereses del proletariado. Sin embargo, este repaso general de los problemas de contenido ideológico 
que se suscitaron durante el Ciclo de Octubre sí nos da una orientación de partida sobre el desarrollo 
de los acontecimientos. Y lo que es más importante, nos ilumina en la importancia del factor ideológico en la 
revolución, y en la necesidad de practicar la crítica sistemática y permanente, en coherencia con el 
marxismo, del carácter y de las posibles servidumbres de las premisas teóricas de las que partimos, 
heredadas o elaboradas, a la hora de hacer frente a los quehaceres de la revolución. Si el presente 
trabajo ha servido para extraer aunque sólo sea esta lección de la experiencia del pasado ciclo revolucionario, 
habrá merecido la pena, incluso, equivocarse.
Stalin: Obras . Madrid, 1984. Tomo VII, págs. 171 y 172.
Ibídem , pág. 305.
Ibid ., pág. 102
Ibid ., págs. 293-295
Stalin: Op. cit ., t. VIII, pág. 197.
Stalin : Op. cit ., t. XI, págs. 158 y 159.
Stalin: Op. cit ., t. XIII, pág. 99.
Stalin : Op. cit ., t. VII, pág. 112.
Ibídem , págs. 112 y ss.






Colectivo Fénix
Trotsky y el Leninismo
http://www.nodo50.org/mai/Botones/Botones%20Volver/BotonDocsPos.jpg

Análisis de la actuación ideológica y política de Trotsky durante los primeros años de la Revolución Rusa, en el marco del balance de la experiencia del pasado ciclo revolucionario emprendido por el Colectivo Fénix.


Índice
1.- La Primera Revolución Rusa
2.- ¿Tres tácticas?
3.- El método
4.- Trotsky y los campesinos
5.- Dos concepciones de la política
6.- Trotsky y la Revolución Proletaria
7.- Lenin y la Revolución Permanente
8.- El debate de 1924 en el seno del PC(b)R


      
Descarga el libro entero
http://www.nodo50.org/mai/Imagenes/Word-PDF/LogoPDF.gif [.pdf] | http://www.nodo50.org/mai/Imagenes/Word-PDF/LogoWord.gif [.rtf]
     




Fieles a nuestros principios de difundir la teoría marxista-leninista y de apoyar a grupos que 

contribuyen a su análisis y crítica constructiva, os presentamos este interesante texto 
del Colectivo Fénix.

Capitulo 1
La Primera Revolución Rusa


San Petersburgo, 22 de enero de 1905. Una multitud silenciosa, encabezada por un pope ortodoxo, se acerca al Palacio de Invierno del zar. Pretenden entregarle un pliego de peticiones y reivindicaciones cuya aplicación haga más llevadera su desdichada existencia. No les atiende su padrecito autócrata, sino una línea de fusileros; no reciben promesas, sino balazos. Mueren más de 1.000 personas y unas 5.000 resultan heridas. Es domingo.
El Domingo sangriento fue la chispa que encendió la Primera Revolución rusa. Su prólogo estuvo repleto de episodios miserables protagonizados por campesinos sometidos y arruinados por pagar el rescate de su servidumbre, abolida a la medida de sus señores en 1861, y obreros con salarios de hambre y jornadas de más de 12 horas diarias –pero que empezaban ya a aprender a manejar el arma de la huelga. A esto se unió la desastrosa guerra con Japón, iniciada en agosto de 1904, que todavía endureció más las condiciones de vida del pueblo ruso, y el deseo, por parte de algunos sectores de la burguesía, de una reforma del régimen autocrático y semifeudal en la dirección de una mayor apertura hacia el desarrollo capitalista.
La revolución iniciada en 1905 fue un movimiento ascendente que comenzó con huelgas económicas crecientes que se fueron transformando o entrelazando con huelgas políticas, que fueron elevando su magnitud hasta alcanzar la huelga general política –con la que aparecieron los Soviets–, en el mes de octubre, y que culminó con la fracasada insurrección armada en Moscú, en diciembre. A esto se sumaron las revueltas campesinas, que se iniciaron a partir del otoño y que continuaron creciendo a lo largo de 1906, cuando la revolución en las ciudades iba ya remitiendo. Desde el verano de este año, con el movimiento en franco repliegue, las fuerzas revolucionarias fueron encauzando su actividad a través de la Duma de Estado que Nicolás II se había visto obligado a convocar entre el canto de sirenas de las promesas constitucionales. Hasta que, en junio de 1907, el Primer Ministro, Stolipin, disolvió la II Duma , cerrando, así, en falso, el ciclo revolucionario.
La revolución de 1905-1907 movilizó a millones de obreros y campesinos y se caracterizó por que fue la clase obrera quien jugó el papel preponderante y hegemónico. El proletariado ruso actuó como vanguardia de un proceso en el que las reivindicaciones pasaron en seguida a adoptar contenidos políticos democráticos. Por el contrario, la burguesía ejerció un rol secundario, fue a remolque de los acontecimientos y, más bien, buscó la conciliación con la autocracia a través del seudoparlamento en forma de Duma de Estado. De hecho, la revolución sirvió para la consagración política de la burguesía liberal, que sólo en 1905 pudo constituir un partido al estilo de los de la burguesía occidental (el Partido Demócrata Constitucionalista, coloquialmente conocido como kadete ).
El posicionamiento de los partidos y de las clases en la Rusia revolucionaria siguió, en líneas generales, el guión fundamental que ya escribieran los marxistas en el Congreso de fundación de su partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), en 1898[1], y el análisis realizado en 1906 por el dirigente socialista alemán K. Kautsky en relación con el carácter social de la próxima revolución rusa, en general, y con el papel que en ella jugaría la burguesía liberal, en particular[2].
Desde estos presupuestos teóricos, y desde su confirmación por la experiencia práctica de la revolución, la socialdemocracia rusa pudo concretar sus diferentes concepciones tácticas. Ciertamente, una cosa eran las tareas de la revolución, y otra muy distinta sus fuerzas motrices y qué clase social debía dirigirla. Esta cuestión ahondaría aún más las diferencias políticas de las dos corrientes principales del socialismo ruso –el bolchevismo y el menchevismo– que ya se habían separado en el II Congreso del partido, celebrado en 1903.
Para los mencheviques, la naturaleza democrático-burguesa de las tareas de la revolución rusa indicaban la necesidad de que fuera la burguesía quien se pusiera a la cabeza del proceso, a la vez que el proletariado se reservaba las funciones de oposición extrema, aguardando su turno para ejercer el papel revolucionario que le ha encomendado la historia, mientras el capitalismo va creando las condiciones para la implementación de su lucha de clase en pos del socialismo. Para los bolcheviques, en cambio, de la naturaleza social de la revolución no se debía deducir necesariamente la naturaleza social de su sujeto dirigente. Para Lenin y sus seguidores, la burguesía se encontraba incapacitada para conducir de manera consecuente y hasta el final la revolución burguesa en Rusia: el temor de la débil burguesía a verse sobrepasada por el proletariado y las masas populares en el proceso, la retraían de su teórico papel dirigente. Como decía el jefe de los bolcheviques:
“[Cuando el proletariado ha empezado a] tener conciencia de constituir una clase aparte y a unirse en una organización de clase, independiente, [cuando el proletariado, en tales condiciones], utiliza cada paso de la libertad para reforzar su organización de clase contra la burguesía. De ahí deriva inevitablemente la aspiración de la burguesía a suavizar las aristas de la revolución, a no permitir que sea llevada a su fin, a no dar al proletariado la posibilidad de realizar su lucha de clase con toda libertad (…). Por eso, en el mejor de los casos, en las épocas de mayor ascenso de la revolución, la burguesía constituye (…) un elemento que vacila entre la revolución y la reacción. De manera que la burguesía no puede ser el dirigente de nuestra revolución.”[3]
Además, la revolución rusa presentaba una peculiaridad especial:
“(…) la agudeza del problema agrario, mucho más exacerbado en Rusia de lo que fuera en cualquier otro país en condiciones similares. La llamada reforma campesina de 1861 se llevó a cabo de modo tan inconsecuente y antidemocrático que las bases fundamentales de la dominación de los terratenientes bajo el régimen de servidumbre no fueron conmovidas. Por eso, el problema agrario, o sea, la lucha de los campesinos contra los terratenientes por la tierra, resultó ser una de las piedras de toque de la actual revolución. Esta lucha por la tierra forzosamente impulsa a enormes masas campesinas a la revolución democrática, pues sólo la democracia puede darles la tierra, al darles predominio en el Estado. La condición para la victoria del campesinado es el aniquilamiento total de la propiedad de los terratenientes.
De esta correlación de fuerzas sociales surge la inevitable conclusión de que la burguesía no puede ser el motor principal ni el dirigente de la revolución. Sólo el proletariado está en condiciones de llevarla hasta el fin, es decir, hasta la victoria completa. Pero esta victoria puede lograrse únicamente a condición de que el proletariado consiga llevar tras de sí a gran parte del campesinado. La victoria de la actual revolución es posible en Rusia sólo como dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.”[4]
Siguiendo estos lineamientos tácticos, la percepción de las clases y de los partidos desde el punto de vista de la línea divisoria entre la revolución y la contrarrevolución variaba grandemente para cada una de las corrientes del socialismo ruso. Para los mencheviques, partidarios de una revolución burguesa clásica , el principal cometido del partido proletario consistía en apoyar al partido kadete , mientras establecían la línea que separaba la revolución de la contrarrevolución entre éste y los octubristas[5]. Por el contrario, para los bolcheviques, el papel dirigente del proletariado y las tareas de la revolución exigían que la socialdemocracia se atrajese a la pequeña burguesía democrática. La línea divisoria, entonces, habría que situarla entre la democracia revolucionaria y los kadetes . Cuando el desarrollo de la revolución, que implicaba una polarización constante de las fuerzas políticas, llevó al liberalismo constitucionalista a formar Gobierno, integrando el denominado gabinete responsable , al precio de su renuncia a cuestionar la propiedad terrateniente y al de su alejamiento de la consigna de Asamblea Constituyente –para ir reconociendo, poco a poco, la legitimidad de la Duma del zar–, el menchevismo se vio arrastrado hacia el campo contrarrevolucionario bajo la consigna de “gobierno apoyado en la Duma ”, y, una vez que ésta fue disuelta, con la idea de que fuese la Duma , y no un Gobierno Provisional Revolucionario –como defendían los bolcheviques–, quien convocase la Asamblea Constituyente ; todo lo cual significaba renunciar a la revolución democrática a cambio de un compromiso reformista con la autocracia. Por su parte, mientras los mencheviques se alejaban de la vía revolucionaria y del marxismo, los bolcheviques vieron cubiertas sus expectativas en el deslindamiento político entre las clases provocado por la marcha de los sucesos revolucionarios, cuando en la I Duma zarista se fue configurando el denominado “Grupo del Trabajo” –los llamados trudoviques –, como expresión de la democracia campesina revolucionaria y de la separación de ésta de la burguesía liberal. A partir de aquí, se abría la posibilidad práctica de realizar en el plano político la alianza de las clases revolucionarias que el plan bolchevique había puesto en la base de la revolución rusa. El golpe de Estado de Stolipin terminó con esta esperanza; pero, para 1907, los bolcheviques habían visto confirmada su línea táctica con el respaldo de los acontecimientos más importantes de la revolución, tanto en su fase ascendente, hasta la insurrección de diciembre, como en su fase de repliegue. La experiencia de 1905-07 no sólo había ratificado la posibilidad de que el proletariado se pudiera poner a la cabeza de la revolución democrático-burguesa en Rusia, sino también permitió corroborar la naturaleza de clase del futuro poder revolucionario según la fórmula bolchevique que Lenin hizo famosa en su libro dedicado a debatir estas cuestiones, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática :
“ El proletariado debe llevar a su término la revolución democrática, atrayéndose las masas campesinas, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose la masa de elementos semiproletarios de la población, para romper por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía .”[6]
NOTAS
[1]En el Manifiesto de Minsk , en plena época de colaboración entre marxistas legales y marxistas revolucionarios, el propio P. Struve leyó ante el Congreso de fundación del POSDR el reconocimiento explícito, por parte de una de las corrientes del pensamiento liberal ruso, de la incapacidad de la burguesía para encabezar y consumar la revolución burguesa ( Cfr ., CARR, E. H.: La Revolución Bolchevique (1917-1923). Ed. Alianza. Madrid, 1972; tomo 1, pp. 25 y 29). Trotsky también compartía la común perspectiva revolucionaria del marxismo ruso en estos momentos incipientes: “Rusia avanzaba hacia la revolución burguesa. En las filas de la socialdemocracia (…) nadie dudaba que la revolución que se acercaba era precisamente burguesa ” (TROTSKY, L.: La revolución permanente . Ed. Fontamara. Barcelona, 1979; p. 46).
[2]Cfr ., LENIN, V. I.: Obras completas [en adelante, O.C .]. Moscú, 1983. 5ª edición; tomo 14, pp.183-193.
[3]LENIN: O.C ., t. 15, pp. 350 y 351.
[4]Ibídem.
[5]Así se denominaba coloquialmente a los seguidores de la Unión del 17 de octubre, el partido de los terratenientes y los industriales, ala derecha de los kadetes , que, tras el segundo manifiesto del zar, emitido en octubre de 1905 y en el que prometía “libertades civiles” y una “Duma legislativa”, había considerado suficientes esas concesiones de la autocracia y se había escindido de la vía liberal-constitucionalista representada por sus colegas demoliberales.
[6]LENIN: O.C ., t. 11, p. 95.


Capitulo 2
¿Tres Tácticas?


Bolcheviques y mencheviques representaban las dos principales líneas políticas que se enfrentaron dentro de la socialdemocracia rusa en la época de la Primera Revolución ; pero pronto se unió a la pugna León Trotsky, que abanderaba, prácticamente en solitario, una singular interpretación de los recientes acontecimientos revolucionarios y su consiguiente desarrollo táctico.
Trotsky había participado en el Congreso de 1903, decantándose por los mencheviques, aunque desde finales de 1904 se separó de ellos y se declaró “por encima y fuera de las fracciones”. A pesar de que en las cuestiones políticas fundamentales se situaba más cerca de los mencheviques, Trotsky trató de cultivar una imagen de independencia organizativa y de erigirse en el centro aglutinador o, al menos, en el símbolo de la unidad del POSDR. Pero lo que más ensalzó la figura individual e “independiente de las fracciones” de Trotsky fue la propia revolución rusa. En un proceso en el que ninguna de las fracciones socialdemócratas, ni el partido en su conjunto, consiguió ponerse a la cabeza o siquiera inspirar el movimiento de masas, Trotsky, desde su posición de dirigente práctico del Soviet de San Petersburgo, se erigió en la figura carismática y en uno de los referentes visibles de la socialdemocracia, lo cual le permitió disfrutar de un peso dentro del partido impensable en circunstancias normales –circunstancias que le impedirían en todo momento consolidar y encabezar una corriente con algún peso dentro del POSDR. Fueron los acontecimientos de 1905 los que impactaron en Trotsky hasta el punto de hacerle girar 180 grados en su perspectiva sobre el carácter de la revolución rusa. Si en 1903, en los debates internos del partido, fiel al punto de vista generalizado y a la común tradición de los marxistas rusos, se había mostrado incrédulo y contrario a la posible implantación de la dictadura del proletariado en la Rusia autocrática, su inmediata y personal experiencia revolucionaria le incitaron a pasar súbitamente a la posición contraria:
“Fue precisamente en el intervalo comprendido entre el 9 de enero [22 de enero, según el moderno calendario] y la huelga de octubre de 1905 cuando el autor formó sus concepciones sobre el carácter del desarrollo revolucionario de Rusia, conocidas bajo el nombre de teoría de la revolución permanente. Esta denominación, un poco capciosa, expresaba la idea de que la revolución rusa, si bien tenía planteados objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría cumplir sus objetivos inmediatos burgueses más que llevando al proletariado al Poder .”[7]
El proceso intelectual que preparó tan repentino giro político no fue, sin embargo, tan brusco. Efectivamente, durante 1904 Trotsky había entablado una estrecha relación con G. Parvus, socialista ruso-alemán que se había ganado un nombre en el SPD denunciando el revisionismo de Bernstein. Parvus fue quien, realmente, estableció los presupuestos teóricos de la futura tesis sobre la Revolución Permanente :
“Como es sabido, el radicalismo político en Europa Occidental se apoyaba principalmente en la pequeña burguesía, formada por los artesanos y, más en general, por toda esa parte de la burguesía golpeada por el desarrollo de la industria y rechazada de la clase de los capitalistas (…). Es cierto que con el advenimiento del régimen parlamentario, su potencia hacía tiempo que se había agotado, pero la existencia de numerosas ciudades en las cuales predominaba el tercer estado tuvo una indiscutible importancia política. A medida que estas fuerzas sociales se disolvían en las contradicciones capitalistas, a los partidos democráticos se les planteaba el problema siguiente: unirse a los obreros y convertirse en socialistas, o unirse con la burguesía capitalista y transformarse en reaccionarios. En Rusia, en el período precapitalista, las ciudades se desarrollaban más bien a la manera china que al modo europeo. Eran centros administrativos sin ninguna importancia política y, desde el punto de vista económico, mercados para los campesinos y los propietarios latifundistas del entorno. Su desarrollo era todavía insignificante cuando el capitalismo lo detuvo, y comenzó a fundar grandes ciudades, es decir ciudades industriales y centros de comercio mundial. Por estas causas Rusia tiene una burguesía capitalista, pero no tiene esa burguesía media de la cual ha salido y sobre la cual se ha mantenido la democracia política de Europa occidental . Los estratos medios de la burguesía capitalista contemporánea en Rusia, así como en todo el resto de Europa, comprenden las profesiones liberales (médicos, abogados, literatos, etc.), los estratos sociales ajenos al proceso productivo y el personal técnico de la industria y del comercio capitalista como asimismo ciertas ramas de actividad conectadas con éstos, como las sociedades de seguros, los bancos, etc. Estos elementos no pueden tener un programa propio de su clase; dado que sus simpatías y antipatías oscilan incesantemente entre el proletariado revolucionario y el conservadurismo capitalista. En Rusia hay que agregar los resabios de las clases del período anterior a la abolición de la servidumbre de la gleba, resabios que el capitalismo aún no ha tenido tiempo de absorber.
Es sobre tal población urbana, que no ha pasado por la escuela del medioevo europeo occidental, sin conexiones económicas, sin tradiciones del pasado y sin ideales de futuro, que debe fundarse el radicalismo político en Rusia. No tiene nada de extraño que éste se busque también otras bases.”[8]
Bases que no son otras que las que le presta la clase obrera.
Este tipo de consideraciones históricas como punto de partida, unido al admirable papel jugado por el proletariado en 1905 del que fue testigo la impresionable pupila de Trotsky, que adivinó la inconmensurable capacidad creativa de las masas obreras, le condujeron a la elaboración de una audaz teoría sobre la mecánica del proceso revolucionario que habría de tener lugar en Rusia. Exponemos seguidamente su teoría de la Revolución Permanente según una de sus formulaciones clásicas:
“Esta denominación un poco abstrusa, expresa la idea que la revolución rusa, si bien tenía planteados algunos objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría resolver los problemas de tipo burgués más importantes que tenía planteados más que llevando al proletariado al poder. Y cuando este último se hubiera adueñado del poder no habría podido limitarse al aspecto burgués de la revolución. Al contrario, y precisamente para asegurarse la victoria definitiva, la vanguardia proletaria, hubiera debido, desde los primeros días de su poder, penetrar profundamente en los dominios prohibidos de la propiedad, tanto burguesa como terrateniente. En tales condiciones la vanguardia debía chocar contra demostraciones hostiles de parte de los grupos burgueses que la habían sostenido al comienzo de su lucha revolucionaria, y aún también de parte de la masa campesina cuyo apoyo la proyectó hacia el poder. En un país en el cual la enorme mayoría de la población estaba compuesta de campesinos, los intereses contrapuestos que dominaban la situación de un gobierno obrero sólo podían conducir a una solución en el plano internacional, en la arena de una revolución proletaria mundial. Cuando, en virtud de la necesidad histórica, la revolución rusa hubiera franqueado los estrechos límites de la democracia burguesa, el proletariado triunfante iba a estar constreñido a franquear asimismo los límites de la nacionalidad, es decir hubiera debido dirigir conscientemente sus esfuerzos de manera tal que la revolución rusa se transformase en el prólogo de la revolución mundial.”[9]
Como síntesis de la experiencia de la Primera Revolución , el modelo táctico propuesto por Trotsky fue relegado a un lugar marginal en el cosmos del pensamiento revolucionario ruso, incluso más allá de la Revolución de Octubre. Aunque como tal teoría fue perfilada en todos sus contornos fundamentales en una fecha tan temprana como 1906 (principalmente con el trabajo de Trotsky titulado Resultados y perspectivas ), nunca se convirtió en centro de ninguna de las numerosas disputas que entre 1906 y 1917 enfrentaron a las dos corrientes principales del marxismo ruso[10]. Ni siquiera en el Congreso de Estocolmo, celebrado en la primavera de 1906 con el fin de reunificar la línea política de la socialdemocracia de cara a un posible repunte del ánimo revolucionario de las masas, donde se discutieron y se pusieron sobre el tapete las principales cuestiones tácticas de la revolución rusa, tuvo la teoría de la Revolución Permanente la menor mención de importancia. Tanto Trotsky, que asistió, como sus ideas al respecto pasaron desapercibidas en Estocolmo. El hecho de que las proposiciones de Trotsky, que respondían de manera original a los problemas candentes de la revolución rusa, apenas fueran tenidas en cuenta en su momento, es decir, en la larga etapa de pugna por el poder por parte de la clase obrera, cuando todo lo relacionado con las cuestiones tácticas cobra la mayor importancia, resulta si no curioso, sí elocuente. Más aún. La Revolución Permanente , como concepción inspiradora de la línea general de la política proletaria, tampoco jugó de manera patente ningún papel, ni para el partido y el Estado soviéticos, ni para la Internacional Comunista , entre 1917 y 1923, durante la primera etapa del poder proletario.
Una de las características de la peripecia de la teoría política de Trotsky es que, siendo formulada en una fase preliminar de la revolución rusa, no pasó a ocupar el centro del escenario de la lucha que decidía el papel de la vanguardia en esa revolución hasta una etapa muy tardía de la misma, cuando ya estaba relativamente consolidada, y sólo por un brevísimo espacio de tiempo. Además, y de manera paradójica, una teoría que había sido concebida en un momento de fervoroso ascenso revolucionario y que, por ello, encerraba un ardoroso espíritu de ofensiva, ideal para inspirar al proletariado en sus grandes embates históricos, sale a la palestra cuando la revolución vive un periodo de repliegue y de asentamiento, no de expansión. Esto explicará, en parte, su derrota política. Pero lo más significativo es esa incapacidad para situarse en el centro de la pugna entre las ideas, para aportar alguna orientación adecuada que pudiera servir de guía al partido como dirigente revolucionario, para incitar una posición ideológica o política decisiva en la lucha de dos líneas que se desenvolvía en el seno del POSDR. En ningún momento, ni antes de 1917, ni después –hasta la muerte de Lenin–, la socialdemocracia rusa, en general, ni el bolchevismo como corriente política dentro de ella, en particular, deciden y definen su política en función o en consideración a la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Esto, ya de principio, puede ilustrarnos sobre el verdadero valor de esa teoría desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Rusia, y puede ayudarnos a delimitar su real importancia, restringida al debate contra una desviación izquierdista surgida en el partido bolchevique en un momento dado del desenvolvimiento de sus tareas de dirección revolucionaria. Desde luego, en el balance de la aportación del trotskismo a la revolución soviética, el autor sale mejor parado que sus ideas.
En relación con la influencia de su teoría en el devenir de la revolución rusa, Trotsky argumentará que, para el período entre 1917 y 1923, sus posiciones y las de Lenin eran idénticas, por lo que resultaría ocioso intentar sorprenderle defendiendo en esa época una línea política diferente de la de aquél. Esto no es del todo cierto, como veremos. Lo que sí es cierto, en cualquier caso, es que gran parte de su obra del exilio está dedicada a convencer al mundo de que en el periodo previo a Octubre (1905-1917) sus posiciones políticas y las de Lenin no eran antagónicas, a pesar de lo encendido de algunos debates, y que estaban destinadas a converger tras una natural evolución –sobre todo por parte de Lenin– influida y guiada por los acontecimientos políticos de Rusia[11]. Veámoslo también.
NOTAS
[7] TROTSKY: Op. Cit ., p. 164. Sin embargo, otra lectura de la actitud de Trotsky ante la cuestión de las posibilidades de un poder obrero en la Rusia semifeudal nos inducen a pensar que su cambio de opinión entre 1903 y 1905 no conllevó una modificación paralela de sus premisas ideológicas básicas. Efectivamente, en el Congreso de Bruselas, Trotsky rechaza la dictadura del proletariado por imposible en Rusia hasta que la clase obrera represente la mayoría de la población. La valoración esencialmente cuantitativa que utiliza Trotsky para sopesar las posibilidades políticas del proletariado no es abandonada en 1905 y continúa formando parte de los fundamentos teóricos de la Revolución Permanente.
[8] Cfr ., PROCACCI, G. (Selec.): El gran debate (1924-1926), I. La revolución permanente . Ed. Siglo XXI. Madrid, 1976; pp. 160 y 161. Para una valoración de primera mano de la influencia de Parvus sobre Trotsky, cfr ., TROSKY, L.: La revolución de octubre . Ed. Fontamara. Barcelona, 1977; pp. 235-237. Para una apreciación de la contribución real de Parvus en la elaboración de la teoría de la Revolución Permanente , cfr ., TROSKY: La revolución permanente , pp. 109-111, donde Trotsky señala que Parvus no llevó hasta sus últimas consecuencias su análisis de las particulares circunstancias socioeconómicas de Rusia, limitándose a encomendar al proletariado que constituyese un gobierno obrero para cubrir los objetivos de la democracia, pero sin llegar a plantear los problemas de la revolución socialista.
[9] Cfr ., PROCACCI: Op. cit ., pp. 181 y 182.
[10] El propio Trotsky reconoce años después, camino ya del exilio, polemizando retrospectivamente sobre la validez de su teoría, que Lenin apenas si la conoció de primera mano durante el periodo de 1905 a 1919. Con ello, Trotsky trata de justificarse y de insinuar que el jefe bolchevique no hubiera criticado sus planteamientos, ni siquiera en los pocos momentos que les dedicó su atención, si los hubiera conocido directamente desde los textos escritos por el autor o si sus informadores no hubieran sido tan malintencionados. Fuera aparte las suspicacias o cualquier otro tipo de consideración subjetiva, lo que sí es cierto es que ese hecho sólo puede demostrar el escaso interés de Lenin por las posiciones de Trotsky –aunque sólo fuera a título informativo– debido a su escaso peso entre los miembros del POSDR ( Cfr ., TROTSKY: La revolución permanente , p. 85).
[11] “Para reconocer en 1919 que mi previsión era acertada, Lenin no tenía necesidad alguna de oponer mi posición a la suya. Le bastaba tomar ambas posiciones en su desenvolvimiento histórico.” ( Ibídem , p. 86, nota). “Lo más que se puede decir hoy, después de la comprobación histórica, acerca de las antiguas divergencias en torno a la dictadura, es esto: mientras que Lenin, partiendo invariablemente del papel directivo del proletariado, subraya y desarrolla la necesidad de la colaboración revolucionario-democrática de los obreros y campesinos, enseñándonos a todos nosotros en este sentido, yo, partiendo invariablemente de esta colaboración, subrayo constantemente la necesidad de la dirección proletaria no sólo en el bloque, sino en el Gobierno llamado a ponerse al frente de dicho bloque. No se puede hallar otra diferencia.” ( Ibíd ., p. 124).


Capitulo 3
El Método


Hasta 1905, el marxismo revolucionario había deslindado suficientemente los campos ideológico y político con el populismo, el marxismo legal y el economicismo, corrientes del pensamiento político ruso que tenían en común la negación del papel dirigente del proletariado en la revolución. Para postergar igualmente al menchevismo, que también pecaba de lo mismo, sería necesario más tiempo. Esta lucha, llevada a cabo por los bolcheviques y dirigida por Lenin, duraría 12 años más, en los que ambas fracciones protagonizarían todos los debates políticos importantes desde el punto de vista de los intereses de la revolución. Ya hemos expuesto los elementos fundamentales de sus distintas visiones políticas; también hemos transcrito los de la de Trotsky. Esos elementos nos indican las fuerzas motrices sociales sobre las que se sostiene cada una de esas líneas tácticas: la burguesía, con el apoyo del proletariado, para los mencheviques; el proletariado y el campesinado en estrecha alianza, para los bolcheviques, y el proletariado internacional para Trotsky. Éste último también hablaba del necesario apoyo del campesinado al proletariado ruso cuando esta clase iniciase la revolución desde su país; pero la palabra apoyo referida al campesinado, tiene para Trotsky el mismo sentido subsidiario que para los mencheviques encerraba el apoyo del proletariado al gobierno burgués. Ambas fuerzas son secundarias para esas dos corrientes de la socialdemocracia; la construcción revolucionaria no depende de ellas en lo fundamental; como mucho, juegan algún papel en el primer empuje del proceso: inmediatamente después, pasan a la defensa de sus intereses de clase inmediatos (en su sentido económico más puro). No existe, por tanto, como para Lenin –dada la etapa histórica que atravesaba Rusia–, una comunidad de intereses mínimos entre las clases sobre el que fundar y estabilizar el nuevo poder revolucionario, un programa mínimo de construcción revolucionaria. Lenin, en cambio, insistía en que ese programa era, precisamente, el programa mínimo del POSDR, el programa de la república democrática. No en vano había luchado denodadamente cuando se discutía el primer programa del partido (1903), incluso contra Plejánov, por la introducción, en la parte democrática del mismo ( programa mínimo ), del programa agrario como instrumento para la futura construcción de la alianza del proletariado con las grandes masas del campesinado[12]. La concepción estratégica de la revolución rusa se fue forjando en Lenin desde muy temprano; el año 1905 abría la posibilidad práctica de coronar el diseño arquitectónico de la táctica bolchevique con la instalación en el poder de aquella alianza, dando forma de gobierno provisional revolucionario y de república democrática a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado .
¿Cuál es la posición objetiva que ocupa Trotsky en la lucha de dos líneas que enfrenta a la vanguardia del proletariado ruso en la época de la Primera Revolución ? La clave para responder a esto está en la metodología con la que cada una de las corrientes vincula el proceso revolucionario con el papel que en él puede jugar la clase obrera. El problema de la actitud hacia el poder nos permitirá mostrar las diferentes limitaciones que cada una de ellas le impondrá y las consecuencias que de ello se derivará.
“Martínov [dice] que si prosperaba la labor organizadora de la revolución y si nuestro Partido dirigía la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en el gobierno provisional revolucionario. Y tal participación es una inadmisible ‘usurpación del poder' (…).
Detengámonos en los razonamientos de quienes comparten dicha opinión. Al entrar en el gobierno provisional, nos dicen, la socialdemocracia tendrá el poder en sus manos; pero como partido del proletariado, no puede tener el poder sin intentar cumplir muestro programa máximo, es decir, sin intentar hacer la revolución socialista. Y en los momentos actuales sufrirá inevitablemente una derrota en esa empresa y no hará más que cubrirse de oprobio, hacer el juego a la reacción. Por eso, según ellos, la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional revolucionario es inadmisible.
Este razonamiento se basa en la confusión de la revolución democrática con la revolución socialista, de la lucha por la república (incluido en ello todo nuestro programa mínimo) con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia no haría más que cubrirse de oprobio si intentara plantearse la revolución socialista como objetivo inmediato. Precisamente contra semejantes ideas confusas y oscuras de nuestros “socialistas revolucionarios” ha luchado siempre la socialdemocracia. Precisamente por eso ha hecho siempre hincapié en que la futura revolución en Rusia presentará carácter burgués y exigido con energía que el programa mínimo democrático vaya separado del programa máximo socialista. Esto pueden olvidarlo durante la revolución algunos socialdemócratas propensos a dejarse llevar por la espontaneidad, pero no el Partido en su conjunto. Los adeptos de esta errónea opinión se dejan arrastrar por la espontaneidad, creyendo que la marcha de las cosas obligará en esa situación a la socialdemocracia a emprender contra su voluntad la revolución socialista.”[13]
En esta cita, dirigida contra los mencheviques, Lenin describe el error básico que puede provocar todo tipo de desviaciones de la política correcta, tanto por la derecha, con el conservadurismo menchevique que hace el juego a la reacción, como por la izquierda, con el aventurerismo promovido por “ideas confusas y oscuras”. En este sentido, Lenin señala a los socialistas revolucionarios (los eseristas ), los herederos del viejo populismo ruso que quería construir el comunismo en Rusia directamente desde la comuna rural ( obschina ), saltándose la etapa capitalista; sin embargo, no cabe duda de que la teoría de Trotsky también entra en este grupo que ve en el proletariado en el poder “la obligación” de “hacer la revolución socialista”.[14]
El error que critica Lenin es el del espontaneísmo, más complejo y sofisticado en el menchevismo, más burdo y elemental en Trotsky; aunque finalmente ambos se dan la mano. Para los mencheviques, la historia es una sucesión de fases socioeconómicas, cada una de las cuales cumple su función en el desarrollo de las fuerzas productivas. Entienden la idea expuesta por Marx de que ningún modo de producción puede ser superado hasta que no agote en su seno la capacidad de impulsar las fuerzas productivas de una manera tan dogmática que niegan cualquier posibilidad de que en Rusia no domine por todo un periodo histórico el capital y la burguesía industrial; niegan cualquier crédito a toda idea que pueda variar en algo la sucesión clásica entre feudalismo-autocracia y capitalismo-burguesía en Rusia. Esta visión dogmática y mecanicista del materialismo histórico es una forma de economicismo (determinismo) y también una forma –sofisticada, eso sí– de espontaneísmo, según la cual, el proceso histórico sigue una mecánica predeterminada e inconsciente. Pero el espontaneísmo filosófico se torna vulgar cuando se traduce en política: si el proletariado tomara la iniciativa política, “se vería en la obligación de hacer la revolución socialista”; y si esa iniciativa se diera en una fase de la historia en que el protagonismo corresponde a la burguesía, entonces, “no hará más que cubrirse de oprobio”. Es aquí donde Trotsky enlaza con el menchevismo, en la metodología de la mecánica política. Él no es un filósofo dogmático al modo de Martínov; en filosofía, Trotsky ocupa el banco opuesto: no es un determinista, al contrario, es un voluntarista:
“(…) el día y la hora en que el Poder pase a las manos de la clase obrera, depende directamente no del nivel de las fuerzas productivas, sino de los factores de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de circunstancias objetivas: tradiciones, iniciativas, espíritu combativo…”[15]
Y el poder en manos de la clase obrera le “obligará” a cruzar el umbral de la revolución socialista. Una especie de lógica de las cosas , de impersonal mecánica política, empuja –tanto desde el prisma menchevique, como desde el de Trotsky– al proletariado en una especie de frenética carrera hacia un destino imponente e ineludible. El espontaneísmo consiste, aquí, en identificar el papel histórico-revolucionario de la clase con su papel político en un determinado momento. El salto “espontáneo” es notable.[16] Aunque Trotsky, a diferencia de Martínov y sus amigos, sí acepte el reto del poder para el proletariado, aparentando, con ello, optar por una línea diferente a la menchevique, más cercana a la de Lenin, en realidad, se encuentra atrapado en el mismo microcosmos metodológico que aquéllos. Una especie de fetichismo fatalista permite el dominio del político por la política, del partido y de la clase obrera por el proceso histórico. No hay margen para la creatividad revolucionaria, para la maniobra táctica consciente, para la búsqueda de caminos nuevos. No hay autonomía para el sujeto histórico: terminará siendo engullido por la historia. El método menchevique sustituye la política por la filosofía vulgar, Trotsky también. Ambos expresan dos formas de marxismo vulgar. Finalmente, el menchevismo implica el desarme político del proletariado, porque prefiere la pasividad al temor que le produciría el loco frenesí en el que lo envolvería la lógica de su método si pretendiese acceder al poder. El trotskismo, en cambio, acepta el reto, pero su carrera hacia el socialismo pronto le separará de su base socioeconómica original. La búsqueda de una nueva base de apoyo que permita continuar la carrera le “obligará” a reclamar la revolución proletaria internacional. Si ésta no llega, perderá pie y la caída en el vacío será inevitable. Como esta metáfora fue, efectivamente, la vida política de Trotsky y de su teoría de la Revolución Permanente. Por fortuna, no arrastraron consigo, en su caída, al proletariado de Rusia.
Metodológicamente, por tanto, por su concepción del proceso revolucionario y de la relación de las clases con sus intereses políticos, Trotsky representa una variante del menchevismo. En este sentido, su posición política en el periodo que rodea a la Primera Revolución está más cerca de la línea oportunista del POSDR que de la línea revolucionaria.
[17]Los elementos programáticos introducidos, ante la insistencia de Lenin, por la socialdemocracia rusa en su II Congreso eran del todo insuficientes: sólo hacían referencia a la demanda campesina de los recortes de tierras (porciones robadas por la nobleza con la reforma de 1861). Sólo con la revolución, el ala bolchevique introdujo el principio de confiscación de la propiedad terrateniente, aunque en el IV Congreso de Estocolmo el impacto revolucionario del programa agrario del partido obrero ruso fue rebajado con la aprobación por la mayoría menchevique del principio de municipalización de la tierra. El error fue subsanado en 1917, cuando el Gobierno bolchevique promulgó el programa agrario eserista (el partido campesino) en forma de ukase , programa que, a la sazón, era lo más parecido a los planteamientos que sobre el problema había defendido Lenin en Estocolmo (la nacionalización). Como se ve, la cuestión campesina fue un permanente caballo de batalla en el partido obrero ruso, debido, sobre todo, a la persistencia de Lenin por que la mayoría del pueblo ruso no se quedara fuera de la revolución.
NOTAS
[12] LENIN: O.C ., t. 10, pp. 25 y 26.
[13] Recordémoslo: “Y cuando este último [el proletariado] se hubiera adueñado del poder no habría podido limitarse al aspecto burgués de la revolución” ( Cfr ., supra , nota 9). ¿Por qué no? Trotsky no lo dice.
[14] TROTSKY: La revolución permanente , p. 102. Estaríamos plenamente de acuerdo con la idea que el autor defiende en este pasaje y no lo hubiéramos traído aquí como ejemplo de subjetivismo voluntarista, si hubiese introducido alguna frase que mostrase que, para él, el hecho de que una clase se aúpe en el poder prematuramente no significa que se desentienda del cumplimiento de las tareas que la historia deja pendientes. Como no lo dice, y tratándose del promotor del salto de la revolución por encima de la etapa burguesa y de las fronteras nacionales sin mirar atrás, preferimos aconsejar cautela al lector cuando se enfrente a este párrafo. Además, las “circunstancias objetivas” que aduce como coadyuvantes para el triunfo de la lucha de clase proletaria, no nos parecen muy “objetivas”: más bien pertenecen al campo de los elementos conscientes e inconscientes (subjetivos) que acompañan la lucha proletaria. Hubiera sido más correcto aludir a factores como las crisis económicas o políticas, las guerras, etc. De esta manera, la tentación de imponer nuestra voluntad subjetiva a la marcha de los acontecimientos no se cerniría como un peligro sobre nuestras cabezas.
[15] “El proletariado [en el poder] realiza los objetivos fundamentales de la democracia, y la lógica de su lucha directa por la consolidación de la dominación política le plantea en un momento determinado problemas puramente socialistas” ( Ibídem , p. 137. La cursiva es nuestra). Como se ve en esta formulación ejemplar, el sometimiento de las posibilidades tácticas de la política proletaria bajo el imperativo de una supuesta “lógica” esencialista motivada por la naturaleza y el cumplimiento inmediato de sus tareas históricas como clase revolucionaria (el socialismo) es lo que mejor resume la intención de Lenin cuando califica de “espontaneísmo” las tácticas del tipo de la Revolución Permanente.


Capitulo 4
Trotsky y los campesinos

Este tipo de errores se debe, por supuesto, a la falta de un análisis concreto de la situación concreta; pero, en 1905, Lenin lo atribuía a la confusión que, para muchos –entre ellos Trotsky–, existía entre revolución democrático-burguesa y revolución socialista. Ya vimos más arriba cómo Lenin relacionaba este error con el “espontaneísmo” de derecha y de izquierda en cuestiones de táctica; ahora veamos qué implica ese error desde el punto de vista de los objetivos, para los intereses del proletariado, de la revolución democrática:

“La ausencia de unidad en los problemas del socialismo y en la lucha por el socialismo no excluye la unidad de voluntad en las cuestiones de la democracia y en la lucha por la república. Olvidar esto significa olvidar la diferencia lógica e histórica que existe entre la revolución democrática y la revolución socialista. Olvidar esto significaría olvidar el carácter popular de la revolución democrática: si es ‘popular', esto significa que hay ‘unidad de voluntad' precisamente en tanto en cuanto esa revolución satisface las necesidades y las exigencias del pueblo en general.”

En Trotsky, por el contrario, no existe esa “unidad de voluntad” entre el proletariado y el campesinado. Enseguida, las contradicciones entre ambos se ponen de manifiesto y es precisa la “mayoría” obrera en el gobierno, la dictadura del proletariado, para dar continuidad a la revolución resolviendo esa contradicción (¡ojo, entre el proletariado y la pequeña burguesía; aquí ya no se trata de la contradicción entre proletariado y capital!) por el único camino posible, según Trotsky, la senda del socialismo. Para Lenin, sin embargo, sí hay un motivo de colaboración estable, una “unidad de voluntad” entre esas dos clases: el desarrollo del capitalismo.

“Y de estas tesis se deduce que es una idea reaccionaria buscar la salvación de la clase obrera en algo que no sea un desarrollo mayor del capitalismo. En países como Rusia, la clase obrera no sufre tanto a causa del capitalismo como de la insuficiencia de desarrollo del capitalismo. Por eso, la clase obrera está absolutamente interesada en el desarrollo más vasto, más libre, más rápido del capitalismo. Es beneficiosa por completo para la clase obrera la supresión de todas las reminiscencias del pasado que entorpecen el desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo. La revolución burguesa es, precisamente, la revolución que barre del modo más resuelto los restos de lo antiguo, las supervivencias del feudalismo (a las cuales pertenecen no sólo la autocracia, sino también la monarquía) y que garantizan por completo el desarrollo más amplio, libre y rápido del capitalismo.
Por eso, la revolución burguesa es beneficiosa en extremo para el proletariado . La revolución burguesa es absolutamente necesaria para los intereses del proletariado. Cuanto más profunda, decidida y consecuente sea la revolución burguesa, tanto más garantizada se hallará la lucha del proletariado por el socialismo contra la burguesía. Esta conclusión puede parecer nueva o extraña, paradójica, únicamente a los que ignoran el abecé del socialismo científico. Y de esta conclusión, dicho sea de paso, se desprende asimismo la tesis de que, en cierto sentido , la revolución burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para la burguesía. He aquí, justamente, en qué sentido es indiscutible esta tesis: a la burguesía le conviene apoyarse en algunas supervivencias del pasado contra el proletariado, por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc. A la burguesía le conviene que la revolución burguesa no barra con demasiada resolución todas las supervivencias del pasado, sino que deje en pie algunas de ellas; es decir, que esta revolución no sea del todo consecuente, que no se lleve hasta el fin, que no sea decidida e implacable (…). A la burguesía le conviene más que los cambios necesarios en un sentido democrático burgués se produzcan con mayor lentitud, de manera más paulatina y cautelosa, de un modo menos resuelto, mediante reformas y no mediante la revolución, que estos cambios sean lo más prudentes posible con respecto a las ‘honorables' instituciones de la época de la servidumbre (tales como la monarquía), que estos cambios desarrollen lo menos posible la acción independiente, la iniciativa y la energía revolucionarias del pueblo sencillo, es decir, de los campesinos y principalmente de los obreros (…).
Temerosa del progreso democrático, que amenaza con el fortalecimiento del proletariado, la burguesía vuelve la vista atrás. El proletariado no tiene nada que perder, más que sus cadenas; tiene, en cambio, un mundo que ganar mediante la democracia. Por eso, cuanto más consecuente es la revolución burguesa en sus transformaciones democráticas, menos se limita a lo que beneficia exclusivamente a la burguesía. Cuanto más consecuente es la revolución burguesa, tanto más garantiza las ventajas del proletariado y de los campesinos en la revolución democrática.
El marxismo no enseña al proletariado a quedarse al margen de la revolución burguesa, a no participar en ella, a entregar su dirección a la burguesía; por el contrario, le enseña a participar del modo más enérgico y a luchar con la mayor decisión por la democracia proletaria consecuente, por llevar la revolución hasta el fin. No podemos salirnos del marco democrático burgués de la revolución rusa, pero podemos ensanchar en proporciones colosales dicho marco, podemos y debemos, dentro de los límites del mismo, luchar por los intereses del proletariado, por satisfacer sus necesidades inmediatas y por crear las condiciones indispensables para la preparación de sus fuerzas para la futura victoria completa. Hay democracia burguesa y democracia burguesa. El monárquico del zemstvo, partidario de una cámara alta, que ‘reclama' el sufragio universal y llega a la chita callando a un compromiso con el zarismo para obtener una Constitución enteca es un demócrata burgués. El campesino que se alza con las armas en la mano contra los terratenientes y los funcionarios y, por ‘republicanismo ingenuo', propone ‘echar al zar', es también un demócrata burgués. Hay regímenes democráticos burgueses como el de Austria y como el de Inglaterra; como el de Austria y como el de Norteamérica o el de Suiza. Bueno sería el marxista a quien se le escapara, en la época de la revolución democrática, esta diferencia entre los grados de democracia y entre el diferente carácter de tal o cual forma de la misma y se limitara a ‘discurrir con gran ingenio' a propósito de que, a pesar de todo, esto es una ‘revolución burguesa', fruto de una ‘revolución burguesa'.”

Para Lenin, la “condición” de la participación del proletariado en la revolución democrática y en su dirección consiste, no en obtener la mayoría gubernamental, sino en garantizar que esa revolución burguesa sea lo más profunda posible, en el sentido de permitir que el proletariado pueda implementar con el mayor grado de libertad su lucha de clase por el socialismo. Para Lenin:

“Más allá de los límites de la democracia no se puede hablar siquiera de unidad de voluntad entre el proletariado y la burguesía campesina. La lucha de clases entre ellos es inevitable; pero en la república democrática, esta lucha será la lucha popular más profunda y amplia por el socialismo . La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos tiene, como todo el mundo, su pasado y su porvenir. Su pasado es la autocracia, el régimen de servidumbre, la monarquía, los privilegios. En la lucha contra este pasado, en la lucha frente a la contrarrevolución, es posible la ‘unidad de voluntad' del proletariado y los campesinos, pues hay unidad de intereses.
Su porvenir es la lucha contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono, la lucha por el socialismo. Aquí la unidad de voluntad es imposible. Aquí no nos hallamos ante el camino que va de la autocracia a la república, sino del camino que conduce de la república democrática pequeñoburguesa al socialismo.”

Finalmente, para valorar las posibilidades que en 1905 existían en Rusia, desde el punto de vista leninista, para pasar “ininterrumpidamente” desde la autocracia hasta el socialismo, idea clave de la teoría de la Revolución Permanente, recurramos, una vez más, a las afirmaciones categóricas de Lenin:

“Y como respuesta a las objeciones anárquicas de que aplazamos la revolución socialista, diremos: no la aplazamos, sino que damos el primer paso hacia la misma por el único procedimiento posible, por la única senda certera, a saber: por la senda de la república democrática. Quien quiera ir al socialismo por otro camino que no sea el de la democracia política, llegará infaliblemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto en el sentido económico como en el político. Si en un momento determinado tales o cuales obreros nos preguntan por qué no realizamos nuestro programa máximo, les contestaremos indicándoles cuán ajenas son aún al socialismo las masas del pueblo, impregnadas de espíritu democrático, cuán poco desarrolladas están aún las contradicciones entre las clases, cuán desorganizados se hallan aún los proletarios. ¡Organizad a centenares de miles de obreros en toda Rusia, difundid entre millones la simpatía por vuestro programa! Probad a hacerlo, sin limitaros a pronunciar estrepitosas pero hueras frases anárquicas, y veréis inmediatamente que llevar a cabo esta organización, difundir esta educación socialista depende de la realización más completa posible de las transformaciones democráticas.”

En resumen, en la Rusia de 1905 estaba pendiente la revolución burguesa. El problema fundamental al que se enfrentaba el proletariado revolucionario era qué tipo de Estado burgués sería implantado con la revolución , cuál era la correlación de clases, dentro del atrasado y semifeudal imperio zarista, para que el próximo capítulo que se abriría en la historia de Rusia dejase desbrozado el terreno para el más amplio despliegue ulterior de la lucha del proletariado por el socialismo. Por esta razón, Lenin impone una sola condición para la implicación activa del proletariado en la revolución: que el viejo régimen sea barrido por completo, que sea lograda una completa victoria sobre la autocracia, y que en ese fértil campo yermo el proletariado disfrute de toda la libertad para “defender sus intereses propios” de clase (entiéndase, no sólo económicos, sino, también y sobre todo, políticos) y cultivar la semilla de la revolución. Desde el punto de vista leninista, en 1905 el problema consistía en encontrar el modo de que la vanguardia proletaria ganase las posiciones políticas necesarias para dirigir el proceso revolucionario; era suficiente con que la actividad política de la vanguardia favoreciese la inclinación de la balanza de la lucha de clases hacia el lado más favorable para los intereses futuros de la clase obrera. En 1905 no existían bases materiales en Rusia –ni objetivas ni subjetivas– para el socialismo. Esto es algo irrefutable. Lenin jamás revisó su posición de Dos táct icas en este sentido; al contrario, su pensamiento acompañó la evolución de las circunstancias sociales de su país . Para Lenin, la lucha de clases de la Rusia de 1905 nunca podría ser encauzada directamente hacia el socialismo sin que antes se hubiera dado una profunda transformación de todas sus estructuras, económicas y políticas. Pero si Rusia aún no albergaba en su seno el germen del socialismo, sí existía el agrupamiento de fuerzas sociales capaz de acercarlo lo más rápidamente posible. Toda la política bolchevique, entre 1905 y 1917, consiste –además de la propaganda y la educación en las ideas socialistas de los elementos más conscientes de las masas– en conseguir aquel agrupamiento. Cuando éste tuvo lugar de forma imprevista, casi espontánea, debido a una serie de circunstancias inusitadas (e imprevisibles en 1905, lo cual es muy importante tener en cuenta), casi todas consecuencia directa de la guerra imperialista, a partir de febrero de 1917, Lenin cambió de óptica y se propuso –y propuso al partido en sus famosas Tesis de Abril – dar el siguiente paso, con el socialismo como meta inmediata.

Pero junto al agrupamiento de fuerzas de clase buscado desde 1905 y conseguido en 1917, también habían cambiado en Rusia otras cosas importantes. Ya hemos hablado de la aceleración del desarrollo capitalista tanto en la ciudad como en el campo desde la Primera Revolución, a lo que se sumaría el anudamiento de los vínculos de la cada vez más poderosa burguesía financiera rusa con el imperialismo internacional (lo que, además de imprimir un sesgo cada vez capitalista a la economía rusa, constituiría un factor importante de crisis). A esto irá vinculado un reseñable desarrollo cuantitativo del proletariado industrial, acompañado también de su desarrollo político: desde 1911, pero sobre todo a partir de la matanza perpetrada contra una manifestación de obreros en huelga de los auríferos del Lena, en abril de 1912, tiene lugar en Rusia el ascenso del movimiento obrero combativo, en un proceso en escalada similar al del año cinco, con un crecimiento vertiginoso de las huelgas y un porcentaje cada vez más alto de ellas con motivaciones políticas. Cuando la dinámica de este movimiento ascendente –al que se le iba sumando un incipiente movimiento democrático en forma de movilizaciones estudiantiles, etc.– empezaba a convertirse en una amenaza seria para el régimen autocrático, el estallido de la Primera Guerra Mundial lo paralizó y lo disolvió bruscamente. Trotsky llegó a afirmar, con su habitual estilo hiperbólico, que si no hubiera sido por la declaración de guerra de Alemania a Rusia del 1 de agosto, la Revolución de Octubre se hubiera iniciado en 1914 . Lo que debemos retener, sin embargo, es que, en este periodo y en el fragor de la lucha de clases, un proletariado más numeroso había adquirido una mayor madurez combativa para el caso de tener que afrontar la lucha en un plano cualitativo más elevado si las circunstancias así lo requiriesen en una crisis revolucionaria.

Finalmente, el factor quizá más importante, si no para un Febrero, sí al menos para que pudiera darse el triunfo de Octubre: el partido de vanguardia del proletariado revolucionario. A partir de la Conferencia celebrada en Praga en 1912, la fracción bolchevique rectifica su línea de construcción del partido e inicia un proceso de reconstitución del partido obrero ruso. La primera consecuencia de esta rectificación es la ruptura total, política y organizativa, con el resto de las fracciones del POSDR, y principalmente con lo que por esas fechas era el proyecto de Trotsky, el Bloque de Agosto , último intento de reunificación de las corrientes oportunistas del partido. En Praga, el bolchevismo rompió con la línea de unidad entre fracciones como base de construcción partidaria; a partir de aquí, la organización se sometía a la unidad político-ideológica y de dirección, reconquistando, de esta manera, el proletariado revolucionario ruso su independencia política. El bolchevismo se dispuso, entonces, a combatir políticamente al menchevismo y a conquistar sus organizaciones en Rusia. La fragua de este tipo de organización significó que, para 1917, el proletariado contaba con un organismo político dirigente capaz y dispuesto a conducirlo en pos del cumplimiento de su papel revolucionario .

Hacia 1917, en conclusión, estaban en sazón en Rusia las condiciones materiales –tanto objetivas como, sobre todo, subjetivas– que permitían la formulación de una táctica política que plantease como objetivo inmediato el socialismo, sin que tal planteamiento supusiese una descabellada aventura. El pensamiento de Lenin evoluciona desde 1905 a 1917 en consideración con esos elementos cambiantes. El método de Lenin consiste, precisamente, en la acción consciente sobre esos elementos, ya sean de naturaleza objetiva (por ejemplo, la implantación del capitalismo cuando se hace necesaria la liquidación completa de la servidumbre y la diferenciación clasista en el campo) o subjetiva (por ejemplo, la búsqueda de la alianza con los elementos políticos de la democracia pequeñoburguesa para sustraerlos a la influencia de la burguesía liberal) con el fin de conducirlos en la dirección adecuada para los intereses estratégicos del proletariado. En Lenin hay una dialéctica estrecha entre la marcha del proceso histórico, con sus ingredientes económicos, políticos, etc., y el desarrollo de la línea política y de la táctica. La mutua transformación de ambos planos es lo que hace característico al leninismo como concepción política. Por esta razón, las Tesis de Abril no pueden ni deben interpretarse como una ruptura con la política bolchevique anterior, sino como un desarrollo de la misma en términos de rectificación en función de un cambio en el plano del proceso histórico. Precisamente, esta adecuación política sería lo que permitiría la transformación posterior de ese proceso histórico rompiendo su línea de evolución normal , en el sentido de la desviación del desarrollo de la revolución burguesa de Febrero hacia Octubre, a partir de la acción desde el plano político. Lenin, partiendo de una realidad concreta, se vale del marxismo como método de análisis y como doctrina política para crear los instrumentos para la transformación de esa realidad. La mayoría de las controversias en las que se sumergió desde 1905 buscaban que la mayoría del partido comprendiera que el punto central de la acción política consistía en desequilibrar el sistema de relaciones entre las clases de la autocracia ganando al campesinado para la revolución. La alternativa era confiar en la actividad de la burguesía liberal, como defendían los mencheviques. Sin embargo, éstos también, aunque invitaban a la pasividad revolucionaria, ofrecían una fórmula práctica concreta basada en la realidad dada. Por eso, ambas corrientes, bolchevique y mencheviques, fueron quienes protagonizaron la escena política en este periodo, porque, partiendo de un análisis concreto de la situación concreta , ofrecieron sendas vías de desarrollo revolucionario a partir de elementos objetivos realmente existentes. Al contrario que Trotsky, para quien la política no encierra una estrecha relación entre proceso histórico y línea táctica, sino que consiste simplemente en la emisión de un pronóstico sobre los acontecimientos futuros , lo cual le apartó del escenario central de la política y del debate político del partido, al no ser capaz de ofrecer algún elemento concreto sobre el que fundar la actividad política cotidiana del POSDR .

Ya hemos señalado que la teoría de la Revolución Permanente acepta como punto de partida el análisis de Parvus sobre la Rusia de principios del siglo XX. Como recordaremos, Parvus destaca la falta de una clase social en Rusia cuya radicalización política ofrezca una amplia base para la democratización del país. De este modo, debe ser el proletariado quien cumpla ese papel. Trotsky, de acuerdo con esto, da un paso más y dice que el cumplimiento de ese papel le “obligará” inmediatamente a abordar problemas propios del socialismo. Aquí, como se ve, no hay, prácticamente, una propuesta táctica. O, mejor dicho, aquí la táctica se identifica con el proceso político general, se convierte en pronóstico. El único elemento concreto inmediato sustentado firmemente sobre la realidad objetiva de la sociedad rusa que contiene la teoría de Trotsky –y que no se refiera a ella por omisión, como la supuesta ausencia de un sector radicalizado de la pequeña burguesía– es la potencialidad revolucionaria del proletariado ruso. Al negar toda capacidad revolucionaria al resto de las clases sociales en Rusia, Trotsky preestablece y fija de una forma definitiva, sin posibilidad de alteración, la correlación de fuerzas entre las clases, sus agrupamientos políticos; y el poco numeroso proletariado queda aislado en esta prefiguración. Finalmente, como carece de aliados potenciales, no puede hacer nada, no puede elaborar una táctica y realizar una acción política con el fin de modificar aquella correlación entre las clases. La política proletaria, pues, se reduce a la espera de que la crisis social, con los enemigos –las demás clases– debilitados o neutralizados, permita al proletariado subirse en la cresta de la ola de la revolución. Pasado el primer momento triunfal, si el enemigo –todas o cualquiera de las demás clases– consigue recuperarse y contraatacar, o simplemente revolverse contra él –que es lo más probable vistas así las cosas–, el proletariado no podrá hallar apoyo más que en otros destacamentos nacionales de su misma clase.

En esto consiste la diferencia radical entre el método de Lenin y el método de Trotsky: para éste, la política –el análisis político– es previsión, anticipación del decurso de los acontecimientos; para Lenin, el análisis político es sólo un instrumento para incidir o para contribuir en ese devenir; para Trotsky, lo fundamental es la relación acierto-error de una tesis política, en último caso, su conclusión, el resultado , “resultado” que debe ser lo más acorde posible con los hechos finales ; para Lenin, lo principal es el contenido de esa tesis, el momento fijado por la misma y la actitud que subjetivamente vamos a adoptar hacia ese momento captado por nuestro análisis, precisamente para transformarlo en la dirección del objetivo deseado. Lenin no sustituye el “resultado” de los acontecimientos reales por el “resultado” del análisis. Ésta no es la cuestión: se trata de que este último permita influir sobre los acontecimientos como tales. De hecho, para el marxismo lo importante, desde el punto de vista de su utilidad como método científico, no es “el resultado”, el desenlace final del curso de los hechos, el objetivo. El marxismo ya determina de antemano el objetivo: la dictadura del proletariado y el comunismo. No en vano, el marxismo, como teoría política, es la síntesis intelectual de toda la evolución de la humanidad como entidad social y de sus conquistas en todas las esferas de la vida social y del saber. Por esta razón, las tendencias que genera en su marcha la historia forman ya parte del acervo teórico del marxismo. No se trata, en consecuencia, de “pronosticar” que el proletariado, en un momento dado, tomará las riendas del poder e instaurará su dictadura de clase o que, de lo contrario, no lo hará. Esta tautología forma implícitamente parte de las bases conceptuales de la teoría de la Revolución Permanente. Trotsky cifra el valor de esta teoría en que responde a la cuestión de que si el proletariado no se convierte en clase dirigente, la revolución burguesa no será consumada; pero esto, como hemos visto, lo había dicho ya Lenin en Dos tácticas . Lo importante, y lo que diferencia a ambos, se sitúa en el terreno de las consecuencias políticas de esta tesis. No se trata, por tanto, de informarnos de que sólo hay dos alternativas: socialismo o barbarie ; de que si en algún momento del proceso del desarrollo social el proletariado no se coloca en su vanguardia, cualquier trastorno político o revolución “conservará su carácter burgués, limitado” , es decir, mantendrá aquel proceso en el terreno y en el recorrido del capitalismo. Se trata, pues, no de anticiparnos en la historia, sino de orientar la actividad consciente de la vanguardia proletaria hacia la transformación de los elementos objetivos y subjetivos que permitan realizar la tendencia histórica de todo el desarrollo social hacia el socialismo y el comunismo, como nos enseñó Marx. Trotsky decía que la consigna de Lenin de “dictadura democrática del proletariado y los campesinos” era:

“(...) una fórmula algebraica que admitía, en el futuro, interpretaciones políticas muy diversas.”

Y esa “fórmula algebraica”, para Trotsky algo así como una descripción abstracta ceñida a los aspectos fundamentales de la política:

“(...) no quería expresar otra cosa que las relaciones, caracterizadas más arriba, entre el proletariado, los campesinos y la burguesía liberal (...). Pero la vieja fórmula de Lenin no resolvía de antemano cuáles serían las relaciones políticas recíprocas del proletariado y de los campesinos en el interior del bloque revolucionario.”

Trotsky funda la superioridad de su teoría en que sí “resuelve de antemano”, sí adelanta “el resultado” de esa correlación entre esas dos últimas clases, pronosticándolo con 12 años de antelación. Pero lo que Trotsky considera el lado fuerte de su teoría es, en realidad, lo que pone de manifiesto su debilidad, porque la fórmula de Lenin va dirigida al meollo del problema, señala la piedra clave sobre la que se sostiene todo el sistema de relaciones entre las clases de Rusia en el trance de paso de la autocracia a la revolución burguesa, orientando la labor política práctica, inmediata, de la vanguardia proletaria. El contenido de esa fórmula es lo principal; la forma que adopte, lo secundario. El cometido del partido consiste en resolver esto, en encontrar la expresión formal de esa fórmula en función de las circunstancias específicas y particulares de cada momento histórico. La “anticipación” de Trotsky, sin embargo, no ofrece al proletariado la orientación necesaria de cada momento, le impide ser actor en las circunstancias concretas y le relega al estado de impasse de quien espera su oportunidad sin saber buscarla. Lenin presta una brújula al proletariado para que se oriente en la tormenta de la revolución; Trotsky solo le “pronostica” que “después de la tormenta vendrá la calma”, pero no le ayuda para que la nave llegue a buen puerto. Mientras éste adelanta el posible “resultado” del proceso histórico, Lenin ilustra al proletariado sobre los elementos necesarios para cubrir con éxito la travesía de la autocracia al socialismo. Trotsky elude el fondo de la cuestión sobre el verdadero sentido del análisis político y de la formulación de la línea táctica marxistas para la vanguardia proletaria desviando el cometido de ambos:

“Si se examinan mis antiguas divergencias con Lenin, no valiéndose de citas tomadas al vuelo, de tal año, mes y día, sino de perspectivas históricas justas, se verá de un modo completamente claro que el debate estaba entablado, al menos por lo que a mí se refiere, no precisamente en torno a la cuestión de saber si para la realización de los objetivos democráticos era necesaria la alianza del proletariado con los campesinos, sino acerca de la forma de partido, política y estatal, que podía asumir la cooperación del proletariado y de los campesinos y de las consecuencias que se desprendían de ello para el desarrollo ulterior de la Revolución.”

Ya hemos visto el significado que, para Trotsky, encierra la locución “alianza del proletariado y el campesinado” . Ahora, pretende que el núcleo de sus diferencias con Lenin estribaba en la definición de la forma que adoptaría aquella alianza; lo cual es rotundamente falso, principalmente porque Lenin –como bien termina por reconocer Trotsky – eludió esta cuestión, consciente de que debía encontrar una respuesta práctica (no teórica, no anticipada) en función de las circunstancias que rodeasen al acontecer político. De esta manera, tras el fracaso de la insurrección de Moscú, Lenin buscó la realización del bloque revolucionario obrero-campesino en el terreno de la lucha parlamentaria, en la Duma de Estado; y, tras el periodo de reacción, la encontró ya cristalizada, a principios de 1917, en forma de Soviets de Diputados Obreros y Soldados (que no eran, estos últimos, sino campesinos uniformados) . Desde 1905, el centro de gravedad de la política bolchevique estaba situado en la construcción de la alianza obrero-campesina, con el objetivo estratégico de la revolución democrático-burguesa. La Segunda Revolución resuelve este problema y el de la revolución pendiente de forma imprevisible (incluso para Trotsky), en forma de dualidad de poderes . Todo el periodo de Febrero a Octubre consiste en la búsqueda de las condiciones para romper ese equilibrio de fuerzas; pero esto suponía superar el marco de la revolución burguesa, tal y como se había dado en Rusia.

Efectivamente, lo característico de Febrero –y lo que le otorgaba esa peculiaridad de inusitada originalidad histórica– era que, como lo describió Lenin, junto al poder de la burguesía se encontraba el poder del proletariado y del campesinado en armas (Soviets), y que, entre Febrero y Octubre, este segundo poder estaba sirviendo de apoyo al primero. Pero la otra característica de la revolución burguesa rusa –menos original que la anterior pero más sorprendente para los marxistas rusos que la primera, incluso para Trotsky, siquiera hubiera intentado comprender la originalidad de la Segunda Revolución respecto de la Primera– consistía en que la burguesía liberal no se había limitado al papel apocado y conservador de 1905-1907. En Febrero, había encabezado la caída del zar y ahora se apoyaba en el campesinado para aplicar su programa de reformas. El bloque burguesía-campesinado, la dictadura de la burguesía con el apoyo del campesinado, es lo que caracteriza Febrero desde el punto de vista de las relaciones entre las clases en Rusia. Algo que no vio Trotsky, pues tenía la mirada en otra parte, y que ni siquiera posteriormente fue capaz de comprender:

“Insisto en esto con toda firmeza. Si se reconoce que las contradicciones sociales entre el proletariado y la masa campesina no permiten al primero ponerse al frente de ésta; si el proletariado mismo no es lo bastante fuerte para alcanzar la victoria, entonces no habrá más remedio que llegar, en términos generales, a la conclusión de que nuestra revolución no está llamada a triunfar. En estas condiciones, el final natural de la revolución debe ser el acuerdo de la burguesía liberal con el antiguo régimen. Es ésta una hipótesis cuya posibilidad no puede descartarse. Pero es evidente que se halla en el camino de la derrota de la revolución, condicionada por su debilidad interna.”

En Febrero, el campesinado no se puso del lado del proletariado, sino del de la burguesía, pero esto no supuso la necesidad de concluir que la revolución “no está llamada a triunfar”. Muy al contrario, triunfó, aunque siguiendo un modelo más cercano al clásico europeo. He aquí el primer resbalón del Trotsky adivino. Claro está, nos referimos al triunfo de la revolución burguesa. He aquí otra consecuencia –la ofuscación que produce Febrero en Trotsky– de no saber distinguir claramente entre revolución burguesa y revolución socialista. Por otra parte, en Febrero –a diferencia de 1905– la burguesía liberal no buscó un acuerdo “con el antiguo régimen” (aunque sí trató de “suavizar las aristas de la revolución”, como anticipó Lenin), y la revolución, lejos de dirigirse por el “camino de la derrota”, fue in crescendo hasta Octubre. He aquí el segundo resbalón del oráculo de Trotsky. Fue aplicando el método de Lenin y no la perspectiva trotskiana (¡ni siquiera 10 años después Trotsky fue capaz de comprender la situación de las clases surgida de Febrero: continuó agarrado al esquema de 1905!) como se halló la forma de transformar la correlación de fuerzas entre las clases a favor del proletariado: no llevando al proletariado al poder directamente (recordemos la experiencia de las jornadas de julio, cuando las masas plantearon la cuestión en estos términos en una situación en la que los Soviets de mayoría pequeñoburguesa aún apoyaban al gobierno provisional), como se deduciría de la fórmula de Trotsky, sino disputando y ganando el apoyo del campesinado para el proletariado, pugnando por que el centro de gravedad del sistema de clases de Rusia, el campesinado ( antes de intentar tomar el poder, y no después , desde donde “arrastrarlo” hacia sí), se desplazase hacia el campo del proletariado revolucionario, aislando a la burguesía. Este fue el problema central del periodo que abarca de Febrero a Octubre, problema que no supieron ver al principio, por distintos motivos, ni Trotsky ni la dirección en el interior del partido bolchevique: que en Rusia se había dado ya una de las posibles vías de la revolución burguesa –la menos deseada de las previstas por Lenin–, y que, a partir de entonces, la conquista de la correlación de clases sociales perseguida desde 1905, en 1917 significaba la lucha por la revolución socialista. Lo que en 1905 era un reagrupamiento de fuerzas sociales contra la autocracia, se convertía, en 1917, en un reagrupamiento contra la burguesía. La revolución burguesa se transformaba en socialista (entiéndase, en el sentido político , es decir, desde el punto de vista de ese reagrupamiento de fuerzas, pero no, claro está, en el sentido económico de que se hubieran cumplido todos los requisitos para el socialismo). Pero este hecho, lejos de traducir el sentido de “revolución permanente” que le daba Trotsky, supone una actitud revolucionaria consciente, una intervención subjetiva sobre el decurso de los acontecimientos; en absoluto el fatalismo espontáneo que impone Trotsky al proletariado. La revolución burguesa rusa de Febrero pudo perfectamente consolidarse y desarrollarse, sin que por ello se debiera interpretar que “la revolución” (¿qué revolución, la revolución en abstracto ?) había sido derrotada o que caería irremisiblemente en los brazos del antiguo régimen, y su desarrollo no hubiera conducido directamente al socialismo sin la lucha revolucionaria del proletariado dirigida por el partido bolchevique y sin una serie de circunstancias que hundieron a la Rusia de 1917 en una profunda crisis política.

Trotsky jamás comprendió esto. Nunca quiso incorporar la riqueza de la experiencia revolucionaria a partir del Febrero ruso a su teoría de la Revolución Permanente. Quizá porque no podía, pues Febrero más bien la refutaba. Prefirió remitirse al “resultado”, a Octubre como criterio de valoración de la misma, sin considerar que, tal vez, fue la casualidad histórica la que, en un momento dado, depositó al mismo tiempo la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky y la revolución socialista en el suelo de Rusia.

Según el esquema de 1905 descrito en Dos tácticas , después de la revolución democrática, el centro de gravedad de la política bolchevique pasaría a ser la organización del proletariado, en alianza con las masas semiproletarias, para realizar la revolución socialista, mientras las masas del campesinado pequeñoburgués eran neutralizadas. Entre 1918 y 1920 el partido bolchevique intentó este cambio de escenario, pero hubo de retroceder. Si el “gobierno obrero” duró tanto en Rusia fue gracias a los imperativos de la guerra civil. Terminada ésta y tras un periodo de debate y rectificación (polémica sobre los sindicatos, lucha contra la Oposición Obrera, discusión sobre la Nep...), el PC(b)R retoma la alianza obrero-campesina como base de toda su política de construcción del socialismo. En un contexto de crisis económica y de crisis política nacional e internacional, la Revolución de Febrero no pudo asentarse para crear las premisas necesarias –según el esquema de Dos tácticas , en esto muy cercano al clásico del marxismo– para el socialismo. La flexibilidad táctica del leninismo permitió formular un plan de abordaje del socialismo sobre las premisas sociales de la revolución democrática (alianza obrero-campesina) y con la conciencia de tener que cubrir el recorrido económico necesario para generar sus premisas materiales (o sea, las premisas que sólo puede crear el capitalismo). Un cuadro mucho más complejo, en definitiva, que el esquema trotskista de “gobierno obrero” “obligado a” cumplir inmediatamente el programa del socialismo.

La actitud vigilante de Lenin y de su partido, quienes nunca se dejaron engatusar ni cegar por los espejismos de las formas políticas que adoptaba la lucha de clases y que nunca perdieron de vista el estado real y actual de las relaciones entre las clases –por debajo de sus formas organizativas–, en la sociedad en general y en el campo de la revolución en particular, fue lo que permitió la victoria de Octubre y la posterior experiencia de edificación socialista en el País de los Soviets.
LENIN: O.C ., t. 11, p. 77.
Ibídem , pp. 38-41. En cuanto al problema de las necesarias premisas económicas para el socialismo en Rusia, Lenin no altera en lo fundamental su posición a lo largo de toda su carrera política. Si en 1905, como vemos, recetaba capitalismo, al final de su vida, en sus penetrantes análisis en los que disecciona los tipos económicos que cohabitaban en Rusia entre 1918 y 1921, insistía en que su país debía pasar irremediablemente por el peldaño del capitalismo de Estado como antesala necesaria del socialismo ( Cfr ., LENIN: O.C ., t. 36, pp. 302-324, y t. 43, pp. 158-161).
LENIN: O.C., t. 11, pp . 77 y 78.
Ibídem , p. 16.
“En Rusia, se trata todavía sólo de crear un Estado burgués moderno, que será similar a una monarquía junker (en caso de que el zarismo triunfe sobre la democracia), o a una república campesina democrática burguesa (en caso de que la democracia triunfe sobre el zarismo). Y la victoria de la democracia en la Rusia contemporánea sólo es posible si las masas campesinas siguen al proletariado revolucionario y no al liberalismo traidor (...). Las revoluciones burguesas no están aún terminadas en Rusia y, dentro de estos límites , es decir, dentro de los límites de la lucha por la forma del régimen burgués en Rusia, ‘el contenido político real' del trabajo de los socialdemócratas rusos es menos ‘limitado' que en los países donde no se lucha por la confiscación de las tierras de los terratenientes por los campesinos, donde las revoluciones burguesas fueron terminadas hace tiempo.” (LENIN: O.C. , t. 19, pp. 380 y 381).
Incluso en abril de 1917, cuando Lenin abogaba por dar el siguiente paso en la revolución, continuó cuestionando la idea de un poder político sostenido únicamente sobre la clase obrera de Rusia sin tener en cuenta los intereses políticos del campesinado:
“¿Pero quizá corremos el peligro de caer en el subjetivismo, de querer ‘saltar por encima' de la revolución de carácter democrático burgués, aún no terminada –trabada todavía por el movimiento campesino-, a la revolución socialista?.
Si yo hubiese dicho: ‘Sin zar, por un Gobierno obrero ', me amenazaría semejante peligro. Pero yono he dicho eso, he dicho otra cosa distinta.” (LENIN: O.C ., t. 31, p. 145).
Evidentemente, Lenin se refiere en esta cita, implícitamente, a Trotsky, lo cual pone en duda la aseveración de éste según la cual Lenin se acercó a su posición de 1905 en 1917. Para evitar esta asociación de ideas, empero, Trotsky llegó a negar que él hubiera formulado alguna vez tal consigna, reconociéndola incluso como errónea e imputando a Parvus la autoría ( cfr ., TROTSKY: La revolución permanente , pp. 149-152). Sin embargo, independientemente del autor material de tal consigna, tomado individualmente, lo que está claro es que se corresponde, describe y expresa perfectamente la posición política de una determinada corriente de la socialdemocracia rusa, corriente con la que Trotsky se identifica de manera coherente. Por lo tanto, si no autor material, debe considerarse a Trotsky coautor espiritual, tal vez no de la consigna como tal, pero sí al menos de la línea política sobre la que se sostiene y que está en concordancia con ella.
Cfr ., PROCACCI: Op. cit ., pp. 36 y 37. En 1924, todavía Trotsky llega a decir que “muchos indicios permiten suponer que, si la revolución victoriosa se hubiese desarrollado en el sentido de los sucesos de julio de 1914, con toda seguridad que la derrota del zarismo hubiese significado el advenimiento inmediato al poder de los consejos obreros revolucionarios”. Trotsky sigue anclado en el esquema de 1905. La revolución de Febrero se desarrolló, ciertamente, “en el sentido de los sucesos de julio de 1914”, es decir, agitación obrera y constitución de Soviets (aunque en esa fecha no llegaron a aparecer en escena); pero quien accedió al poder fue la burguesía. Ni siquiera en 1924 Trotsky es capaz de reconocer esto. Como Febrero rompe su pronóstico sobre la revolución rusa, se niega a tenerlo en cuenta en su balance histórico. De ahí el esperpéntico vaticinio de 1924: la guerra impidió que Octubre llegase a Rusia directamente en el verano de 1914.
También es importante añadir, en lo concerniente a la diferente situación de la vanguardia proletaria entre las distintas revoluciones rusas, que sólo con las grandes movilizaciones obreras que acompañaron a la revolución de 1905, los círculos marxistas rusos, que hasta ese momento conformaban el POSDR, tuvieron verdaderamente contacto orgánico y adquirieron experiencia de masas. Este requisito indispensable para la construcción de un partido de vanguardia no existíaantes de 1905, pero sí antes de 1917.
“Con respecto a la revolución permanente, hablaba únicamente de las ‘lagunas' de la teoría, con tanto mayor motivo inevitables cuanto que se trataba de una previsión.” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 91).
En este sentido, el menchevismo, aunque sí se diferencia de la concepción política de Trotsky en que ofrece la posibilidad de una actividad inmediata para el proletariado (sindicalismo, parlamentarismo), tiene de común con ella que se somete al pronóstico histórico (contemplar el advenimiento de la revolución burguesa y dejar hacer a la burguesía).
Trotsky habla de que el proletariado debe “apoyarse” en el campesinado para ponerse a la cabeza de la revolución; pero desconocemos el contenido de esta palabra cuando, una vez en el poder, el campesino no verá saciada su hambre de tierra. A cambio, obtendrá la colectivización. Trotsky, a cambio, obtendrá la guerra campesina contra el “gobierno obrero”.
“Un pronóstico político no puede pretender la misma exactitud que un pronóstico astronómico. Resulta satisfactorio sólo con que señale correctamente la línea general de desarrollo y permita orientarse en la dirección del proceso real de los acontecimientos, cuya línea fundamental habrá de desviarse inevitablemente a derecha o izquierda. En este sentido, no es posible dejar de reconocer que la concepción de la revolución permanente ha soportado con éxito la prueba de la historia.” (TROTSKY: La revolución de octubre , p. 241). El fatalismo histórico de Trotsky vacía de todo contenido la política entendida como actividad autónoma, y aplasta toda creatividad en esa esfera de la actividad del proletariado como un alud arrasa con todo lo que encuentra a su paso. En última instancia, desde la visión política de Trotsky se cierra toda posibilidad a que el pensamiento político proletario pueda encontrarse en algún momento con la idea leninista de partido de nuevo tipo proletario .
El trasfondo del mensaje de Trotsky viene a decir que si la revolución burguesa en Rusia no triunfa, entonces, fracasará; en concreto, si la revolución no se transforma en revolución socialista con el proletariado en el poder, será un fracaso. Al contrario que Lenin, quien consideraba que la revolución en Rusia triunfaría irremisiblemente. De lo que se trataba era de conseguir que esa victoria lo fuera también para el futuro de la lucha de clase del proletariado.
TROTSKY : La revolución permanente , p. 105.
Ibídem , p. 115.
Ibíd ., p. 216.
Ibíd ., pp. 121 y 122. La cursiva es nuestra.
La palabra alianza no tiene el mismo significado para Lenin que para Trotsky. Para Lenin, significa “unidad de voluntad”, concesiones hacia la parte correligionaria; para Trotsky, en cambio:
“El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la ‘dictadura democrática del proletariado y de los campesinos' sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando detrás de sí a las masas campesinas .” ( Ibíd ., p. 216).
Por el programa de colectivización forzosa que Trotsky tenía preparado para los campesinos desde 1905, intuimos que la palabra arrastrar alcanzaría con el “gobierno obrero” de Trotsky su sentido semántico más literal.
“Sí; Lenin en el transcurso de una serie de años, se negó a prejuzgar cuál sería la organización política de partido y de Estado de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, colocando en primer término la colaboración de estas dos clases en oposición a la burguesía liberal.” ( Ibíd ., p. 114).
No olvidemos que, en este asunto, Lenin resume el significado de los Soviets como organismos básicos del Estado de la dictadura del proletariado sólo en el verano de 1917, en su obra El Estado y la revolución . Imposible adivinar que ésta sería la “forma estatal” que hallaría la revolución en una fecha tan temprana como 1905. No era ésta, pues, la cuestión. Si lo hubiera sido, Trotsky podía haber vaticinado con más tiempo el significado histórico del organismo que llegó a dirigir. Sin embargo, se limitó a una formulación abstracta del tipo “gobierno obrero”. Ahora bien, cabe la posibilidad de interpretar que Trotsky ya se haya planteado esto y de que lo haya resuelto en el sentido de que, para él, la “forma” superior de poder proletario o de la expresión política del proletariado como clase dirigente sea, igualmente, el “gobierno obrero”. Entonces, el retroceso respecto al leninismo sería aún mayor, porque Trotsky reduciría el problema del poder proletario, efectivamente, al de la forma de gobierno , eludiendo la problemática marxista-leninista acerca deltipo de Estado .
Ibíd ., p. 145.
El mismo Trotsky reconoció que si Lenin no hubiese desembarcado en Rusia en abril de 1917, Octubre nunca se hubiera producido.


Capitulo 6
Trotsky y la Revolución Proletaria

Capitulo 7
Lenin y la Revolución Permanente


El problema de la mecánica de la Revolución Proletaria Mundial es uno de los grandes puntos de controversia entre el trotskismo y el leninismo. La posición de Trotsky en este asunto está clara. Repasémosla, de todas formas, con un resumen claro y conciso en palabras del propio autor:

“La dictadura del proletariado, que sube al Poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente . (...).
El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.
El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda trazado, elimina el problema de la distinción entre países ‘maduros' y ‘no maduros' para el socialismo, en el sentido de la clasificación muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista. El capitalismo, al crear un mercado mundial, una división mundial del trabajo y fuerzas productivas mundiales, se encarga por sí sólo de preparar la economía mundial en su conjunto para la transformación socialista.”

Por su parte, Lenin adopta como punto de arranque la tesis marxista clásica, recogida por la tradición de la II Internacional y que con tanta ortodoxia profundizó Trotsky, sobre la necesidad de un escenario internacional para la revolución proletaria. Sin embargo, durante la Primera Guerra Mundial, Lenin penetró aún más en el estudio económico del capitalismo y alcanzó a comprender su transformación cualitativa en capitalismo monopolista, en imperialismo. Sobre esta base conceptual abordó algunas de las cuestiones políticas candentes en ese momento en el marco de la política europea, como la consigna de moda de los “Estados Unidos de Europa”, que, como bien señala Trotsky, fue una respuesta utópica de la burguesía contra futuras guerras. En 1915, Lenin sometió a crítica, en el contexto del debate sobre aquella consigna –a la que tachó de reaccionaria e imperialista–, la idea de los “Estados Unidos del mundo”:

“Los Estados Unidos del mundo (y no de Europa) constituyen la forma estatal de unificación y libertad de las naciones, forma que nosotros relacionamos con el socialismo, mientras la victoria completa del comunismo no traiga la desaparición definitiva de todo Estado, incluido el Estado democrático. Sin embargo, como consigna independiente, la de los Estados Unidos del mundo dudosamente sería justa, en primer lugar, porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar, porque podría conducir a la falsa idea de la imposibilidad de la victoria del socialismo en un solo país y a una interpretación errónea de las relaciones de este país con los demás.
La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país capitalista. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus Estados.”

Este texto es importante porque, desde la crítica de la hipótesis de una posible unidad mundial de Estados bajo las condiciones del capitalismo, Lenin deduce la concepción científica de la mecánica del desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial en consideración a las premisas económicas del desarrollo capitalista en su etapa imperialista. En otras palabras: el desarrollo económico desigual del capitalismo puede provocar que la cadena imperialista mundial se rompa por su eslabón más débil, de modo que el socialismo triunfe en primer lugar en varios o en un solo país, cuyo proletariado aplicará la política del internacionalismo revolucionario para extender la revolución por todo el mundo. En definitiva, Lenin vaticina en 1915 lo que terminaría por ocurrir a partir de Octubre.

Queda el interrogante de si en esta cita Lenin se refiere a los países con un capitalismo relativamente avanzado o a cualquiera de los países del orbe. Desde luego, la visión del imperialismo como una cadena que atenaza a todas las naciones del mundo es la más adecuada a sus presupuestos teóricos y a la idea del eslabón débil , por lo que habría que considerar que cualquiera de los países oprimidos económicamente atrasados podría ser ese “eslabón débil”. En cualquier caso, Lenin todavía no lo formula en estos términos y lo cierto es que se refiere explícitamente a los “países capitalistas” (¿entraría Rusia en esta definición?). Lo cierto también es que, para 1917, Lenin abandona esta posición teórica:

“Rusia es un país campesino, uno de los países europeos más atrasados. En ella no puede triunfar el socialismo inmediatamente, de un modo directo . Pero, sobre la base de la experiencia de 1905, el carácter campesino del país –en el que se conserva un enorme fondo agrario de los terratenientes nobles– puede dar enorme impulso a la revolución democrática burguesa en Rusia y hacer de nuestra revolución el prólogo de la revolución socialista universal, un peldaño hacia ella. (...).
En Rusia no puede triunfar el socialismo de manera directa e inmediata. Pero la masa campesinapuede llevar la revolución agraria, ineluctable y en sazón, hasta la confiscación de toda la inmensa propiedad terrateniente. (...).
Semejante revolución, por sí sola, no sería todavía socialista, ni mucho menos. Pero daría un impulso gigantesco al movimiento obrero mundial. Reforzaría extraordinariamente las posiciones del proletariado socialista en Rusia y su influencia entre los obreros agrícolas y los campesinos pobres. Permitiría al proletariado urbano, apoyándose en esta influencia, formar organizaciones revolucionarias como los ‘Soviets de diputados obreros', sustituir con ellos los viejos instrumentos de opresión de los Estados burgueses (el ejército, la policía y la burocracia) y aplicar –bajo la presión de la guerra imperialista, insoportablemente dura, y de sus consecuencias– una serie de medidas revolucionarias para controlar la producción y la distribución de los productos.
El proletariado ruso no puede culminar victoriosamente la revolución socialista sólo con sus propias fuerzas. Pero puede dar a la revolución rusa tal envergadura, que cree las mejores condiciones para ella, que la empiece , en cierto sentido. Puede aliviar la situación para que entre en las batallas decisivas su colaborador principal , más fiel y más seguro, el proletariado socialista europeoy americano.(...).
Las condiciones objetivas de la guerra imperialista son garantía de que la revolución no se limitaráa la primera etapa de la revolución rusa, de que la revolución no se limitará a Rusia.
El proletariado alemán es el aliado más fiel y más seguro de la revolución proletaria rusa y mundial .”

Nos encontramos en plena vorágine revolucionaria en Rusia, mientras que en Europa los contendientes en la guerra imperialista ya dan síntomas de agotamiento. Sobre todo Alemania, que se siente acorralada y se dispone a realizar su último pero decisivo esfuerzo bélico ante la perspectiva de la inminente entrada de los Estados Unidos en la guerra. La crisis social se adivina en el horizonte europeo. En estas circunstancias, el plan estratégico de los revolucionarios rusos les inclinaba a considerar a Rusia como un país secundario en la próxima revolución internacional, aunque cumpliese el papel protagonista de ser la chispa iniciadora del incendio revolucionario de Europa. Este era el criterio con que se manejaban Lenin y los bolcheviques a partir de la primavera de 1917, y con este criterio y aquella perspectiva de la revolución europea asaltaron el Palacio de Invierno el 7 de noviembre. Sin embargo, tras el triunfo de Octubre y una vez asentada la revolución, la valoración de la relación entre el factor nacional y el internacional de la revolución fue obligando a Lenin a abandonar paulatina pero indefectiblemente la posición teórica sobre la revolución proletaria clásica de la socialdemocracia occidental a la que había retornado en 1917 . La propia experiencia de la revolución soviética incitará en Lenin una reelaboración y el reinicio de la evolución de su pensamiento en este terreno. Ya en el otoño de 1918, Lenin parece haber asimilado la primera lección tras un año de experiencia soviética:

“Si los explotadores son derrotados solamente en un país –y este es, naturalmente , el caso típico , pues la revolución simultánea en varios países constituye una rara excepción–, seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, porque sus relaciones internacionales son poderosas.”

Es decir, el proceso, la mecánica del movimiento de la Revolución Proletaria Mundial no se asemeja para nada al “sentido nuevo y más amplio” de la Revolución Permanente como proceso ininterrumpidamente trasgresor de las fronteras nacionales que le da Trotsky. Parece claro, entonces, que tras un año de experiencia revolucionaria, Lenin, antes incluso de los fracasos de los asaltos revolucionarios de 1923, había perdido toda esperanza en la revolución “europea y americana” y en la “revolución proletaria mundial” y se disponía a aceptar, al menos tácitamente, la teoría del triunfo aislado y paulatino de la revolución. Pero una cosa es el modo, la forma del proceso y otra su contenido, su programa de construcción económica y sobre qué clases se apoya.

En noviembre de 1920, con motivo de la celebración del tercer aniversario de Octubre, Lenin volvía a recordar que, en las jornadas de 1917, en su pensamiento estaba sólidamente arraigada la idea de que:

“(...) nuestra victoria sólo sería firme cuando triunfara nuestra causa en todo el mundo, ya que iniciamos nuestra obra confiando exclusivamente en la revolución mundial.”

Sin embargo,

“Ahora, al cabo de tres años, resulta que somos muchísimo más fuertes que antes, pero que la burguesía mundial es también muy fuerte todavía y, a pesar de que es incomparablemente más fuerte que nosotros, podemos afirmar que hemos triunfado. (...).
Cuando decimos esto tampoco debemos olvidar otro aspecto: que sólo hemos triunfado a medias. Hemos triunfado porque hemos sabido mantenernos frente a unos Estados más fuertes que nosotros y que, además, se habían unido a nuestros explotadores emigrados: los terratenientes y los capitalistas. Hemos sabido siempre –y no lo olvidaremos– que nuestra causa es una causa internacional, y mientras no se realice la revolución en todos los Estados –incluidos los más ricos y civilizados–, nuestro triunfo representará únicamente la mitad de la victoria o quizá menos.”

Y este triunfo a medias de la revolución significa que:

“(...) el peligro no ha desaparecido, existe y seguirá existiendo hasta que triunfe la revolución en uno o en varios países avanzados.”

Entonces, para que la victoria sea completa, la abnegada labor de resistencia contra la reacción (guerra civil) y la agresión imperialista (intervención militar) debe ser completada con una labor de construcción y creación .

Hacia el otoño de 1920, en definitiva, Lenin ha roto con la idea de revolución europea y centra toda su atención, a corto plazo, en el problema del sostenimiento del poder revolucionario. En este sentido, es el espíritu de Brest-Litovsk, de conservación a toda costa del partido bolchevique en el poder, lo que continúa inspirando a Lenin. Desde luego, en torno a los debates sobre la paz de Brest y en la polémica contra los comunistas de izquierda, que querían continuar la guerra hasta el estallido social en Alemania, Lenin establece claramente la jerarquía de prioridades del poder soviético: defender y consolidar la revolución en Rusia, aunque sea a costa de desvincularla orgánicamente de Europa . Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, el jefe bolchevique aún considera al proletariado occidental como la reserva principal tanto de la Revolución Proletaria Mundial como de la consolidación definitiva del poder soviético. Ganar tiempo y recuperarse para aguantar hasta que el proletariado de los países capitalistas desarrollados vayan en su ayuda . Estos son los parámetros con los que se maneja la dirección bolchevique tres años después del Octubre.

En estos momentos –que son todavía los del Comunismo de guerra –, Trotsky coincide, básicamente, con estos lineamientos estratégicos de la revolución vista desde la perspectiva soviética, a pesar de su posición ambigua hacia la firma de la paz de Brest-Litovsk . Realmente, el discurso oficial de los dirigentes soviéticos todavía se construía sobre los elementos políticos básicos de la Revolución Permanente de Trotsky (proletariado internacional como reserva estratégica principal de la revolución rusa, y política de repliegue y recuperación acorde con un momento coyuntural de impasse de la revolución internacional que continuaría extendiéndose hacia Occidente), mientras que las declaraciones de Lenin y de otros dirigentes acerca de la posibilidad de éxito relativo de la edificación socialista en un país aislado, que no aparentaban ser formuladas con intenciones teóricas, bien podían ser interpretadas como puro pragmatismo político para encarar la situación creada. Sin embargo, lo que verdaderamente se estaba dando en el fuero más interno del pensamiento leninista no tenía nada que ver con el pragmatismo político. Ciertamente, en su constante esfuerzo por comprender los hechos a la luz de la doctrina marxista, Lenin terminará poniendo en cuestión no sólo la idea clásica sobre el mecanismo de desarrollo de la revolución proletaria, sino también los viejos axiomas sobre el apoyo social de la misma y el carácter de la construcción de la nueva economía. Y son las circunstancias que acompañan a la adopción de la Nep por el X Congreso del PC(b)R, en marzo de 1921, y el significado de este giro en la política de construcción del socialismo en Rusia los que sirven de catalizador para la transformación en Lenin de algunas de sus concepciones sobre la Revolución Proletaria Mundial.

En diciembre de 1921, ante el IX Congreso de los Soviets de Toda Rusia, dice:

“”Ahora bien, ¿cabe concebir que una república socialista pueda subsistir en medio del cerco capitalista? Eso parecía inconcebible lo mismo en el sentido político que en el militar. Que esto es posible en los sentidos político y militar es ya cosa demostrada, ya es un hecho.”

Las posibilidades de supervivencia de un solo país socialista en medio del cerco capitalista no son, por tanto, coyunturales, sino que este hecho es posible contemplarlo a largo plazo. Después de añadir que también es posible la supervivencia de una república socialista aislada en el sentido comercial, en relación con sus posibilidades de recabar recursos en el mercado internacional, Lenin pasa a la cuestión crucial del nuevo basamento sobre el que se sostiene la revolución:

“(…) la cuestión más esencial y más cardinal de toda nuestra revolución y de todas las futuras revoluciones socialistas (tomadas a escala universal). La cuestión más cardinal y más esencial es la actitud de la clase obrera ante los campesinos, la alianza de la clase obrera con el campesinado.”

Para Lenin, la necesaria alianza entre el proletariado y el campesinado había adoptado una forma política y militar durante el Comunismo de guerra . Ahora, en la posguerra y en un periodo de estabilidad y de equilibrio de fuerzas a nivel internacional, debía adoptar una forma económica . Este era el primigenio significado de la Nep . Pero ésta tenía un calado mucho más profundo, de alcance histórico, de “escala universal”:

“Sólo en el afianzamiento de la alianza de los obreros y los campesinos reside la garantía de que toda la humanidad ha de verse libre de cosas como la reciente matanza imperialista, de las atroces contradicciones que hoy vemos en el mundo capitalista , donde un pequeño número, un puñado insignificante de las potencias más ricas se ahoga en su abundancia, mientras la inmensa mayoría de la población del globo terrestre sufre penalidades sin poder gozar de la cultura ni de los abundantes recursos existentes, que no encuentran salida por falta de mercado.”

Lenin finaliza su discurso insistiendo en que la unión de la clase obrera con los campesinos es una tarea “no sólo rusa, sino universal” . De modo que, para el invierno de 1921-1922, tenemos que Lenin se ha desembarazado del penúltimo requisito clásico de la Revolución Proletaria Mundial, que versaba sobre una determinada disposición de las fuerzas sociales de clase. Lenin ya no mira al proletariado internacional en su conjunto, sino que pone el peso en la construcción de sólidos vínculos entre sus destacamentos nacionales y el resto de los sectores populares. Al final de su vida dará el definitivo espaldarazo a esta nueva perspectiva cuando le otorgue carta de naturaleza al describir su significado concreto a escala mundial:

“El desenlace de la lucha depende, en última instancia, del hecho de que Rusia, la India, China, etc., constituyen la mayoría gigantesca de la población. Y precisamente esta mayoría de la población es la que se incorpora en los últimos años con inusitada rapidez a la lucha por su liberación, de modo que, en este sentido, no puede haber ni sombra de duda respecto al desenlace final de la lucha a escala mundial.
Pero lo que nos interesa no es esta inevitabilidad de la victoria definitiva del socialismo. Lo que nos interesa es la táctica que nosotros, el Partido Comunista de Rusia, que nosotros, el Poder soviético de Rusia, debemos seguir para impedir que los Estados contrarrevolucionarios de Europa Occidental nos aplasten. Para asegurar nuestra existencia hasta la siguiente colisión militar entre el Occidente imperialista contrarrevolucionario y el Oriente revolucionario y nacionalista, entre los Estados más civilizados del mundo y los Estados atrasados al modo oriental, los cuales, sin embargo, constituyen la mayoría, es preciso que esta mayoría tenga tiempo de civilizarse.”

En otras palabras, en el epílogo de su carrera, Lenin no sólo había trastocado la visión tradicional sobre las alianzas estratégicas del proletariado revolucionario, sino que, llevando ese cambio de perspectiva hasta sus últimas consecuencias, dejó indicado que el futuro de la Revolución Proletaria Mundial debía de dejar de mirar hacia Occidente para desviar su vista hacia Oriente, donde estaba en candelero la revolución de liberación nacional.

Finalmente, y para resumir, Lenin consigue cerrar el ciclo lógico de su cosmovisión política y termina, en el ámbito de la teoría general de la revolución proletaria, justo en el mismo punto donde comenzó cuando estableció la táctica y la línea general de la revolución rusa:

“Pero ¿y si lo peculiar de la situación llevó a Rusia a la guerra imperialista mundial, en la que intervinieron todos los países más o menos importantes de Europa Occidental, y puso su desarrollo al borde de las revoluciones de Oriente que estaban comenzando y en parte habían comenzado ya, en unas condiciones que nos permitían poner en práctica precisamente esa alianza de la ‘guerra campesina' con el movimiento obrero, de la que escribió como de una perspectiva probable en 1856 un ‘marxista' como Marx, refiriéndose a Prusia?”

La alianza del proletariado y el campesinado para la revolución rusa; la alianza del movimiento obrero occidental y de la dictadura del proletariado con la guerra campesina de Oriente como motor de la Revolución Proletaria Mundial. En esto se resume la visión política de Lenin en sus rasgos más fundamentales. Visión a todas luces alejada de la de Trotsky y su Revolución Permanente.
Ibíd .., pp. 217 y 218. Aquí podemos comprobar hasta dónde llegan el voluntarismo y el subjetivismo de Trotsky, y hasta qué punto pueden llegar a ser “confusas y oscuras” determinadas ideas sobre la revolución contra el capitalismo en el escenario de “la economía mundial en su conjunto”. Indiquemos, también, que el programa de la Internacional Comunista al que se refiere Trotsky es el aprobado en su VI Congreso, celebrado en 1928, que declaró que “las Tesis sobre los problemas nacional y colonial , redactadas por Lenin y aprobadas por el II Congreso, siguen en vigor y deben servir de norte en la labor ulterior de los partidos comunistas.” ( Cfr ., AA.VV.: La Internacional Comunista . Moscú, s/f [1970]; p. 279).
LENIN: O.C ., t. 26, pp. 377 y 378.
LENIN: O.C ., t. 31, pp. 97-99.
Esta posición se refiere, naturalmente, a la idea internacional o, por lo menos, europea que asociaba la II Internacional con la revolución proletaria, pero también a la posibilidad, que había adelantado Kautsky en 1902, de que fuera Rusia la que iniciase ese proceso.
LENIN: O.C ., t. 37, p. 271. La cursiva es nuestra.
LENIN: O.C ., t. 42, p. 1.
Ibídem , pp. 1-3.
Ibíd ., p. 3.
“Eso es lo que hemos de resolver ahora. Debemos recordar que es necesario aprovechar el presente estado de ánimo para inyectarlo en forma prolongada a nuestro trabajo a fin de acabar con toda la dispersión de nuestra vida económica. Es imposible ya volver al pasado. Al derrocar el poder de los explotadores hemos realizado ya más de la mitad de la obra. Ahora debemos agrupar estrechamente a todas las trabajadoras y trabajadores y hacerles trabajar juntos.” ( Ibíd ., p. 5).
“(...) que el cambio radical consiste ahora en la creación de la República de los Soviets de Rusia; que lo supremo tanto para nosotros como desde el punto de vista socialista internacional es preservar esta República, que ha comenzado ya la revolución socialista; que, en el momento dado, la consigna de guerra revolucionaria por parte de Rusia significaría o bien una frase y un vacuo acto ostensivo, o equivaldría objetivamente a caer en la trampa que nos tienden los imperialistas, los cuales quieren arrastrarnos a proseguir la guerra imperialista mientras somos débiles y derrotar por el procedimiento más barato posible la joven República de los Soviets.” (LENIN: O.C ., t. 35, p. 264). A pesar de las posiciones de defensa a ultranza de la revolución en una sola nación y su incólume decisión de firmar la paz al alto precio que exigían los alemanes, y aún a costa de poner en jaque la expansión de la revolución hacia Occidente, Lenin nunca cae en el chovinismo revolucionario ni en el nacionalismo (lo que Trotsky denominaba “mesianismo revolucionario”, que, efectivamente surge como peligro objetivo dado el modo como se desenvuelve el proceso revolucionario mundial), como posteriormente sí harán otros dirigentes soviéticos: “Si creemos que el movimiento alemán puede desarrollarse inmediatamente en caso de suspender las negociaciones de paz, lo que debemos hacer es sacrificarnos nosotros, puesto que por su fuerza la revolución alemana será mucho mayor que la nuestra. Pero lo esencial es que allí el movimiento no ha comenzado todavía, mientras que en nuestro país tiene ya un recién nacido que da grandes voces, y si en este momento no decimos claramente que queremos la paz, estamos perdidos. Para nosotros es importante mantenernos hasta que aparezca una revolución socialista general, y eso lo podemos conseguir sólo firmando la paz.” ( Ibídem , pp. 267 y 268).
“Resulta un cierto equilibrio, claro que muy malo. Pero, con todo, debemos tener en cuenta este hecho. No debemos perder de vista este hecho si queremos subsistir. O victoria inmediata sobre la burguesía, o pago de un tributo. (...). Pero ganaremos tiempo, y ganar tiempo significa ganarlo todo, sobre todo en una época de equilibrio, cuando nuestros camaradas del extranjero preparan a fondo su revolución. Y cuanto más a fondo la preparen, más segura será la victoria. Pero, mientras tanto, tendremos que pagar un tributo.” (LENIN: O.C ., t. 44, p. 48).
Trotsky era partidario de la consigna “Ni paz ni guerra”, lo que suponía cesar la guerra desmovilizando al ejército, pero sin firmar la paz. Trotsky era el jefe de la delegación encargada de firmar el tratado de paz con Alemania, y contra las directivas aprobadas en Moscú defendió su punto de vista suicida en Brest, lo que acarreó la ira alemana, un nuevo desastre en el frente y mayores concesiones al kaiser. Desde luego, la posición más coherente para Trotsky hubiera sido la de los comunistas de izquierda , partidarios de continuar la guerra como medio para la excitación de la revolución internacional. Sin embargo, una de las características de la actitud de Trotsky mientras vivió Lenin fue la de no decantarse nunca franca y abiertamente por una línea determinada o por un grupo o fracción, sobre todo si éstos se enfrentaban a Lenin, manteniendo casi siempre una postura ecléctica y ambigua.
LENIN: O.C ., t. 44, p. 310.
Ibídem , p. 315.
Cfr ., ibíd ., p. 316.
Ibíd ., p. 315. La cursiva es nuestra.
Cfr ., ibíd ., p. 339.
LENIN: O.C ., t. 45, p. 420. Es importante llamar la atención sobre la afirmación que realiza Lenin en este artículo, el último que publicó en vida, titulado Más vale poco y bueno y que sí puede ser considerado su verdadero testamento político, acerca de la idea recurrente de aguantar hasta la próxima oportunidad revolucionaria. Lo importante, esta vez, es que Lenin ya no espera la revolución proletaria en Occidente en abstracto para que acuda en ayuda de Rusia, sino que piensa en la revolución en Oriente como fruto de la colisión concreta e inevitable entre el imperialismo y las luchas de liberación.
Ibídem , p. 396.


Capitulo 8

El debate de 1924 en 
el seno del PC(b)R



Los resultados de la evolución del pensamiento de Lenin en el tema del modo en que debería tener lugar el proceso revolucionario mundial nunca llegaron a ser expuestos de una forma sistemática. Lenin cae enfermo en mayo de 1922 y no pudo reincorporarse al trabajo hasta octubre. Pero en marzo de 1923 sufre una recaída que le apartará definitivamente de la política. Morirá el 21 de enero de 1924. Sin embargo, los elementos materiales que sirvieron de impulso al pensamiento leninista estaban ahí, formando parte de la experiencia común del partido bolchevique como colectivo. Las conclusiones a las que Lenin se había acercado no tenían porqué ser patrimonio de un individuo. Es más, la necesidad histórica iba a obligar a un sector de la dirección del PC(b)R a recorrer el mismo camino que Lenin y a extraer las pertinentes consecuencias. Efectivamente, en el verano y en el otoño de 1923, tuvieron lugar sendas intentonas insurreccionales por parte del Partido Comunista de Bulgaria y del Partido Comunista de Alemania que terminaron en derrota. A partir de aquí, el empuje internacional de la revolución proletaria iniciada en 1917 se apaga definitivamente. Cada vez más resulta evidente que la necesaria ayuda del proletariado occidental para la supervivencia de la Rusia soviética no llegaría, al menos bajo la forma de revoluciones proletarias; cada vez más se ponía en el orden del día de la agenda política del Comité Central del PC(b)R el problema de cómo afrontar la nueva situación de repliegue general de la Revolución Proletaria Mundial. En esta tesitura, sólo era una cuestión de tiempo que la historia y el partido bolchevique ajustaran cuentas con la teoría de Trotsky, no sólo como instrumento para comprender el pasado, sino como punto de apoyo para afrontar el futuro.

Es importante señalar el carácter objetivo y prácticamente inevitable de este desenlace y denunciar la interpretación conspirativa y maniquea sobre los enfrentamientos que tuvieron lugar en el seno de la dirección del partido bolchevique tras el fallecimiento de Lenin, interpretación muy en boga entre los intelectuales orgánicos y filotrotskistas. Es importante resaltar que, bajo la apariencia de una lucha por el poder –que expresaba sólo el aspecto secundario del hecho, aunque tristemente sea el único aspecto que contempla la historiografía burguesa–, el debate sobre la táctica y la teoría general de la Revolución Proletaria Mundial que tuvo lugar en la dirección del partido a partir del otoño de 1924 – debate cuya altura intelectual rara vez ha sido igualada por ningún otro grupo dirigente en el mundo– fue la legítima expresión ideológica y política de la lucha de clases que se estaba desenvolviendo en la Rusia soviética reflejada en el interior del partido comunista.

Sin embargo, por lo que se refiere al aspecto conspirativo de este episodio, también es preciso advertir contra la versión oficial de la historiografía burguesa, por cuanto presenta a Trotsky como la víctima propiciatoria de un contubernio tramado contra su supuesta posición de favorito del partido (e, incluso, de Lenin) por las fuerzas oscuras de la vieja guardia y del aparato del partido. La verdad de los hechos, empero, es bien distinta. Independientemente de todo juicio de valor, lo único cierto es que justamente en el momento en que se tomaba conciencia de que sería prácticamente imposible la recuperación de Lenin y coincidiendo con una importante crisis financiera y comercial (denominada crisis de las tijeras ) de la economía soviética, Trotsky envió una carta al Comité Central del PC(b)R, fechada el 8 de octubre de 1923, en la que criticaba la burocratización del partido, la falta de democracia interna y en la que planteaba la necesidad de la planificación como eje central de la organización y del desarrollo económico. Casi simultáneamente, el 15 de octubre, sale a la luz pública lo que se conocería como Plataforma de los 46 , firmada por antiguoscomunistas de izquierda y miembros del grupo Centralismo Democrático, además de conocidos amigos y colaboradores de Trotsky. El manifiesto de esta plataforma toca exactamente los mismos temas que la carta de Trotsky y denuncia a la dirección del partido y del Estado, reclamando su renovación en estrecha concordancia con un nuevo régimen interno, más “democrático”, dentro del partido. En octubre, el Comité Central aprobó una resolución condenando la actitud de Trotsky y de la oposición, y en diciembre, otra Sobre la democracia interna del Partido , aceptada por unanimidad –incluyendo a Trotsky– y que significaba un intento de conciliación entre las diferentes posiciones de la dirección del PC(b)R. Pero exactamente un día después de la publicación de la resolución del Comité Central, Trotsky, saltándose todo procedimiento orgánico interno y la autoridad del Comité Central, violó el espíritu de la última resolución del máximo órgano del partido y envió una nueva carta a las células reiterando sus denuncias contra la posible degeneración de la vieja guardia y la burocratización del aparato del partido, burocratización que, según él, alejaba a aquél de las masas y de las nuevas generaciones de comunistas. La XIII Conferencia (enero de 1924) y el XIII Congreso (mayo de 1924) condenaron nuevamente a la oposición tildándola de pequeñoburguesa y no leninista.

Era como si de repente Trotsky quisiera dar un vuelco en el partido tanto en el plano político como organizativo. La desaparición de Lenin y la crisis de las tijeras , coincidiendo con los ataques directos contra la dirección del partido y del Estado, no invitan a pensar otra cosa que Trotsky seguía un plan de reforma dirigido a la destitución de la actual directiva política y hacia un giro político probablemente en el sentido de liquidar la Nep . Ciertamente, después del debate sobre los sindicatos, del que salió derrotado, y con la adopción de la nueva política económica ( Nep ), Trotsky pasa a un segundo plano en la vida pública. De dirigir el Comisariado del transporte, de importancia estratégica en la recuperación económica, es relegado al Comisariado de la Guerra, negociado apartado de la ejecución de las grandes decisiones políticas y económicas a partir de 1921. Esto, naturalmente, se correspondía con el paso a un periodo pacífico y de repliegue de la revolución, y no es ninguna casualidad que Trotsky, el comandante del Ejército Rojo y el gran teorizador de la ofensiva revolucionaria, de la “revolución en estado permanente”, se mantuviese relativamente alejado y en la sombra hasta que la crisis económica, unida al problema de la continuidad política de la revolución surgido con el fallecimiento de Lenin, prestasen a Trotsky el contexto necesario para intentar un asalto a la cúpula del poder para readecuar la política del Estado y del partido soviéticos a sus concepciones políticas. El asunto de la incapacidad política de la vieja guardia y el de la burocratización del aparato de la dictadura del proletariado le sirvieron para plantear y dirigir su ataque (primero, tanteando el terreno, después, como veremos, más intensamente). En esta nueva batalla política entre Trotsky y los epígonos de Lenin (como él gustaba denominarlos peyorativamente), aquél parece nuevamente dejarse llevar por el fatalismo formalista de su teoría, por aquella funesta y abstracta lógica de las cosas que según él “obliga” a la revolución a ser “permanente”. Así, el hecho de que la revolución soviética no haya traspasado las fronteras nacionales después de un lustro y que el proletariado ruso no haya conseguido apoyarse más que en el campesinado, no puede acarrear, desde los presupuestos de la teoría de la Revolución Permanente, más que síntomas de degeneración . Trotsky no aduce argumentos novedosos, más que los que viene esgrimiendo tradicionalmente el partido contra el reconocido problema del burocratismo y los que le proporciona la reciente crisis económica. Pero ni Trotsky está exento de actitudes coactivo-administrativas, muy alejadas de los métodos de la persuasión y de la democracia, en su reciente pasado político (no olvidemos que la discusión sobre los sindicatos puso de manifiesto que Trotsky fue uno de los últimos en el partido en abandonar la mentalidad del periodo de Comunismo de guerra ), ni es ajeno, en política económica, a las concepciones centralizadoras y explotadoras del campo que provocaron las tijeras del otoño de 1923. No hay, en este momento, ningún elemento en la vida soviética lo suficientemente novedoso que justifique una crítica y una reforma tan a fondo de la política y de la organización del partido como proponían Trotsky y los 46 después de la muerte de Lenin y no antes. Sólo la vacante de Lenin y un supuesto proceso degenerativo del sistema político no sustentado sobre argumentos fundados en la realidad, sino más bien en el “resultado” lógico que en la mente de Trotsky debía producir invariablemente el incumplimiento de todas las condiciones de su teoría política sobre el decurso de la revolución proletaria. En consecuencia, podemos deducir que –movido por las conclusiones a las que le conduciría su idealista y subjetivo método de análisis– era más probable que fuera Trotsky quien, en 1923-1924, estaba ocupado en tramas conspirativas inconfesables , necesarias para dar un giro a la situación de la política soviética que permitiese reanudar la ofensiva revolucionaria del proletariado ruso para superar su actual limitación nacional.

Este era el ambiente político que reinaba en el partido cuando Trotsky escribe el prólogo al tercer volumen de la recopilación de sus obras, publicado en noviembre de 1924. El prefacio introductorio, titulado Lecciones de Octubre , era un ataque en toda regla contra los cuadros dirigentes más veteranos del bolchevismo (la “vieja guardia”, acepción recogida por Trotsky de la polémica de Lenin con sus camaradas bolcheviques con motivo de las Tesis de Abril ). A diferencia de otros escritos anteriores, Trotsky, en éste, señala con el dedo a la mayoría de la dirección bolchevique acusándola de pusilánime y vacilante, recordando su incredulidad y su oposición cuando en abril del 17 Lenin les propuso el cambio de su vieja consigna de 1905 por la de “Todo el poder a los Soviets”. Trotsky repasa los acontecimientos de 1917, entre Febrero y Octubre, para demostrar que en toda revolución surge “como una ley infalible el hecho que en el pasaje del trabajo preparatorio para la revolución a la lucha inmediata por el poder, surge una crisis inevitable en el partido” , e identifica a la casi totalidad de la dirección bolchevique (aunque sin dar nombres) que estaba en Febrero en el interior de Rusia, con los portadores de esa crisis, al oponerse a las nuevas directrices de Lenin en abril. Igualmente, recuerda la oposición de un sector de la dirección cuando Lenin planteó, en el mes de octubre, el problema de la insurrección como una cuestión práctica inmediata (y aquí sí nombra personalmente a Kamenev). La intención expresa de Trotsky, según él, no era la de abrir las viejas heridas, sino la de extraer las lecciones pertinentes de la experiencia de la revolución rusa para que sirvieran a los partidos comunistas en el futuro, habida cuenta de los recientes fracasos en Alemania y Bulgaria, que notoriamente, al parecer, no habían intentado asimilar el significado de Octubre antes de sus infructuosos intentos insurreccionales. Sin embargo, lo que consiguió, naturalmente, fue provocar y enfurecer al sector mayoritario de la dirección del PC(b)R, por un lado, y, por otro, plantear la cuestión de la vigencia de la teoría de la Revolución Permanente. Y esta última vindicación, que no aparecía sino de manera implícita en el texto , fue lo que terminó centrando la parte medular del debate que se abrió inmediatamente en el partido.

Nos limitaremos, aquí, a repasar de manera breve únicamente el tema que está directamente relacionado con la cuestión de la vigencia o validez, desde el punto de vista leninista, de la teoría de Trotsky. En este sentido, quien se opone de manera más consecuente con la teoría de la Revolución Permanente es Stalin, que ya en este primer debate contra Trotsky adelanta su teoría del Socialismo en un solo País, aunque sólo en esbozo, pues no será hasta la siguiente controversia en el seno de la dirección del partido (que enfrentó a la Plataforma de los 4 con Stalin y Bujarin) que Stalin desarrolle más su nueva tesis y la interponga formalmente como síntesis de su línea política. Aunque Bujarin trató de profundizar más en la crítica de los postulados de Trotsky llevándola hasta sus presupuestos metodológicos , fue Stalin quien mejor tradujo políticamente la crítica dirigida contra Trotsky, no sólo porque opone frente a éste una línea política alternativa, sino también porque realiza el esfuerzo de síntesis del pensamiento de Lenin (principalmente con su trabajo, producto de la polémica con Trotsky de 1923, Los fundamentos del leninismo ), dándole el cuerpo y la coherencia interna necesarias para servir de soporte ideológico a esa línea política, e imprescindibles para que en el futuro pudiera formar el núcleo sólido de una de las principales corrientes dentro del movimiento obrero internacional.

La línea política que defiende Stalin perseguía la continuidad de la Nep como etapa de reconstrucción y acumulación de fuerzas para la revolución, desde una determinada correlación entre las clases sociales fundada, principalmente, en la alianza del proletariado con el campesinado medio. Stalin extrajo todas las consecuencias teóricas de esta política –como ya había hecho Lenin– en lo tocante a la relación de la revolución soviética con la Revolución Proletaria Mundial. Hasta tal punto que el mismo Trotsky reconoció que la teoría del Socialismo en un solo País era la única que se había enfrentado con coherencia a su teoría de la Revolución Permanente.

En su primera intervención importante en el debate del otoño de 1924 (un discurso en el Consejo Central de los Sindicatos, el 19 de noviembre, publicado luego bajo el título de ¿Trotskismo o Leninismo? ), Stalin señala que una de las particularidades del trotskismo –además de su desconfianza hacia el principio bolchevique de partido y hacia los jefes del bolchevismo– es su teoría de la Revolución Permanente. Para Stalin, el trotskismo es, en sustancia, esa teoría, que no es otra cosa que “la revolución haciendo caso omiso de los campesinos pobres como fuerza revolucionaria”. La teoría política de Trotsky también significa “'saltar' por encima del movimiento campesino, ‘jugar a la toma del Poder'”, y su aplicación conduciría al “fracaso inevitable, porque apartaría del proletariado ruso a su aliado, es decir, a los campesinos pobres”. Finalmente, Stalin indica que Trotsky consideró desde 1905 al leninismo como una teoría con “rasgos antirrevolucionarios” porque “el leninismo defendía y logró imponer en su tiempo la idea de la dictadura del proletariado y del campesinado .”

Pero donde más profundiza Stalin su crítica a Trotsky, no limitándose a adoptar una actitud negativa, sino ofreciendo positivamente una alternativa, es en su trabajo intitulado La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos , publicado en enero de 1925. Aquí, Stalin realiza una crítica más detallada de la teoría de Trotsky y –como ya hemos dicho– amplía el tipo de argumentaciones más allá de la cuestión campesina o de la valoración de los acontecimientos de 1917, que, además del historial político de cada dirigente con sus errores bien resaltados, fueron los principales motivos de controversia durante casi todo el debate del otoño-invierno de 1924-1925. Stalin trata de llegar al fondo de las diferencias ideológicas con Trotsky poniendo de manifiesto su divergencia fundamental en cuanto a la concepción de la táctica general de la Revolución Proletaria Mundial. De este modo –aunque sólo a modo de primer ensayo– introduce la idea de Lenin de 1915 sobre la ley del desarrollo desigual del capitalismo como determinante principal del modo en que se desenvuelve la revolución proletaria a escala internacional:

“Ya durante la guerra, Lenin apoyándose en la ley del desarrollo desigual de los Estados imperialistas, opone a los oportunistas su teoría de la revolución proletaria, que afirma la posibilidad de la victoria del socialismo en un solo país, aun cuando este país esté menos desarrollado en el sentido capitalista.”

Sin embargo, en esta ocasión Stalin no va más allá del planteamiento general de la teoría, sin extraer todas sus consecuencias . Enseguida, pasa al problema de las posibilidades de supervivencia de un país socialista aislado sin el “apoyo estatal directo del proletariado europeo”, tesis consustancial a la teoría de Trotsky :

“¿Ha bastado hasta ahora con esa simpatía y con esa ayuda, unidas al poderío de nuestro Ejército Rojo y a la disposición de los obreros y campesinos de Rusia a defender con su pecho la patria socialista? ¿Ha bastado todo eso para repeler los ataques de los imperialistas y conquistar las condiciones necesarias para una seria labor de edificación? Sí, ha bastado. Y esa simpatía, ¿crece o disminuye? Indudablemente, crece. ¿Tenemos, pues, condiciones favorables, no sólo para llevar adelante la organización de la economía socialista, sino también para prestar, a nuestra vez, apoyo a los obreros de la Europa Occidental y a los pueblos oprimidos del Oriente? Sí, tenemos esas condiciones. Los siete años de historia de la dictadura proletaria en Rusia lo atestiguan elocuentemente (...).
¿Qué puede significar, después de todo eso, la declaración de Trotski de que la Rusia revolucionaria no podría resistir ante una Europa conservadora?
No puede significar más que una cosa: en primer lugar, que Trotski no percibe la potencia interior de nuestra revolución; en segundo lugar, que Trotski no comprende la importancia inapreciable del apoyo moral que los obreros de Occidente y los campesinos del Oriente prestan a nuestra revolución; en tercer lugar, que Trotski no percibe el mal interior que corroe actualmente al imperialismo.”

Finalmente, Stalin sitúa las conclusiones necesariamente pesimistas que, de manera inevitable, se extraen de la teoría de la Revolución Permanente:

“Resulta que, por más vueltas que se le dé, no sólo ‘no hemos llegado', sino que ‘ni siquiera nos hemos acercado' a la creación de la sociedad socialista (...), pues, por más vueltas que se le dé, ‘el verdadero auge de la economía socialista' no se alcanzará mientras el proletariado no haya vencido ‘en los países más importantes de Europa'.
Y como aun no se ha obtenido la victoria en el Occidente, a la revolución de Rusia no le queda más que un 'dilema': o pudrirse en vida o degenerar en un Estado burgués.
Por algo hace ya dos años que Trotski viene hablando de la ‘degeneración' de nuestro Partido.
Por algo Trotski profetizaba el año pasado el ‘hundimiento' de nuestro país.”

Años después, Trotsky polemizará con Stalin en un monólogo en el que repasará los argumentos de aquél:

“Lo que más insoportable se hace en estas cuestiones es ver a Stalin ‘teorizando' con dos bultos que constituyen su único bagaje teórico: la ‘ley del desarrollo desigual' y el ‘no saltarse por alto una etapa'. Stalin no ha llegado todavía a comprender que el desarrollo desigual consiste precisamente en saltarse por alto ciertas etapas . (O en permanecer un tiempo excesivo en una de ellas.) Stalin opone con una seriedad inimitable a la teoría de la revolución permanente... la ley del desarrollo desigual. Sin embargo, la previsión de que la Rusia históricamente atrasada podía llegar a la revolución proletaria antes que la Inglaterra avanzada, se hallaba enteramente basada en la ley del desarrollo desigual.”

Efectivamente, a primera vista, la teoría de la Revolución Permanente parece basarse, igualmente, en la comprensión de la ley del desarrollo desigual del capitalismo. La posibilidad que un país tiene de situar a la cabeza a la clase revolucionaria moderna en un contexto revolucionario e independientemente del estado de desarrollo de las fuerzas productivas, así lo parecen confirmar. Por eso es tan importante no limitarnos a la simple exposición de aquella ley presentándola sólo como factor determinante para la marcha de la Revolución Proletaria Mundial; también es preciso dar el siguiente paso y formular todas las implicaciones teóricas de la misma. No será preciso, sin embargo, prolongarnos hacia otros debates dentro del partido comunista soviético en los que terminarían de perfilarse todos los contornos –que el mismo Lenin ya había dejado esbozados– de la teoría leninista de la Revolución Proletaria Mundial. El propio Trotsky nos dará la pauta de hasta qué punto es posible la asimilación de la ley del desarrollo desigual a su teoría de la Revolución Permanente:

“Un país puede ‘madurar' para la dictadura del proletariado sin haber madurado, ni mucho menos, no sólo para una edificación independiente del socialismo, sino ni aun para la aplicación de vastas medidas de socialización. No hay que partir de la armonía predeterminada de la evolución social. La ley del desarrollo desigual sigue viviendo, a pesar de los tiernos abrazos teóricos de Stalin. Esta ley manifiesta su fuerza no sólo en las relaciones entre los países, sino también las interrelaciones de los distintos procesos en el interior de un mismo país. La conciliación de los procesos desiguales de la economía y de la política se puede obtener únicamente en el terreno mundial. Esto significa, en particular, que la cuestión de la dictadura del proletariado en China no se puede examinar únicamente dentro del marco de la economía y de la política chinas. Y aquí llegamos de lleno a dos puntos de vista que se excluyen recíprocamente: la teoría internacional revolucionaria de la revolución permanente y la teoría nacional-reformista del socialismo en un solo país. No sólo la China atrasada, sino, en general, ninguno de los países del mundo, podría edificar el socialismo en su marco nacional: el elevado desarrollo de las fuerzas productivas, que sobrepasan las fronteras nacionales, se opone a ello, así como el insuficiente desarrollo para la nacionalización. La dictadura del proletariado en Inglaterra, por ejemplo, chocaría con contradicciones y dificultades de otro carácter, pero acaso no menores de las que se plantearían a la dictadura del proletariado en China. En ambos casos, las contradicciones pueden ser superadas únicamente en el terreno de la revolución mundial.”

Efectivamente, la teoría de la Revolución Permanente y la teoría del Socialismo en un solo País “se excluyen recíprocamente” precisamente porque la primera excluye tácitamente la ley del desarrollo desigual. En Trotsky, esta ley puede explicar o contribuir a explicar –igual que en Lenin– la ruptura revolucionaria en un país atrasado, y en esto ambos están de acuerdo, por ejemplo, frente al menchevismo. Pero Trotsky se detiene aquí. A partir de este punto se remite al argumento economicista de que “la conciliación de los procesos desiguales de la economía y de la política se puede obtener únicamente en el terreno mundial”, es decir, desde las posibilidades que da aprovecharse libremente de la división internacional del trabajo (mercado mundial) y beneficiarse del máximo desarrollo de las fuerzas productivas. En última instancia, pues, Trotsky busca paradójicamente la neutralización de los efectos que aquella ley produce, imponer una línea de compensación a la desigualdad del desarrollo capitalista. En este terreno, el problema de las fuerzas productivas recupera la máxima importancia. Trotsky ha vuelto al redil menchevique. Ni siquiera los países más avanzados económicamente, como Inglaterra, pueden siquiera pensar en edificar el socialismo en su marco nacional, porque ese tótem abstracto que es el desarrollo mundialde las fuerzas productivas, “que sobrepasa las fronteras nacionales, se opone a ello”. ¿En qué sentido? No queda nada claro; sin embargo, Trotsky trata de explicarlo:

“La sociedad socialista ha de representar ya de por sí, desde el punto de vista de la técnica de la producción, una etapa de progreso respecto al capitalismo. Proponerse por fin la edificación de una sociedad socialista nacional y cerrada, equivaldría, a pesar de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas deteniendo incluso la marcha del capitalismo. Intentar, a despecho de las condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo del país, que forma parte de la colectividad mundial, realizar la proporcionalidad intrínseca de todas las ramas de la economía en los mercados nacionales, equivaldría a perseguir una utopía reaccionaria.”

¿Proporcionalidad intrínseca de todas las ramas de la economía? ¿Qué significan estas frases “confusas y oscuras”? Sea lo que fuere, lo que está claro es que Trotsky, en la época de las revoluciones proletarias –cuando lo que se pone en el orden del día como asunto urgente es la cuestión del poder–, se remite, en última instancia, al problema de las fuerzas productivas, cuando, precisamente, la problemática política que plantea la ley del desarrollo desigual nos obliga a dirigirnos en la dirección de situar la cuestión de la lucha de clases como la cuestión central de la política proletaria. Trotsky no comprende las consecuencias teóricas de aquella ley. La utiliza de manera oportunista (en 1906 no estaba expresa en su teoría) y termina reculando ante el camino que abre a sus pies, muy movedizo para él, acostumbrado a desenvolverse en el terreno de los procesos políticos abstractos. Trotsky no comprende que la ley del desarrollo desigual significa que, en un determinado lugar, la obstaculización del desarrollo económico, el bloqueo de todo paso hacia la civilización y, en suma, el estrangulamiento del proceso social provocan una ebullición de la lucha de clases y una reorganización de la disposición de las mismas tales que el estallido revolucionario en ese lugar pone a sus clases revolucionarias precisamente en la vanguardia del proceso social general (incluso desde la perspectiva internacional). A partir de aquí, el problema no es principalmente económico, no se trata de priorizar la atención sobre el estado de las fuerzas productivas, sino de buscar constantemente un progresivo desplazamiento de la correlación de fuerzas de clase, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, favorable al campo revolucionario. En este sentido, cobra importancia decisiva no anteponer la problemática de las fuerzas productivas a la problemática de la lucha de clases. La superposición que realiza Trotsky de la cuestión de las fuerzas productivas sobre cualquier otro asunto relacionado con la revolución impide sistemáticamente la correcta valoración de los elementos principales que debemos tener en cuenta a la hora de abordar las tareas revolucionarias.

En realidad, el problema del desarrollo económico –tomado aisladamente– durante el periodo de transición del capitalismo al comunismo, durante la época de las revoluciones proletarias, es secundario. La cuestión no reside en si un solo Estado puede dar el máximo de bienestar a su pueblo, no se trata todavía de que “corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”, como decía Marx hablando del comunismo. Y es que Trotsky confunde socialismo con comunismo , la fase inferior o de transición entre el capitalismo y el comunismo, la etapa en la que aún existen las clases, la división del trabajo y el derecho burgués, con la etapa donde ha sido suprimida la organización en clases de la sociedad, con todas sus lacras. Durante el socialismo, pues, no se trata de resolver los problemas materiales de la humanidad, sino de que el proletariado, desde su lucha de clases, esté en condiciones cada vez mejores de emancipar a la humanidad. Los factores sociales extraeconómicos cobran, entonces, especial importancia en la sociedad de transición, durante el socialismo. ¡Naturalmente que un solo país no puede emanciparse de la sociedad de clases apartado del resto de los pueblos del mundo! Nadie podrá alcanzar el comunismo aisladamente mientras el resto de las naciones viven en el capitalismo. Si la teoría de Trotsky limitara su significado a esta perspectiva, a explicar el sentido histórico, no político, del proceso revolucionario de emancipación del proletariado internacional a escala histórica, entonces sería válida y habría que aceptarla al mismo tiempo que la depositábamos en el museo de las grandes verdades, por inútil para la práctica política cotidiana del proletariado. Pero esta no es la cuestión. La cuestión consiste en que el desarrollo desigual del capitalismo permite en un lugar y en un momento dados (eslabón débil) una concentración tal de fuerzas sociales y de potencia revolucionaria capaz de iniciar y dar continuidad al proceso de transformación revolucionaria del capitalismo en comunismo a nivel internacional. De esta manera, algunas de las cosas que Trotsky nos presenta como variables inmutables o como condicionantes incuestionables de la revolución, como la del carácter internacional de la revolución “obligado” por el carácter internacional de las fuerzas productivas, se trastocan o pasan a un plano subsidiario. Así, el problema de la relación económica entre el poder revolucionario y los países imperialistas que le someten a un cerco económico y militar, que Trotsky contempla como una desventaja porque impide utilizar todos los recursos de la economía mundial en provecho del proletariado revolucionario , se troca en la necesidad de la independencia económica respecto a ese cinturón militar; en otros términos, la necesidad de construir una economía interior equilibrada y suficiente frente a la exigencia trotskista de la necesaria integración mundial de la economía proletaria bajo peligro de muerte. Y es que no se trata de construir de manera inmediata una idílica isla paradisíaca en medio del depravado océano capitalista, sino de crear un instrumento más al servicio de la lucha de clases nacional e internacional del proletariado triunfante. La economía se pone al servicio de la lucha de clases, no al revés. Cuando el proletariado esté en condiciones de derrotar definitivamente al capital, tirará al cuarto trastero de la historia, junto con el resto de sus instituciones, la división internacional del trabajo imperialista y la organización de las fuerzas productivas al modo capitalista, cuestión ésta que Trotsky, quien las contempla embobado como ídolos que hay que adorar, ni siquiera se plantea. Más bien da a entender, por el contrario, que para él se trata de instituciones neutras que el proletariado puede poner tranquilamente a su servicio, sin pensar en revolucionarizarlas antes.

El caso es que la interpretación tecnocrático-economicista del concepto de fuerzas productivas , tan caro para Trotsky como para los mencheviques, gracias a la correcta y a la coherente aplicación de la teoría de la revolución proletaria a partir de la ley del desarrollo desigual, se ve superada por el reencuentro con la interpretación verdaderamente marxista que otorga al proletariado como clase el papel de fuerza productiva principal del desarrollo social. Tenía razón Stalin, en efecto, cuando reprochaba a Trotsky su falta de fe en el proletariado ruso . De la teoría del desarrollo desigual deriva la constatación de que la posición política del proletariado revolucionario, su potencial creativo y su capacidad táctica y estratégica para afrontar los avatares de la lucha de clases nacional e internacional se sitúan en el primer plano del proceso de construcción de la nueva sociedad, mientras que pasa a segundo término todo planteamiento basado en la problemática economicista de las fuerzas productivas al estilo trotskista.

* * * *
.

Así fue llamada una crisis provocada por la sobrevaloración de los productos industriales frente a los agrícolas, que colapsó el intercambio campo-ciudad. Esta política económica de transferencia intensiva de valor del campo hacia la industria era, precisamente, la que patrocinaba Trotsky con su política de centralización y planificación económica).
Desde el punto de vista económico, Trotsky señala en 1930 lo que considera la contradicción fundamental de un país, como la URSS, que pretende construir el socialismo de manera aislada: “la que existe entre el carácter de concentración de la industria soviética, que abre los cauces a un ritmo de desarrollo jamás conocido, y el aislamiento de esa economía, que excluye la posibilidad de volver a aprovecharse como en condiciones normales de las reservas de la economía mundial.” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 34). Arriba, en cambio, ya señalamos que Lenin defendió la idea de que el país que está construyendo el socialismo puede aprovecharse del mercado mundial (Cfr ., LENIN: O.C ., t. 44, pp. 310-314).
El elocuente silencio que recorre las páginas de las memorias de Trotsky sobre la preparación, el contenido y el propio proceso de los debates de este periodo no hacen más que arrojar sospechas sobre su actividad, nada aclarada, en este periodo. ¡Y no digamos del modo melodramático con que afirma reconocerse como el continuador de la obra de Lenin!: “Ahora, me daba más clara cuenta de quiénes eran aquellos ‘discípulos' que seguían fielmente al maestro en los pequeños detalles, pero no en lo que tenía de verdaderamente grande. Con el aire del mar que entraba en mis pulmones, todo mi ser respiraba la certeza absoluta de que en aquella campaña contra los epígonos, el derecho histórico estaba de mi lado...” (TROTSKY: Mi vida . Ed. Akal. Madrid, 1979; p. 533).
PROCACCI: Op. cit ., p. 31.

Trotsky no hace mención a su teoría expresamente, sino introduciendo sus elementos soslayadamente en la narración histórica:
“Ya en vísperas de la revolución de 1905, Lenin indicó esta peculiaridad de la revolución rusa con la fórmula: ‘Dictadura democrática del proletariado y de los campesinos'. Esta fórmula, en sí y de por sí, sólo podía indicar una etapa del camino hacia la dictadura socialista del proletariado, que se apoya en los campesinos, como lo ha demostrado todo el desarrollo siguiente” ( Ibídem , p. 34). También, cfr ., ibíd ., pp. 38 y 39.

Cfr ., BUJARIN, N.: Acerca de la teoría de la revolución permanente ; en PROCACCI: Op. cit ., pp. 99-106.
STALIN, J.: Obras . Ed. VOSA. Madrid, 1984; tomo VI, p. 366. Trotsky decía en 1928, rememorando su actitud hacia la consigna de Lenin de 1905:
“'Claro está [escribía en 1909] que la diferencia que los separa ante este problema es muy considerable: mientras que los aspectos antirrevolucionarios del menchevismo se manifiestan ya con toda su fuerza en la actualidad, los rasgos antirrevolucionarios del bolchevismo sólo significan un peligro inmenso en caso de triunfar la revolución'.
En enero de 1922, añadí la siguiente nota a este pasaje del artículo, reproducido en la edición rusa de mi libro 1905 :
‘Esto, como es notorio, no sucedió, pues bajo la dirección de Lenin el bolchevismo efectuó (no sin lucha interior) un reajuste ideológico respecto a esta importantísima cuestión en la primavera de 1917, esto es, antes de la conquista del Poder.'” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 165).

STALIN: Op. cit ., p. 390.
Faltan, por ejemplo, el concepto explícito de eslabón débil de la cadena imperialista -vinculado estrechamente a la problemática del desarrollo desigual, según el punto de vista leninista-, y la ligazón completa entre estas condiciones objetivas de la Revolución Proletaria Mundial y el factor subjetivo, la correlación política de las fuerzas de clase revolucionarias.
“Pero que la presión internacional por sí sólo no basta, lo demostró con excesiva claridad la guerra imperialista, la cual se desencadenó a pesar de todas las ‘presiones'. Finalmente, y esto es lo principal, si la presión del proletariado en los primeros y más críticos años de la República Soviética resultó eficaz fue únicamente porque se trataba entonces, para los obreros de Europa, no de presión, sino de lucha por el Poder, lucha que además tomó más de una vez la forma de guerra civil.” (TROTSKY : La revolución permanente , p. 201).

STALIN: Op. cit ., pp. 393 y 394.
Ibídem , p. 395.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 171.
Ibídem , p. 187.
Ibíd ., p. 24.

“Si admitimos por un momento la posibilidad de llegar a realizar el socialismo, como sistema social definido, dentro de las fronteras nacionales de la URSS, estaríamos ante el triunfo definitivo, pues, ¿qué intervención cabría después de esto? El régimen socialista presupone una técnica, una cultura y una gran solidaridad por parte de la población. Como hay que suponer que en la URSS, en el momento en que esté acabada la edificación socialista, habrá por lo menos doscientos cincuenta millones de habitantes, ¿qué país capitalista o qué coalición de países se atrevería a arrostrar una intervención en condiciones semejantes?” ( Ibíd ., p. 29). ¡Qué duda cabe de que inconscientemente Trotsky está suplantando el contenido de la sociedad de transición (socialista) con el de la sociedad comunista! Alto desarrollo técnico, alta cultura para todos y una solidaridad generalizada en el pueblo –lo que supone la no existencia de clases-, son atributos no de la sociedad de transición, sino del comunismo. Trotsky incurre en un error teórico del que no era ajena la mayoría de los dirigentes bolcheviques –incluyendo en algunas ocasiones también a Lenin. Gran parte de los debates que continuaron teniendo lugar en el seno del bolchevismo tras la derrota de Trotsky en el invierno de 1924-1925, fueron estériles por cuanto se basaban en problemas nominalistas sin ningún contenido real, como el de diferenciar –tal como hace Trotsky en esta cita– entre “triunfo del socialismo” y “triunfo definitivo del socialismo”, como si el triunfo definitivo del socialismo, o sea, la culminación de la sociedad de transición, fuera otra cosa diferente del comunismo. Observadas las cosas desde este punto de vista, comprobamos que la teoría de la Revolución Permanente, por cuanto consiste en la conquista inmediata de las fuerzas productivas en posesión del capital a escala global –pues cuantas más sean las interposiciones que sufra en este cometido, mayores serán las probabilidades de derrota-, supone, en el fondo, la invitación al proletariado para que dé un salto directo desde el capitalismo hasta el comunismo, lo cual la coloca más cerca del anarquismo que del marxismo. El dominio de la problemática de las fuerzas productivas en el pensamiento de Trotsky le lleva a identificar el objetivo de la emancipación del proletariado con la apropiación de esas fuerzas económicas, olvidándose de toda la compleja problemática sociológica que plantea Marx en su Crítica del Programa de Gotha , donde concede a la emancipación del proletariado el sentido del proceso de apropiación de sus condiciones de existencia, a diferencia del economicismo trotskista que se remite a la apropiación de sus medios de existencia.
“La debilidad de la economía soviética, además del atraso que heredó del pasado, reside en su aislamiento actual, esto es, en la imposibilidad en que se halla de utilizar los recursos de la economía mundial no ya sobre las bases socialistas, sino por medios capitalistas, en forma del crédito internacional bajo las condiciones normales y de la ‘ayuda financiera' en general, que desempeña un papel decisivo con respecto a los países atrasados.” ( Ibíd ., p. 33).
Cfr ., STALIN: Op. cit., p. 397.//.

Aproximadamente 12.500 resultados (0,35 segundos) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario